Pensamiento/Sociología

Auge de la insatisfacción, triunfo del yo, incertidumbre del mañana, vorágine de pasión

“No puedes hacer que las cosas que no significan nada signifiquen algo”. -Tessa (GIRLS)

Mi generación, esa a la que han decidido llamar generación millennial y que ahora tiene entre veintitantos y treinta y pocos, no sabe qué hacer ni qué será de ellos y, siendo conscientes del peligro que esto supone, nos hallamos desesperados, frustrados y excitados ante la incertidumbre. Nos sentimos como en una puta montaña rusa sin saber cuándo se pondrá freno a toda esta vorágine de sensaciones, a caballo entre el miedo, la histeria, el pesimismo y la locura. Si no fuese así, si no estuviésemos locos, ¿cómo sería posible buscar pasión allá por donde pasamos? Somos una generación de mierda, consumimos lo efímero, follamos menos, tres de cada diez fotos que sacamos son selfies y la Universidad nos está dejando sin espacios para la reflexión. Por otra parte, nos puede la ansiedad, nos agobia la información y nos pasamos la veintena tratando de descubrirnos de verdad en un vaivén de aventuras, de ciclos calientes y algún que otro frío (pero sobre todo calientes) necesitando conocer el mundo que forma nuestro yo más intenso. En verdad nos pasamos la veintena en un viaje profundo, bello y decepcionante a partes iguales.

GIRLS IV

Girls (Lena Dunham, 2012)

Nacimos en un seno envidiable que, por cierto, siempre se nos ha recordado hasta la saciedad, y nos hemos dado de bruces con esta crisis mundial que empezó allá por el 2008, la cual, a su vez, nos ha marcado en toda nuestra trayectoria. Según los últimos datos del Instituto Nacional de Estadística, en 2016 había 2,3 millones de españoles viviendo en el extranjero (la cifra más alta desde que existe el registro del Padrón de Residentes en el Extranjero (PERE) y desde que empezó la crisis la cifra ha aumentado en más de 800.000 personas, de las que más de un tercio son menores de treinta años. Con el pinchazo de la burbuja, decenas de miles de jóvenes que habían encontrado en la construcción una buena fuente de ingresos, fueron engrosando la lista de parados cada mes. Sin trabajo, sin formación y sin esperanza para reciclarse, este colectivo es uno de los más desesperados y con mayor aversión hacia la sociedad. No creen en las instituciones, ni en los partidos políticos, ni en las empresas… ni ven la luz al final del túnel.

Los millennials vivimos en una sociedad moderna líquida, esto es, aquella en que las condiciones de actuación de sus miembros cambian antes de que las formas de actuar se consoliden en unos hábitos y en unas rutinas determinadas. La vida en una sociedad moderna líquida no puede detenerse y tal y como explica Jacques Attali “esta sociedad no posee fábricas ni tierra, ni ocupan puestos administrativos. Su riqueza proviene de una activo portátil: su conocimiento de las leyes del laberinto”. El laberinto, para mí, es esa tela de araña que llamamos vida y es por esto que los millennials necesitamos crear, jugar y estar en continuo movimiento. Vivimos en una sociedad de valores volátiles, despreocupados ante el futuro (porque somos conscientes de que el futuro no es un lugar mejor que el presente), somos egoístas, hedonistas y egocéntricos y es por ello que consideramos que hasta nuestro propio jefe puede aprender de nosotros. ¿Es egocentrismo? Sí. Pero es que nos conocemos muy bien, somos conscientes de nuestras capacidades y así como creemos que los demás pueden aprender de nosotros también necesitamos aprender de los demás. Evitamos trabajos indeseados, somos exigentes e inconformistas porque nos damos tiempo para perdernos ya que necesitamos encontrarnos y porque, claro, el futuro es una mierda. Esto me hace recordar un capítulo de la tercera temporada de Girls (Lena Dunham, 2012) en donde uno de los personajes decía que había mandado a tomar por culo su antiguo trabajo y que ahora iba a ser su propia jefa. Esta es, quizá, una de las esencias más bonitas y frustrantes de mi generación: la necesidad de encontrar pasión, lo que te mueve y remueve allá a donde vayas sin importar el dónde sino el qué. La velocidad y la intensidad, y no la duración, es lo que nos importa. No estamos dispuestos a sacrificar satisfacciones presentes para lograr objetivos lejanos, de ahí a que reemplacemos ideales obsoletos por la gratificación instantánea y la felicidad individual.

GIRLS VIII

Siguiendo con la teoría de que somos hedonistas, egoístas y egocéntricos, dice Gilles Lipovetsky que Narciso no está tanto enamorado de sí mismo como aterrorizado por la vida cotidiana, por su cuerpo y un entorno social que se le antoja agresivo porque todo le inquieta y asusta. A Narciso le preocupa, a nivel internacional, el terrorismo y las catástrofes; a nivel local, la contaminación urbana y la violencia de los barrios periféricos; a nivel personal, todo lo que debilita el equilibrio corporal y psíquico. Si Narciso está inquieto es también porque ningún discurso puede ya tranquilizarle y, como decían en Shortbus (John Cameron Mitchel, 2006), “todo esto es como en los sesenta pero con menos esperanza”. Como si el millennial fuese un personaje hipermoderno a la procura de un oasis, de un refugio, en medio del desencanto, en medio de la desolación, en medio de la incertidumbre. ¿Y si es en las redes sociales donde encuentra ese refugio? ¿Y si es en un “me gusta” o un comentario en Facebook donde consigue evadirse del dolor que le provoca la realidad? La realidad es jodida de narices, duele, hiere, araña, hace con nosotros lo que le viene en gana y si queremos seguir viviendo desnudos en ella, con todo nuestro mundo interior lleno de pasiones y ese inconformismo tan característico, ¿no es normal que necesitemos de un refugio? ¿Y qué si éste tiene que ser artificial, efímero e inmediato? Aunque quizá, más que refugio, lo que procuramos son espejismos. Soy consciente de que este abuso de la necesidad de encontrar asilo en las redes sociales tiene una contrapartida muy blackmirroriana y es que, mientras la generación anterior utilizaba los algoritmos (Google) como complemento, mi generación es la primera que utiliza los algoritmos artificiales para filtrar la información que utiliza (GPS, Kindle…) de manera totalmente natural. Llegará un momento en el que estas aplicaciones (o máquinas) tomen las decisiones más importantes de nuestras vidas. Esto sí que da miedo.

Se nos achaca la falta de compromiso político pero estamos detrás del 15-M y, aunque no fuimos capaces de consolidar nuestros ideales, nuestro compromiso es real. ¿Por qué no se le antoja ser duradero? Bueno, hemos sido privados de todo sentido de la trascendencia de modo que tenemos opiniones cada vez menos arraigadas. Somos más volubles y menos firmes pero sí más receptivos a la crítica; menos estables pero sí más tolerantes; más inseguros pero más abiertos a la argumentación del otro. Son muchos los que critican esta generación millennial, en la que no ven más que almas huérfanas, barbarie interior y derrota del pensamiento. En un ambiente de inseguridad extrema, en tierra de nadie y sin una memoria sólida, es en el mundo de las sensaciones, del quiero y no puedo, del importa hoy y aquí, en donde mi generación mejor se mueve. Es por esto que nos permitimos romper y cambiar relaciones, trabajos o rutinas que no nos llenan por un algo que nos llegue más adentro. No somos una generación vacía, somos una generación que necesita encontrar sus límites de modo que, qué coño, follamos menos, consumimos lo efímero, somos espiga de contradicciones pero es que, ¿saben? nos estamos buscando.

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