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El ídolo como ser intocable.

Si existe un problema generalizado con los artistas en la sociedad, este es definitivamente la tendencia a la idealización de los mismos. Es decir, no es ya tanto un problema por parte de los artistas muchas veces si no de la propia sociedad y especialmente, los seguidores del mismo. Lukas Graham en su canción ‘Happy Home’ dice “por qué tenemos ídolos y por qué queremos ser como ellos. Después de verlos en televisión realmente queremos conocerlos”.  En la canción habla, entre otros temas, de cómo cosas que antes resultaban normales se han vuelto difíciles de conseguir y de cómo la privacidad se va haciendo poco a poco imposible. “No creéis que echan de menos esos tiempos en los que solían salir?” es quizás una de las frases más duras y realistas.

Y es que en el momento en el que te conviertes en una celebridad, automáticamente te conviertes en un dios. Hoy día en realidad ni siquiera tienes que ser artista para esto, ya que simplemente por tener cierta cantidad de seguidores en Instagram, muchos ya te verán como un ser superior de gran poder al que sólo pueden mirar desde abajo. El problema es que esta visión suele generar una idea de estos personajes como seres de luz que no pueden fallar y no lo van a hacer. Que todo lo saben hacer y además, bien. Que son benditos, grandes personas a las que admirar porque no sólo tienen talento (o simplemente dinero) sino que además son personas bellísimas. Ya no es sólo que este endiosamiento de los personajes afecte a su visión por parte de los fanáticos, sino que además lleva consigo una presión sobre los artistas fuera de lo normal, que una persona no está preparada para sobrellevar.

Esto depende especialmente de la cultura en la que se enmarque la situación, ya que si en occidente por lo que se tiene presión es por esa falta de privacidad, en oriente – además – lo que vemos es una búsqueda de la perfección que realmente asusta. Evidentemente en el momento en que se idolatra a alguien, es porque uno de manera automática ha creado una imagen de esa persona en su mente que es perfecta. Aunque en oriente se lleva a un extremo casi inhumano. Pero, ¿por qué llegamos a percibirlos de esta manera? ¿Es por la imagen que nos transmiten en redes, o simplemente porque los vemos en televisión y desde entonces los vemos superiores? Al fin y al cabo, la imagen que uno crea de sí mismo es lo que la gente percibe. Está claro que en el momento que tienes una plataforma y una voz que va a ser fácilmente escuchada, si eres una persona involucrada con ciertos valores, querrás usarla. Aquí entra otro matiz, y es precisamente qué tipo de valores tienes, qué quieres transmitir y a quién. Cuántas personas tenían a Kanye West como icono y de repente se encontraron con un seguidor de Trump, además fervientemente defensor de sus ideas. Cuántos tuvieron que dejarlo de lado por principios aun gustándole su música, y cuántos sin embargo se unieron a él por compartir este tipo de ideas. 

Volviendo a la canción, y tirando un poco por otra rama de este mismo asunto. Al principio de la última estrofa, Lukas dice “escribo muchas canciones, va alguien a leerlas alguna vez? Las escuchas en la radio, pero realmente las lees?”. Es fácil escuchar una canción, que te guste (o no), tener la melodía en la cabeza y cantarla durante días o semanas, sin tener ni idea de lo que se supone que quien la escribió pretendía transmitir con ella. Ya más allá del idioma, porque incluso en el idioma materno desconocemos lo que llevó al artista a escribir esta letra; no conocemos a esa persona, no sabemos lo que está contando. Desconocemos su vida pero por algún extraño motivo tendemos a creer que sí los conocemos simplemente por escuchar su música. De ahí volvemos a esa imagen mental autogestionada porque por algún extraño motivo la mayoría necesitamos creer que, aquellos cuya música escuchamos y valoramos de cierta forma, tienen la misma forma de ver el mundo. Puede ser o no el famoso “idioma universal” de la música, y la facilidad que tenemos para entender en cada canción lo que queremos escuchar, más que lo que probablemente pretendía transmitir de verdad.

Se les sitúa, simplemente por una situación social que nosotros mismos les hemos dado, como un ser intocable. Las personas que hablan por todos, las personas que escriben para todos, las personas que “nos representan”… Cuando al final en la mayoría de los casos ni siquiera pueden representarse a ellos mismos.

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