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El ritmo del silencio

Ahora mismo, el Centro Galego de Arte Contemporánea, acoge tres exposiciones de diferentes artistas: Ángela de la Cruz, René Heyvaert y Loreto Martínez Troncoso. He de decir que disfruté de las tres, pero nos vamos a quedar con la de este último autor, por pura inclinación personal.

Entré de lleno en la exposición sin haber leído ningún folleto informativo, aunque los llevara conmigo. La verdad es que no me gusta ir a ver algo y tener una idea preconcebida de ese algo. Pretendía entrar sin juicios previos, sacar mis propias conclusiones y que fuese la propia obra la que se definiese por sí sola.Y vaya si lo consigue.

Vestiges d’un ici, vestigios de sí, es una obra con la que Troncoso pretende generar un diálogo entre el espectador, la obra y el espacio. Una exposición temporal disponible hasta el 10 de junio.

Antes siquiera de adentrarnos en la primera de las salas ya tenemos una pequeña muestra de lo que nos vamos a encontrar, un poco a lo Buñuel. Mientras descendemos por unas escaleras, detrás de nosotros parpadean unas luces en tonos blancos y azules y comenzamos a oír un ruido rítmico, que se acaba por entremezclar con  los gemidos de una mujer. Desconcertante como poco, porque tú esperas entrar allí y encontrarte con cualquier cosa, y es entonces cuando ya somos presas de la curiosidad. ¿Qué hay detrás de esos ruidos? Al llegar al pie de la escalera, giramos a la izquierda y nos encontramos con una sala inmensa en la que sólo hay un televisor en el suelo, en una esquina, del que salen los ruidos; y lo que parece ser una alfombra de fragmentos de arcilla en el extremo opuesto.

La propia obra nos hace “buscar”, querer curiosear y descubrir nuevos recovecos de las salas. En palabras del autor: “Le toca al espectador orientarse en la desorientación y, en su ‘soledad  temporal’, entrar en el murmullo, un bullicio alejado en el que haremos zoom, desmenuzamos mientras recorremos el espacio”. Se persigue el deambular, el descubrir, un arte que dialoga con el edificio. Mediante, y esto es una suposición mía, distintos sensores, los objetos, que en un principio estaban inanimados, cobran vida e interactúan entre sí, ya sea mediante sonido o imagen.

El museo es una metáfora del tiempo presente, toma lo público e institucional y lo coloca en un plano íntimo, afectivo y crítico. El museo se convierte en el espacio performativo y somos nosotros los encargados de poner en marcha esa performance a nuestro paso. A veces, mediante la aproximación a uno de los dispositivos, este se activa y puede llevar a activar otros. Es el desconcierto, el sonido del silencio. Desde luego es una exposición para experimentar en solitario, ya que de ir acompañados la experiencia cambia radicalmente. Nosotros mismos somos participes de esa amalgama de sonidos, nuestro propio caminar contra el parquet genera nuevos chirridos que pasarían a formar parte de ese conjunto.

Somos partícipes y eso también lo deja claro en la siguiente sala, donde los  proyectores no se situarían en el techo, sino en el suelo o a una altura media, dando y obligando al espectador a formar parte de la obra a través de su sombra, o del propio reflejo de la obra en el cuerpo. Y digo obligar, porque para pasar de una pieza a otra es imperativo cruzar por delante de uno de esos cañones de proyección. En esta segunda sala se proyectan una serie de imágenes: la primera, un vídeo en el que aparece un hombre lamiendo el ojo de una mujer; la segunda, un fondo de nubes donde coloca unas flechas, y mediante ese juego con las sombras nos hace representarnos como un San Sebastián asaetado.

En la siguiente sala hay un único proyector sobre un panel blanco. Toda la habitación está en una casi completa oscuridad; entramos ciegos y es el sonido el encargado de guiarnos. Se trata de llegar a un espacio desconocido, lleno de voces, escuchar sus ritmos y arritmias, lo que nos dice la arquitectura, deslizarse entre las obras y, tras un lapso de tiempo, desaparecer. Es el propio presente y nuestra creación del mismo.

Tras estar un rato allí sentada, me decido a buscar la última sala; lo primero que llega a mí, como siempre, es el sonido, como si de golpes en una puerta se tratasen. Una vez dentro me encuentro con otro televisor que muestra la imagen de una mano que, efectivamente, parece llamar a la puerta, una serie de sillas y sillones ordenados en fila, lo que parece un mueble de ikea mal montado con una pequeña radio encima, una serie de sillas plegables apiladas y tres puffs, todo en un mismo lado de la sala, casi apilando los objetos, como si se quisiera descompensar a propósito. En el otro extremo, sobre el suelo, una plataforma circular que sostiene lo que parecen trozos de arcilla o plastilina, tema que comparte con la primera de las salas. Parece plastilina, parece moldeado, parece moldeable y está en el suelo. Los puffs, a mi entender, harían alusión a ese sonido, de ser usados como asientos. Se difieren aquí los límites de la obra y el mobiliario. No sabes si puedes o debes sentarte en ellos. Maldito arte contemporáneo.

La última de las salas podría enlazar con el principio de la exposición, como si se tratase del cierre de un círculo. Vuelve a ser una habitación oscura, con un único proyector que se enciende al entrar y que únicamente emite una luz azul, parpadeante. Ahora somos nosotros la obra, nuestra interacción con ese fondo intermitente es el resultado final de la performance.

Desde luego Troncoso consigue su objetivo, despertando nuestra curiosidad, obligándonos a pararnos y a sumergirnos por y en el espacio, haciéndonos conscientes de las distancias suspendidas dentro de nuestra propia construcción del relato.

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