Pensamiento/Sociología

3×2 generation

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Somos espectadores de la cuarta revolución industrial y de todo los que ella nos vende. Permanentemente expuesto, el ser humano no para de recibir estímulos de los productos que están a su alcance y adapta su compra al mercado. Su vestimenta y sus accesorios mutan en función de lo que está a su disposición, a la vez que su lenguaje verbal y gestual se adapta a las cláusulas sociales que consume y compra forzadamente. Esta aclimatación busca a la vez el reconocimiento ante el resto de individuos que están al tanto de esos estímulos y que se manifiestan a la vez como posibles clientes del producto humano. De entre el suculento catálogo, el consumidor buscará adquirir y, a la vez, ser el artículo más atractivo, esclavo de su doble condición.

Con la venta llega el marketing, una exposición llamativa al público de lo que se está vendiendo en cuestión. De entre todas las posibilidades, el ser humano escogerá el artículo que más le haya seducido y lo extrapolará a su persona; encandilar constantemente para ser el primero en el top ventas. Todo este marketing fomenta rivalidad y mentira, y aísla al ser humano en su hermética individualidad. Abandona su humanidad para convertirse en un producto de comercio social que rehúye de la colectividad, porque tampoco la necesita ante las miles de posibilidades fáciles y rápidas que presenta la fast culture del momento. Se olvida de lo general para centrarse en lo particular; él mismo. Este egocentrismo se acentúa con los intereses hedonistas que trae consigo la sociedad postmoderna, donde la obtención del placer inmediato está al orden del día y la seducción es utilizada como un instrumento de control e integración social.

La deshumanización actual deriva de la erradicación de nuestro carácter social. El ser humano dejará de ser cada vez más social a causa de las rivalidades del mercado y otros intereses externos que vician el comportamiento y que se adaptan a él como si se trataran de cualidades connaturales. De esta forma, el individuo se descontextualiza de su entorno y actúa de forma automática como respuesta al saqueo de sus virtudes congénitas.

Al fin y al cabo, no somos productos: somos víctimas.

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