Fotografía/Imagen/Pensamiento

(No) he visto demasiado

La violencia se ha convertido en otra cosa más a consumir. Es sencillo, entrar en Facebook, poner el telediario, videojuegos, cine, incluso arte y entramos en el mercadeo de las desgracias humanas. Ha sido incorporado en la lógica de mercado con todo lo que ello supone:  más espectáculo, más audiencia potencial. Y es en esta construcción forzada e impuesta de lo que vemos a diario donde nos convertimos en testigos en tiempo casi real de los efectos de una bomba química en Siria. Hacemos click en en el botón de reproducción sin arriesgar la vida, como sí hacen las manos de las que provienen esas visiones. Una simple y rápida conexión, pero que no dura, porque no hay una intención verdadera de comprensión de los hechos, sino que caiga la lágrima (si es que da tiempo) y pasar a otra cosa.

Me pregunto desde cuándo se ha producido esto y me sorprenden palabras que denuncian las imágenes de guerra, los crímenes, los hurtos y torturas: “la orgía de lo atroz universal con que el hombre civilizado riega su comida matutina”. Pero no por lo que dicen sino cuándo, ya que este recuerdo de la información de periódicos del siglo XIX parece tan contemporáneo para su autor Baudelaire hace 150 años como para nosotros ahora. Es innegable la atracción que sentimos hacia las mismas y con el suficiente egoísmo nos hacen sentir más seguros. Ahí radica su peligro, en consumirlas sin digerirlas, la dosis diaria de desgracia ajena recomendada. Seguramente existirán historias violentas y truculentas en sitios aislados del mundo, allí donde ni siquiera llegue el imaginario generado por noticias tales como la crisis de refugiados. El morbo, aquella “atracción hacia acontecimientos desagradables” es lo que nos atrapa sin distinción. Si se medita lo suficiente carece de sentido mirar hacia el lugar de un accidente de tráfico sabiendo que no se va a poder ayudar o si no se conoce en absoluto a la persona que lo ha sufrido. Pero miramos.

Así de la mano del morbo se introduce discretamente la violencia, en forma de (video)juego, de catarsis, de dos horas distendidas en el cine en el que sube la adrenalina. Sólo hay dos explicaciones posibles para su consumo: nos gusta, o nos hemos vuelto tolerantes. Los videojuegos de tramas bélicas, los favoritos actualmente, pertenecen a una industria de imparable crecimiento. Las cifras alcanzadas históricas por títulos de shooters como Call of Dutty sitúan al jugador en posición de tirador basado en un sistema de defensa y ataque. El juego de la colección que recolectó más dinero en 2011 sitúa su trama en una invasión a EEUU provocada por un movimiento ultra nacionalista ruso. Nos dan la perspectiva de los buenos (los mismos siempre), la visión podrida de los malos (los mismos siempre), y las excusas para matar sin remordimientos con gráficos de lo más realistas. Innegable su impacto en los jóvenes, Amnistía Internacional ha llegado incluso a denunciar estos hacedores de dinero cuya diversión radica en “cuantos más mates, mejor”. Eliminan la visión traumática, derivando en una violencia “inofensiva”. Y si no te gustan los videojuegos, interminable es la lista de series y películas con escenas de violencia gratuita (incluida sexual) como American Horror Story. De esta manera se desarrolla la indiferencia y la falta de impacto moral que arrastran consigo.

Si así nos enfrentamos a la violencia, no es de extrañar que poco efecto tengan las imágenes reales. En la fotografía de la agonía John Berger asegura que la imagen se vuelve doblemente violenta, una primera vez por lo que presenciamos y una segunda en la comparativa de esa imagen con las que realmente nos rodean. Es algo concreto, único, pero de múltiples lecturas en la contraposición con lo que conocemos, no en vano se dice que valen más que mil palabras. Pero son igual de importantes esas mil palabras sustituidas. La diferencia con la construcción de un consumidor impasible y uno consciente radica en lo sentimental pero también lo racional, preguntarnos quiénes, cuándo y por qué y evitar la unidireccionalidad de miras. Resulta la única manera de enfrentarnos a esa violencia no desde la apatía de una indignación inútil sino desde la respuesta. Es la brutalidad de la imagen la cual capta nuestra atención involuntariamente, pero parte de una actitud crítica (e informada) involucrarse.

Susan Sontag nos plantea dudas acerca de la ética en la estetización de la fotografía de conflictos o del sufrimiento ajeno, tantas veces anónima, de la que se declara contraria. La exposición de hermosas fotografías a modo de espectáculo triste entran en el saco de lo irreal o simulado, ya que bien podrían ser los personajes de una película que hemos visto hace poco o el soldado que se ha asesinado en la última partida. Es esa utilización, a mi parecer irrespetuosa hacia las víctimas, la que nos aleja de ellas.  El usual exotismo de las mismas (porque atrapan más cuanto más lejos parece que se hayan tomado de nuestras fronteras) con rostros sin nombres y con conflictos que normalmente no entendemos hace que pierdan su valor. La dignificación del sufridor proviene de hacer nuestra su historia, de alguna forma ser quien lleva la cámara. La estetización del dolor o la violencia en la fotografía puede hacer más duradero el impacto. Las fotos de Sebastiao Salgado tocan una fibra más permanente que las imágenes sacadas con un móvil. Es de mal gusto, pero también es cierto que puede existir lo bello en lo violento.

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Campo de refugiados en Sahel, 1984. El autor pretende mostrar uno de los campos más grandes de la historia hasta ese momento. El hambre, la cólera y la indiferencia política acabó con miles de personas.

En palabras de Sontag hay variedad de respuestas ante tales imágenes, a veces contradictorias: venganza, ansia de paz, o la más común; la confusión. ¿Tenemos realmente derecho a mirarlas (incluso admirarlas) si no somos capaces de ayudar de ninguna manera? John Berger asegura que el pesimismo provoca hacer nuestro una parte del sufrimeinto del otro, y nuestra indignación exige una acción. Los conflictos en otras partes del mundo, difíciles de alcanzar, tienen derecho a ser conocidos, deben ser conocidos. Crean una memoria, abofetean nuestros cómodos puestos y nos remueven para intentar hacer algo, por pequeño que sea. Puede que desgraciadamente al abrir más los ojos con sorpresa ante tales atrocidades nos permita mirar con más detenimiento la violencia o injusticia que nos toca más de cerca.

 

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