Diseño/Moda/Pensamiento/Sociología

¿Hay cabida para el feminismo en el mundo de Victoria’s Secret?

La prestigiosa y archiconocida revista de moda Vogue publicaba el 14 de noviembre del pasado año un artículo bajo el nombre de “¿Se puede ser feminista y que te guste el desfile de Victoria’s Secret? En el mismo se recogía el testimonio de cinco mujeres intentando responder a la cuestión planteada, llegando todas ellas, en rasgos generales, a una conclusión común: que tal espectáculo no era más que un alarde capitalista que mostraba a una serie de mujeres cosificadas e hipersexualizadas pero que, aun así, esto no era incompatible con el feminismo, porque, como afirma una de ellas, “no hay nada reñido con ser feminista, si acaso, sólo ser machista”.

Nerea Pérez de las Heras, la primera en manifestarse, afirma de forma contundente: “Si existiera una versión masculina de todo esto que estimulara las fantasías de las mujeres heterosexuales y dejase a los chicos corrientes con la autoestima por los suelos, este sería un mundo mejor y yo podría ver el desfile sin remordimientos feministas”. Fue, mientras leía el artículo, esta argumentación la que desató en mí una serie de sentimientos encontrados.

Para empezar, me atrevería a dudar de que este desfile fuese un reclamo sexual por parte del sector masculino heterosexual, pues afirmaría, casi a ciencia cierta, que las consumidoras son mujeres en un altísimo porcentaje y con un fin meramente comercial. Los hombres, por su parte, a la hora de saciar sus fantasías optarían, seguramente, por otro tipo de contenidos.

Sí podría estar de acuerdo, por su parte, con el hecho de que este espectáculo condiciona los estereotipos de belleza femenina, afectando de manera negativa a la autoestima de muchas de las espectadoras del desfile. Cada vez más, la lectura que se lleva a cabo por parte del sector femenino suele concluir en la necesidad, o al menos pretensión, de querer alcanzar las medidas de estas modelos, unos cuerpos, habitualmente denominados “imposibles”; pero, no olvidemos que la implantación de cánones no es cosa de nuestros días, sino una constante, cíclica en mi opinión, que a lo largo de nuestra historia ha determinado la “talla ideal” de la mujer. Mientras hoy perseguimos una 34, hace años la perfección rondaría la 40 y largos. Cuerpos completamente opuestos, pero igualmente “imposibles” para cualquiera que fisiológicamente no se acerque a ellos.

Finalmente, y reiterando en la cita antes mencionada, no considero que la solución a este controvertido asunto sea la creación de un símil masculino. No podemos obviar que existe también, en mi opinión, una sexualización del hombre, aunque, por supuesto, en menor medida, y es asimismo absolutamente negativa. No creo que el problema se erradique mediante un ojo por ojo, quizás sea más sano para nuestra sociedad buscar una cura para la “miopía” que seguir creando más y más gafas cargadas de estereotipos.

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