Pensamiento/Sociología

¿Cocina con arte?

Ernst Gombrich dijo una vez: “No existe el arte, existen los artistas”.

A priori puede parecer una afirmación muy tajante en cuanto al arte, pero quizá sea clave para entender la  paulatina concepción, cada vez más presente, del cocinero como artista.

Todos vemos la abrumadora  cantidad de formatos en la actualidad que tienen como protagonista la cocina. Pero hemos evolucionado por fin del clásico espacio en que enseñan al espectador a preparar recetas, a un punto donde existen ya concursos de todo tipo, entrevistas o reportajes gastronómicos por el mundo. También la tecnología ha cambiado la forma en la que vivimos la experiencia. Ahora es muy frecuente compartir tanto nuestras creaciones culinarias como nuestras experiencias gastronómicas fuera de casa.

Pero, al margen de la falta de imaginación de las cadenas que hace que todas se miren unas a otras con atención, es cierto que este “boom” experimentado en los últimos años no podemos desligarlo a la nueva concepción de los chefs y de la alta cocina que vemos a diario. He ahí pues, el debate: ¿Es la cocina una nueva forma de expresión del arte?, ¿Son por tanto, algunos cocineros, artistas?

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Como pasa  a menudo con las definiciones de lo etéreo, la de arte es abierta, subjetiva y, a día de hoy, aún discutible. Sabemos que la tradición clásica grecorromana consideraba el arte como una habilidad del ser humano en un terreno productivo sujeta a reglas, casi como sinónimo de destreza. Para Platón era la capacidad de producir cosas por medio de la inteligencia, y para Casiodoro los objetivos principales del arte eran “doceat, moveat, delectet” (enseñar, conmover y complacer). Por lo que está claro, para griegos y romanos los cocineros podían ser artistas. Con el cambio de mentalidad del Renacimiento, y la separación de oficios y ciencias de las artes, comenzó a generarse un star system de artistas que ganaron prestigio social y económico, algo que las actuales listas, guías de color, premios o críticas gastronómicas han vuelto a producir en la actualidad, ahora siedo los protagonistas chefs. En cuanto al coleccionismo del Renacimiento, es obvio que las creaciones culinarias no se pueden coleccionar, aunque sí las visitas a restaurantes, y a día de hoy hay quien consume gastronomía por lo mismo que consume arte: por ser partícipe de algo distinto, original y creativo. Y a pesar de su carácter efímero ¿quién no ha oído hablar del arte efímero? Marcel Duchamp dijo que “el arte es la idea” o sea el concepto, por lo que quedaría desligado de su parte material.

Con el Barroco la creación era infinita, sin centros ni límites introduciendo la originalidad del artista, algo que con el Romanticismo se reivindicó dando paso a la mitificación del artista por su genio creativo, conceptos con los que también trata la cocina actual donde vivimos la era de la época de los platos interpretados. Hacia finales del siglo XIX y principios del siglo XX, nace la sociedad de la cultura de masas, y el arte se aleja de las reglas académicas ganando importancia la función del público,

Hoy, la unión entre cocina y arte es un hecho. Se hizo formal cuando Roger M. Buergel, director de la Documenta de Kassel, invitó al cocinero Ferrán Adriá en 2007 a participar en unos de los eventos artísticos más importantes del mundo representando a nuestro país, a quien ya en 2005 el Centro George Pompidou de París dedicó una exposición llamada Los métodos creativos de elBulli.

Pero el nuevo proyecto, debía surgir en la propia esencia de su trabajo, era imposible descontextualizar su obra de su lugar de producción. Se decidió que El Bulli, considerado durante 5 años como el mejor restaurante del mundo sería el pabellón donde el artista-cocinero expondría su creación, convirtiéndose en el Pabellón G de la Documenta de Kassel. La primera vez que alguien “ajeno” al mundo del arte era invitado a un evento de tal envergadura.

Pero esta posible relación con el mudo del arte también ha provocado rechazo. El restaurante Tristán en Portals de Mallorca llegó al punto de renunciar a su estrella Michelin para “reinventarse” alegando “el deseo de ofrecer una cocina sin las ataduras artísticas y reglamentarias que exige Michelin”. Lo que nos lleva a preguntarnos, si al igual que los artistas ¿sienten algunos cocineros la necesidad o la presión de tener que ser artistas, algo que no estaría a la altura de todos, y convertir así, cada plato en una obra de arte?

En el proceso creativo muchos cierran las puertas de sus restaurantes como artistas. Cuando vamos a una exposición o a un concierto, no tenemos la opción de elegir que queremos ver o escuchar, y con el triunfo absoluto del menú degustación en la alta cocina estamos en las mismas. Ambas disciplinas transforman la materia aunque de distinta naturaleza, precisan de destreza manual y técnica y llevan años reivindicando una ruptura con la tradición occidental mediante conceptos como la sorpresa o la provocación. Es cierto que no podemos olvidar que elemento principal del mundo de la cocina, el producto, es al fin y al cabo necesario para satisfacer unas necesidades fisiológicas ineludibles al ser humano, que van más allá de toda consideración artística, pero también lo es el hecho de que en la cocinan se manejen términos y estilos como minimalismo o deconstrucción que si están relacionados ésta.

¿Por tanto, es arte la cocina? Ahí es dónde la afirmación de Gombrich resulta ser la clave para este debate en particular y sin meterme en otros terrenos. Posiblemente no. Pero sí algunos cocineros son artistas.

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