Otros/Redes

Espejo público

Estoy tomando un café con leche y una tostada con mantequilla en un bar de la zona vieja. La televisión está encendida y veo cómo Susanna Griso introduce a los invitados del día. Un momento. Les he visto antes. Hace poco, además.

En la pantalla surge un rótulo que confirma la identidad de Silvia Charro y Simón Pérez, que ayer se me aparecían a través del móvil de Jorge, mi compañero de piso. Con una prosa mucho más fluida y coherente, se defienden ante las acusaciones de haber aparecido en un vídeo profesional bajo los efectos de alguna droga, el vídeo que yo vi. Dicen que de ninguna manera, que se trataba de una estrategia de marketing muy arriesgada basada en recrear performativamente los efectos de la cocaína, ironizando el estereotipo achacado a su profesión (agentes de bolsa). Cierto o no, el vídeo les costó su puesto de trabajo.espejo.jpg

Lejos de ser Jorge parte de un selecto grupo de gente que por vicisitudes del destino consiguió acceder al contenido del vídeo, la cosa se había vuelto viral en cuestión de días. Hasta aquí nada me había hecho sentir violento, pero no puedo evitar que por muy consciente que fuese de la envergadura del alcance que significaban sus reproducciones, no dejaba de tener cierto factor íntimo. Ahora, en televisión nacional, el Olimpo de mi vida cotidiana, el asunto se convertía en materia seria, real, ocupando el mismo trono que los debates políticos, las películas del sábado noche o Ahora Caigo. Esto me deja una sensación extraña, como si fuera cruel ver a esta pareja teniendo que justificarse delante de toda España, habiendo perdido su trabajo unos días antes por un descuido. En ese momento, llaman en directo al que hasta ahora era su jefe para que explique su versión. Insoportable, dejo de atender.

La situación me provoca cierta conmoción. ¿Cómo tuvo que ser levantarse un día y descubrir que aquel vídeo que, pensaste, nadie vería, se había convertido en un fenómeno masivo y había puesto tu vida del revés? Así, aséptico, frío, sólo la noticia de una desgracia y no una desgracia misma. Pienso en la cara de Matthew MaConaughey en el Lobo de Wall Street cuando se derrumba el mercado el Lunes Negro.

El vídeo era una joya indiscutible, pero los factores que propician el éxito de un chiste en la red, siendo tan inmediata, tan versátil, tan maleable, son incalculables. Casi puro azar, demasiado misterioso, demasiado inexplorado. Un artículo de eldiario.es versa sobre el caso, y para mi regocijo, incluye varios ejemplos de otros memes viralizados y su repercusión, como aquel del archiconocido “niño alemán loco”, o la situación más que absurda del vídeo del niño al que su hermano le muerde un dedo apareciendo en el historial de reproducciones de Bin Laden durante su cautiverio en Pakistán. Ciertamente, internet es un dios extraño.

Ya en los tiernos inicios de la red, y tal vez precisamente por eso, la viralización de un contenido significa su objetivización inmediata, y es que el chiste en sí mismo no tiene ni necesita un pasado o un contexto, aunque algunos se basen en él. En este punto quiero citar otro apartado del artículo, aquel que redirecciona a los artículos de Sergi Camerón y al libro Memes: inteligencia idiota de Jaron Rowan. Ambos plantean a internet como una bestia informe y sin escrúpulos, algo que ya se sugiere en el primer artículo citando al Samuel Beckett que habla del público como un “monstruo de mil culos”. Es un apartado concreto el que me interesa: aquel referido al blog 4chan.

Aquellas lectoras que hayan navegado en las oscuras profundidades de la red ya deben tener ese nombre más que repetido, gastado, pues si puede ser citado en un medio de masas o un trabajo universitario, ha llegado definitivamente a la categoría de normie (“normalillo”, en un sentido muy peyorativo). El blog 4chan ya forma parte de la mitología de la red como uno de los lugares de gestación del concepto de meme mismo al haber otorgado a sus usuarios el don del anonimato desde muy temprano. Esta característica y la inherente democratización del sistema de participación en el blog (básicamente, saber llegar hasta él) son el abono perfecto para aquellas conductas que en el resto de la vida cotidiana simplemente oscilan silenciosamente. Se menciona en el artículo algunas “normas” de 4chan, a saber; “la 20: nada se debe tomar en serio”.

Si algo se tomase “en serio” en 4chan, o en internet en general, sencillamente no funcionaría, y es que la distancia con los elementos que se mueven en la página debe ser patente, tú al otro lado de la pantalla debes sentirte inmaculado para poder seguir comentando lo que comentas, subiendo lo que subes. El humor se convierte en un mecanismo de defensa y a la vez un arma contra el mundo incomprensible que rodea al usuario, deformando la realidad para exponerla como un reflejo perverso de sí misma.

Sería un error considerar al mundo del meme como ajeno a su propia historia, pues nada más lejos de la realidad. Muy al contrario, parece la piedra angular de todo el proyecto, si se le puede llamar así, pues se trata de una constante reafirmación de la comunicación y de su carácter exclusivo. ¿No son los memes al fin y al cabo “bromas internas”, como las de un grupo de amigos? ¿Su consecuencia natural no sería, entonces, hacerse más y más exclusivo conforme te “adentras en el meme”?.

Cuando una información se expande por su cuenta los medios tienen la obligación de tratarla, pero el precio es crear la vaga sensación de que tenemos un acceso extraño, obsceno e impredecible al otro lado del espejo. Tal vez tenga razón el Mark Zuckerberg de La Red Social al profetizar que la cotidianeidad se fusionará con el mundo virtual, pero por lo pronto hacer memes con su cara sigue prohibido en Facebook.

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