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GENERACIÓN Z, GENERACIÓN TRISTE.

Desde el siglo XX hasta hoy se pueden establecer siete generaciones. Las tres primeras (Grandiosa, Silenciosa y Baby Boom) tuvieron como punto de inflexión guerras, crisis, fascismos y represión. Es a partir de la Generación X (1964-1979) cuando los hitos que marcan las generaciones comienzan a provenir de la tecnología. Ésta llega a la Generación X como una herramienta, pasa a la Generación Y (millennials) como un segundo mundo virtual, y llega a la Generación Z (1994-2005) como parte indispensable del mundo real. De hecho, ya no se puede hablar de mundos paralelos, pues ambos interfieren y se retroalimentan continuamente.

La Z es la primera generación que se apropia de un activo necesario para el sistema. Ha crecido sabiendo acceder a cualquier contenido antes que sus mayores, lo cual conlleva que gran parte de su desarrollo emocional y social se esté produciendo en Internet, pero esto no tiene por qué ser entendido como algo negativo, pues hay estudios que confirman que el cerebro realiza la misma actividad manteniendo conversaciones cara a cara que vía internet.

Esta invasión y apropiación por parte de la tecnología de nuestras vidas, ha sido el colofón a una situación que se venía gestando desde los dos últimos siglos, pues, aunque Nietzsche ya había matado a Dios a principios del XX y las Guerras Mundiales ya nos habían enseñado los horrores de los que el hombre es capaz, quedaban aún estructuras que parecían firmes, algo a lo que aferrarnos, una esperanza, un punto que nos marcaba el norte, pero que al final también se ha derrumbado. Esta generación ha crecido en plena crisis, siendo espectadora de cómo el sistema no era capaz de controlar la situación, ni de mantener los derechos básicos de los ciudadanos. Han visto cómo por mucho que estudien o se preparen posiblemente no alcancen los objetivos que persiguen, porque la generación anterior, supuestamente la generación mejor preparada de la historia, se tuvo que quedar a vivir en casa de sus padres porque no había sitio en el mercado laboral para ellos. La han sumido en una incertidumbre laboral que ya no aprieta, sino que ahoga. Han visto atentados terroristas y toda clase de crueldades en directo desde la comodidad de sus casas. Han visto cómo, ante el carácter global de las noticias, el mundo se hace el sueco ante injusticias que puedes ver haciendo un click en la pantalla, y es que, según una encuesta en el Usa Today en 2011, el 61% de los jóvenes cree ser responsable de cambiar el mundo. Estos jóvenes han visto cómo hemos exprimido el planeta hasta casi agotarlo. Han visto cómo el sistema tradicional de relaciones ya no funciona, el matrimonio, las amistades, hasta el amor, que ahora se considera un puñado de reacciones químicas.

Todo esto ha ido minando la fe que tienen en el futuro, sus esperanzas y su motivación. Si ya de herencia podrían presentar una tendencia al nihilismo con tintes misántropos justificada, todo esto no ha hecho más que incrementarlo, además de dejarles perdidos y sin referentes. De hecho algunos autores les definen como “rebeldes con causa”. Pero más interesante es la la definición que les asigna la OMS como la generación, junto con los millenials, con el mayor problema mental de ansiedad y depresión, superando al de cualquier sociedad previa.

“Por un lado, estamos asistiendo a un aumento del estrés en general de la sociedad debido a la crisis que hemos pasado, que afecta especialmente a los jóvenes porque muchos ven que después de formarse durante tantos años no hay empleo o es precario,y esto genera mucha frustración, pero también competitividad y perfeccionismo, que aumenta el estrés”

Antonio Cano-Vindel, Presidente de la Sociedad Española para el Estudio de la Ansiedad y el Estrés.

Sin embargo, paradójicamente, aunque el número de jóvenes que padecen estas enfermedades aumenta cada día, el número de jóvenes que acuden a un especialista para ser tratados decrece exponencialmente, y es curioso que esto suceda así en una sociedad que se considera la más tolerante y sensibilizada con las enfermedades mentales. De hecho, estas enfermedades tienen hoy una gran visibilización mediática, incluso se podría decir que han creado una moda a nivel estético y de comportamientos entre los Z.

Pero la cuestión es, ¿de qué manera las han asimilado? Ellos mismos lo expresan, por ejemplo en la música que crean y consumen, además de decantarse por letras que dejan patente el sinsentido de seguir unas normas que ya no sirven, estas canciones suponen verdaderas odas a los síntomas de estas enfermedades y al abuso de drogas depresoras para “paliarlos”. No son pocas las canciones y artistas que siguen este patrón, ni las reproducciones que obtienen. Otro ejemplo lo encontramos rápidamente en las redes sociales, sobretodo en instagram (aplicación propia de esta generación). En ella es difícil no encontrar un post cada 10 segundos de alguien diciendo sufrir alguna de estas enfermedades, normalmente a través de memes, lo cual no sería negativo si esa misma persona 45 minutos después de subir ese post no subiese otro en el que muestra un estado de ánimo o unas acciones impropias de una persona con depresión o ansiedad, lo cual conduce a una frivolización y banalización de éstas.

Muchos otros ejemplos podríamos encontrar en las series más consumidas por esta generación, en los libros que leen y que publican, en el arte que consumen, en las modas que siguen, etc., y, sobre todo, como ya se ha mencionado, en los memes.

Puede que este comportamiento sea el mismo al que se refería Nietzsche cuando dijo:

“Hay espíritus que enturbian sus aguas para hacerlas parecer profundas”

Entonces, la pregunta final es, si ya a día de hoy la depresión es la causa número uno de baja laboral y la segunda de discapacidad, ¿qué va a pasar cuando en el 2030 el 75% de la población activa pertenezca a esta generación?


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