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El auge del cómic y de los “adolescentes bobos”

                Hace unas semanas, echando un vistazo a un periódico online, leí una noticia cuyo titular sentenciaba algo como “el nuevo auge del cómic entre los jóvenes”. Al entrar para informarme, esperaba una explicación que tuviera en cuenta datos socioeconómicos o artísticos de los últimos años, o incluso la valoración de algunas obras de actualidad. Pero cuál fue mi sorpresa al advertir que, en realidad, el texto se centraba-de forma encubierta pero incesante-en tildar de idiotas a los adolescentes. Algunos argumentos eran tan férreos y contundentes como “no son capaces de concentrarse en nada durante mucho tiempo” o “los jóvenes necesitan un contenido fácil de digerir, que no suponga esfuerzo mental, para poder entenderlo y sentirse realizados al lograr hilar más de dos frases seguidas”.

               Vivimos apegados a la idea de que todo lo pasado, fue mejor. Y que lo nuevo, en un pensamiento paternalista y cursi, está encaminado hacia la decadencia. Nada más lejos de la realidad. Los tiempos actuales no son peores: son nuevos, son distintos.  El fenómeno del cómic, que ahora se ha vuelto a poner de moda, refleja lo que busca la juventud: un contenido dinámico, que se adapte conforme a lo que las redes-tan influyentes en los últimos años-y la vida contemporánea precisan. La sobreestimulación que producen las páginas web, así como la rapidez de la transmisión de ideas y mensajes, o el bombardeo informativo y el exceso de hyperlinks, imágenes y colores en cada página web educan a los cerebros jóvenes en la inmediatez. Se precisa un contenido no fácil, sino ágil, y en términos inteligibles dentro de la esfera adolescente. No se puede pretender emocionar hoy en día a un millennial con el amor imposible de Romeo y Julieta, pero sí con el de Crepúsculo. ¿Son por ello menos inteligentes? Me pregunto si los que responden asertivamente también se conmueven con los Ejercicios espirituales de San Ignacio de Loyola, bestseller en el siglo XVI.


                El cómic recoge muy bien la necesidad juvenil de comprender una historia de un golpe de vista, y su temática variada y su estructura segmentada en tomos se adapta a un mundo actual lleno de estrés y quehaceres, que no permite la meditación constante. Estoy convencida de que hace treinta o cuarenta años, un universitario medio de Derecho en Santiago de Compostela, con la manutención de sus padres y su futuro prácticamente encauzado, podría entretenerse leyendo El príncipe idiota en sus ratos libres. El buen posicionamiento económico y el contexto permitían deleitarse con lo culto, como en Grecia lo hacían los filósofos. Pero la cosa cambia cuando un estudiante contemporáneo tiene que trabajar para costearse una carrera que ni siquiera le asegura estabilidad en su futuro. A ese joven mitad trabajador, mitad estudiante, ¿de verdad le interesa, ya no en lo teórico sino en la praxis, reflexionar en su casa sobre el motor inmóvil?


                El dogma neoliberal, el capitalismo y el ahogamiento prematuro por un futuro indefinido son los culpables. Y las generaciones anteriores, en lugar de preguntarse cuál es el problema con los adolescentes-si es que lo hay-, los convierten en protagonistas de sus “en mis tiempos era todo mejor. Antes, la gente leía”. Sí, y aunque lo hicieran sobre papel, también podían leer bazofia. Hay lecturas de blogs de antropología (con un formato muy cómodo, por cierto) donde se puede consultar artículos breves y brillantes en los minutos libres en el tren; hay libros que se pueden descargar en PDF; hay noticias de periódicos independientes que permiten abrir la mente más allá de lo que se emite en los telediarios; hay un sinfín de posibilidades, de búsquedas impensables, subidas a la red.


                Tal vez tampoco se pueda hablar de culpa, porque ni siquiera sabemos si lo que está ocurriendo ahora mismo es mejor o peor que lo que sucedía antes. Pero se puede asegurar algo; y es que el mundo es, sencillamente, distinto.

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