Filosofía/Otros/Pensamiento

Oh, efímero, fugaz, y poderoso tesoro

Tic, tac, tic, tac. Las siete de la tarde, la siete de la tarde, las siete y uno de la tarde. Llego tarde. Tengo que llamar a Guillermo, apenas he tenido tiempo de estar con él desde que volví. Tengo que comprar las medicinas, porque mañana es domingo y está todo cerrado. Y el jueves tengo jornada doble. El lunes debería ir antes a casa de Jaime porque sino no me dará tiempo de dejar mis cosas en casa de Cristina, y a las nueve coge el avión de vuelta a Buenos Aires. Además tengo que hacer la comida para toda la semana porque no tendré tiempo. Porque no tendré tiempo.

Porque no tendré tiempo.

Porque no tengo tiempo.

Porque…

El ser humano ha establecido un organismo temporal al que estamos sometidos. Una estructura sólida, aceptada mediante un consenso colectivo. Hemos creado el “tiempo”, fragmentado en horas, semanas o segundos. Pero no nos engañemos, la división numérica que constituyen las horas no deja de ser un producto de nuestra necesidad de tener el control. No existen las horas, existe el tiempo. Innegablemente vamos a seguir haciéndonos viejos, y nadie podrá evitar lo ya vivido latente en las arrugas de las comisuras. El tiempo creará ruinas nuevas y tras él se esconderá la estela del olvido. No podemos huir del tiempo, pero sí diluir las horas. Habitamos conforme a una estructura temporal que nos domina. Desde la Revolución Industrial las horas han sido la base fundamental para controlar a los asalariados obreros que tuvieron que abandonar sus deseos personales para ceder ante la dominante automatización de sus vidas. Las agobiantes jornadas de trabajo en las fábricas deshumanizaron a sus trabajadores, convirtiéndolos en instrumentos de producción. Pasamos a ser el empleado desesperado Chaplin en Tiempos Modernos.

El capitalismo se adueñó de nuestro tiempo de vida. Nuestro escaso resquicio de tiempo de ocio también sería exprimido por la industrialización. Para el filosofo surcoreano Byung-Chul Han; el trabajo, en cambio, roba la libertad, puesto que está sujeto a las necesidades de la vida. A diferencia del ocio, no reposa en sí mismo, sino que está entregado a producir lo útil y necesario. El acceso y disfrute del tiempo está intimamente relacionado con las formas de explotación existentes. Si pudiésemos trabajar 24 horas, los obreros infelices estaríamos destinados a ello. La actual jornada laboral de ocho horas no sería posible sin la resistencia de la clase obrera; La Canadenca, el Noi del Sucre, la CNT, y la posterior huelga de cuarenta y cuatro días que paralizó el 70% de la ciudad de Barcelona. Pero el tiempo va mucho más allá de la jornada laboral, por mucho que nos lo niegue el patrón que se alimenta de nuestro polvo del reloj de arena. Quizás nos estén invitando a “morir a tiempo” como ya hizo Zaratustra. Pero, si no sabemos vivir a tiempo, ¿cómo vamos a morir a tiempo?

El tiempo es la vida que tenemos, o mejor dicho; la vida que nos queda. Pepe Mujica repetía: “cuando yo compro algo, no lo compro con plata, lo compro con el tiempo de vida que tuve que gastar para tener esa plata. Pero con esta diferencia: la única cosa que no se puede comprar es la vida, la vida se gasta. Lo que te planteo es la sobriedad para tener más tiempo. La mayor cantidad de tiempo posible para vivir la vida de acuerdo a las cosas que te motivan, que no necesariamente es el trabajo.” Necesitamos tiempo para producir, y producir para consumir. Pero por encima de todo eso, necesitamos tiempo para vivir. La verdadera falta de tiempo no pasa por perderlo, sino que «el tiempo nos pierde a nosotros». Nos hemos convertido en el Conejo Blanco de Alicia en el país de las Maravillas, murmurando malhumorado  “No time to say -Hello, Goodbye- I´m late, I´m late, I´m late” con la mirada constante en su reloj de mano. En cuanto a tí querido lector; ¿Cuando no tienes prisa? ¿Cuando puedes no-hacer-nada, “Il dolce far niente“?

Habitamos en una línea entre lo pendiente y lo posible. La percepción del tiempo se altera, no “nos faltan horas”, nos sobra trabajo, producto de una crisis temporal que nos impide de manera constante habitar en el presente. Vivimos en los quehaceres futuros anotados en nuestra ridícula agenda. ¡El tiempo se volvió contra la vida! nos dice Jorge Moruno. Vivimos entre la memoria del pasado y el proyecto del futuro, el presente ha desaparecido, mejor dicho; hemos acabado con el. La problemática del pensamiento crítico contemporáneo habita en la incapacidad generalizada para estar aquí y ahora. Malgastamos nuestro “ahora” en favor de un futuro incierto. Podríamos decir que huimos del “ahora” porque es el lugar de gestionar las decisiones, es el espacio donde ocurren los actos, los rechazos y los aciertos. Mientras tanto, optamos por desligarnos del presente inevitable en favor de una tranquilizadora acción futura, si bien ésta, en un momento u otro, se convertirá en “ahora”. Porque la vida es ahora, esto que estamos viviendo, y somos denigrantemente capaces de no valorar este momento. Nuestra generación se ha alimentado de la falta de paciencia y de la pérdida de tiempo.

Y a mí me duele perder el tiempo, y es por eso que si me preguntas qué le regalaría a la persona que más quiero, te diría que tiempo.



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