Cine/Pensamiento

‘Shame’ o el inconmensurable hastío contemporáneo

«Todos los tiempos son, para quien experimenta la contemporaneidad, oscuros.
 Contemporáneo es,  justamente, aquel que sabe ver esta oscuridad,
y que es capaz de escribir mojando la pluma en la tinieblas del presente.»
 — Giorgio Agamben.

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En nuestros días, la sociedad de consumo está liderada por ese capitalismo frenético y desmedido que ansía el consumo no solo de bienes sino también de otros cuerpos, incluso del propio, convirtiendo al individuo en una especie de ente vampirizado. En 2011, Steve McQueen alumbra ‘Shame’, una joya fílmica abordada desde un enfoque introspectivo. La anhedonia posmoderna se inmortaliza en nuestra retina con cada plano de ‘Shame’, la cual nos sumerge en la vida de Brandon Sullivan, el protagonista hipersexual y atormentado al que da vida Michael Fassbender.

La crisis social de la modernidad tiene sus raíces en un pasado bastante remoto así que, disculpando la simplificación, nos remitiremos directamente al siglo XVIII. Con el fracaso ilustrado todas las luces del siglo XVIII se apagaron dando lugar a la enfermedad de espíritu del siglo XIX, al sufrimiento del hombre por el hombre. El romanticismo quiso aferrarse a la oscuridad primigenia del mundo antiguo al sentirse abandonado primero por Dios y luego por la razón. Con los románticos llegó el desosiego y emergió lo siniestro.

El filósofo alemán Friedrich von Schelling decía que: «lo siniestro (Das Unheimliche) es aquello que, debiendo permanecer oculto, se ha revelado». Schelling influyó mucho en Sigmund Freud, el cual trabajó en ese tema y redefinió el término «siniestro», dándole un significado más complejo que podría sintetizarse como: la realización absoluta de un deseo, en esencia siempre oculto, prohibido y semicensurado. O lo que es lo mismo, la adicción al sexo que padece nuestro protagonista provocada por un desarreglo profundo. Con Brandon, estamos ante un hombre mecanizado que apenas puede soportar su propio reflejo, incapaz de mantener relaciones con un igual, la posición de dominio es la única que le provoca estímulos. Inmersos en la atmósfera infecta de la sociedad de consumo, vemos como Brandon se diluye, sintiéndose preso en la Gran Manzana, podrida, mientras el principal fundamento de la filosofía cartesiana se reinventa, siendo derrocado por un ‘Pago, luego existo’ más acorde con el sistema.

Se nos muestra Nueva York como un mercado de carne, como una ciudad gris y nocturna, como una ciudad colmena que nos deja ver el enjaulamiento del propio ser cuando descubre el gran horror trascendental: la soledad. En ‘Shame no hay catarsis en el sentido de purificación, ni en el sentido freudiano de liberación, de cura de la angustia. Se muestra el cuerpo como metáfora de las heridas psicológicas, las llagas del cuerpo individual también representan las heridas de la colectividad social.

La pregunta es: ¿hay superación?, ¿se ha dejado atrás el pasado? No. Seguimos tratando la anhedonia como algo que está de moda, quizá por pura glorificación romántica de la Weltschmerz o porque el vacío casi cósmico al que está condenada nuestra generación necesita colmarse con acervos remotos.

 

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