Fotografía/Imagen

El viaje estático de Chema Madoz

No es un escritor, ni un pensador, es un mirador, la única facultad verdadera y aérea: mira. Nada más.” Ramón Gómez de la Serna.

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¿Es posible viajar sin que se produzca algún tipo de desplazamiento espacial?

Infancia, el período de nuestras vidas en el que la imaginación aflora sin parar. Una etapa en la que miras al cielo y juegas con tus amigos a adivinar la forma que tienen las nubes. Donde cuando llueve, los cristales se llenan de gotas y observas aquellas perlas de agua embobado, te sugieren formas e incluso evocan otros objetos. Y cuando crecemos… por poco que abramos nuestra vista lo cotidiano puede acabar convirtiéndose en extraordinario.

Un fotógrafo que sigue jugando como cuando éramos niños es Chema Madoz. Fue de niño mirando el rectángulo negro de un horno mientras asistía a clases extraescolares cuando se dio cuenta del gran potencial que tienen los objetos. Su lenguaje es universalmente reconocible. Poesía visual.

Son pocas las iniciativas de mecenazgo que hay en nuestro país pero sin embargo todavía existen fundaciones que creen que son necesarias para contribuir a crear arte. Es este es el caso de la Fundación María Cristina Masaveu Peterson que lleva cinco años innovando en las distintas formas de ver Asturias. Edición a edición destacaron fotógrafos de la talla de Alberto García-Alix, José Manuel Ballester, Ouka Leele o Joan Fontcuberta. Lo enriquecedor es que cada uno a través de su objetivo tiene su propia forma de ver esta comunidad autónoma. En definitiva, de entender el mundo y su arte.

Este año es el turno de Chema Madoz y su Viajero Inmóvil que supuso un gran reto para él, ya que como sugiere el propio nombre de la exposición puede que sea muy difícil representar mediante fotografías un lugar como es Asturias, sin desplazarse de su estudio. Si hubiese fotografiado el paisaje asturiano in situ no sería obra de Chema.

La representación de Asturias, se siente desde el primer momento en el que entras en la muestra. En mi caso me hizo recordar el viaje que hice de niña con el colegio, Asturias es sinónimo de naturaleza agreste, de industria, de tradición, de agricultura, de mar. Es impresionante cómo todo esto está evocado sin recurrir en ningún momento a la mera fotografía paisajista, eso sí sin renunciar a la idea de naturaleza.

El verdadero arte de Madoz se expresa en que utiliza objetos que todos reconocemos pero que nunca habríamos pensado que pueden usarse de esa manera. Ahí radica la magia. Es capaz de ver su capacidad de transformación y es que con un pequeño guiño consigue darle la vuelta a todo.

Entre el marco de columnas que es el antiguo cuartel de Conde Duque emerge la diversidad asturiana que resulta para todos reconocible. La agrícola a través de una manzana de la que brota un árbol. La industrial mediante un tronco de madera con tripas de acero. La marina invirtiendo una barca a la que añade unas puertas creando un sagrario para hacer referencia a la religión, al arte románico y generando una metáfora de aquellos pescadores que rezan en alta mar por volver sanos y salvos a su tierra.

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Tampoco se olvida Madoz de las costumbres asturianas más tradicionales como es el ganchillo, aquel que hacen todas nuestras abuelas. Como siempre lo funde con la naturaleza consiguiendo que se parezca al mar batido en las playas de esta comunidad.

Pequeñas dosis de humor emergen en algunas de las fotografías como aquella caja de cerillas que lleva escrito peligro de incendio, los que tanto daño hacen a nuestros bosques, a nuestra naturaleza.

Queda tiempo para la invención creando un espigón hecho con figuras geométricas propias de la escuela y que recuerdan tanto a las pinturas de Giorgio de Chirico o Carlo Carrà. Un paisaje que puede considerarse como metafísico pero que al mismo tiempo se asemeja al famoso espigón de Llanes con aquellos bloques de colores pintados por el gran Agustín Ibarrola. Quizá pueda considerarse un futuro proyecto, ¿quién sabe?

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Lo importante es que todas las fotografías de la muestra son metáforas visuales llenas de enigmas pero también de belleza. Uno de los motivos por los que el gran poeta catalán Joan Brossa dijo de Chema “Han tenido que pasar setenta años para conocer a mi hermano”.

La pregunta para aquellos más críticos sería: ¿Ha hecho Madoz algo nuevo? La respuesta es afirmativa ya que además de invertir el orden de su trabajo, en este caso busca imágenes para un tema ya establecido, consigue crear el primer vídeo de toda su carrera. La oportunidad para su construcción surgió de una de las fotografías donde se muestra un teatrillo con la representación de una cascada en su interior. El audiovisual consiste en la unión del mítico Teatro Campoamor de Oviedo con una cascada a modo de telón. La naturaleza vista como espectáculo, diría yo. Es la mejor manera de resumir lo que es esta exposición, el ruido del agua y la furia de la naturaleza tan típica de Asturias.

Chema cuida todo y se observa el uso del blanco y del negro que tiñe toda su obra. En realidad esto supone una distancia entre los objetos y el espectador, es como si se posasen en otro plano, diferente, como si las imágenes estuviesen dotadas de un cierto misterio. Ahora estos colores sirven para recrear la tan característica niebla del norte de nuestro país que lo consigue hacer tan mágico. También las escalas suponen un juego muy importante en la exposición y es que para Madoz acertar en este aspecto es hacer ganar en intensidad las fotos, se produce por lo tanto un vínculo entre la reproducción y lo reproducido.

Llegados a este punto, parece contradictorio realizar un viaje estático pero Madoz consigue demostrar que esto es posible a través de reproducciones icónicas de la realidad. Al salir de la exposición fue inevitable no recordar un librito de Xavier de Maistre que leí hace ya algún tiempo y que se llamaba Viaje alrededor de mi habitación donde se relata la experiencia que le llevó a estar 42 días encerrado debido a un duelo. Recorre su cuarto y parodiando los libros de viajes se detiene en los objetos que lo rodean y que lo llevan a recordar historias vividas o a hacer reflexiones sobre el arte, el amor o la literatura.

Mientras mi alma, recojiéndose en sí misma, recorría, en el capítulo precedente, los tortuosos subterfugios de la metafísica, yo me hallaba en mi sillón sobre el que me había tumbado, de modo que sus dos pies anteriores estaban elevados a dos pulgadas de tierra, y todo bambaneándome de derecha a izquierda, y ganando terreno, insensiblemente había llegado casi cerca de la pared. -Este es el modo como viajo cuando llevo prisa-. Allí mi mano máquinalmente se había apoderado del retrato de Ma. De Hautcastel y la otra se divertía en quitar el polvo que lo cubría (…) Esto es lo que me sucedió mientras limpiaba el retrato.” Xavier de Maistre.

Y no sólo recordé este libro sino la maravillosa canción de la banda sonora de la película Vicky, Cristina Barcelona de mi adorado Woody Allen que me teletransporta a tierras asturianas sólo con escucharla. La canción que yo le pondría a la exposición.

El arte en todas sus disciplinas es el lenguaje que más se acerca a enseñar otras formas de ver el mundo. Así lo hace Chema Madoz.

¡Cuidemos la imaginación!

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