Cine/Imagen

Nos jode que nos hablen de amor: a propósito de La la land

“La gente no necesita amor, lo que necesita es triunfar en una cosa o en otra. Puede ser en el amor, pero no es imprescindible”. CHARLES BUKOWSKI (Factotum, 1975).
Veronique

La doble vida de Verónica (Krysztof Kieslowski, 1991)

Nuestro sistema, mal que nos pese a algunos, ha roto por completo con la realidad. Trata con ésta pero solo para quitarle el molesto olor a viejo, a feo y a usado, como si fuese una rémora con la que no queremos tener que lidiar. El Siglo XXI viene caracterizado por el triunfo del yo, de un yo narcisista que no tiene más que un cuerpo muerto, un yo sin memoria, gran amnésico (Diferencia y repetición, Deleuze, 2002). Sin duda alguna, y me acojo al término de Lyotard, la cultura posmoderna es inmediata y vulgar, vivimos en un mundo colmado de seres independientes, frívolos e inseguros que van saltando de relación en relación cual juego de la oca. Estamos tan alejados de la realidad que ni la muerte está en nuestra casa sino en el tanatorio, ubicado en la periferia de la población. Su diseño, su urbanismo y arquitectura son anestesia y tranquilizante, insonorizándonos al dolor e incluso a la felicidad. Quizá estemos insonorizados con todo sentimiento extremo. Ni muy alegres ni muy tristes, ni muy enamorados ni sin amor, viviendo en un equilibrio de sentimientos que nos obliga a ser políticamente correctos. ¿Homogéneos?

El pasado seis de febrero, aun con lo caro que está, fui al cine a ver La la land (Damien Chazelle, 2016), la cual es, entre otras cosas, un musical y para mí, odiadora profesional de los musicales, fue toda una aventura decidir ir a verla. Pero de vez en cuando y con mucha suerte, a uno le toca vivir una de esas dulces experiencias difíciles de olvidar, de esas que se te meten en la retina y en los huesos y que te incitan a bailar sin complejos. Lo cierto es que La la land es una gran película pero no por el vestuario, ni por la banda sonora, ni siquiera por Ryan Gosling sino por la belleza inherente que hay en cada esquina, en cada mirada, en cada gesto. Creo firmemente que hay cosas en este mundo a las que no se les puedes negar su belleza: Miranda Kerr, Felicidad conyugal (Tolstói), la sonrisa de un niño pequeño, La doble vida de Verónica (Krzysztof Kieślowski)… Y, aunque sé bien que todo muta y vuela en libertad buscando una muerte segura, también sé que existen cosas bellas y sin saber porqué, al menos aquí y ahora, son bellas así como La la land. Pero yo no vengo a hablar de belleza sino de amor.

La la land II

La la land, Damien Chazelle. (Emma Stone y Ryan Gosling).

Ella, aspirante a actriz. Él, un nostálgico músico de jazz y Los Ángeles el testigo de que no todo se puede alcanzar. Por unas horas la ficción le dedica todo el protagonismo a los perdedores, a los luchadores y soñadores que confían su suerte al qué sé yo. Entre el éxtasis de haberme topado con algo bello y el café de las ocho de la mañana, me toca escuchar las críticas de “bueno…es la típica película de chico conoce a chica” o “demasiado cursi para mí” y me lleva a cuestionarme el hecho de que si podemos ver las escenas más explícitas de sexo como en Nymphomaniac (Lars von Trier, 2013) o en The Girlfriend Experience (Amy Seimetz, Lodge Kerrigan, 2016), si podemos leer a Bukowski y a Henry Miller y nos encantan porque son crueles, duros y directos, ¿por qué no dejamos que nos hablen de amor? Nos hemos acostumbrado tanto a vivir entre el cinismo y la incredulidad que permitir tal intromisión sería de locos. Decía Lyotard que somos herederos del desencanto que se generó tras Mayo del 68, tras Vietnam, tras la muerte de Bob Keneddy; la posmodernidad es el fin de los metarrelatos y la incredulidad frente al héroe. Por otra parte, comentaba Deleuze que “frente al adormecimiento de las imágenes, Sam Peckinpah quiere unas imágenes que nos recuerden la verdadera violencia”. Nuestra sociedad no solo puede hablar del sexo más explícito que se pueda imaginar sino también de una violencia que a veces me cuesta comprender cómo podemos soportar. Somos tan cínicos e incrédulos, ya no sé si herederos de los desastres de la guerra o de las películas de Woody Allen, que cuando nos hablan de amor, del amor bello, de ese que se mete en tus entrañas y te da ganas de bailar, nos resulta aburrido e inconcebible. Somos la personificación del sentimiento de Alexandre en La mamá y la puta (Jean Eustache, 1973), una obra maestra del cine de los cuerpos, de sus actitudes y vocales (La imagen-tiempo: estudios sobre cine 2, Deleuze, 1985).

Alexandre

La maman et la putain, Jean Eustache.

Si antes podíamos hablar del sexo y de la violencia como tabúes difíciles de desarticular, para nosotros, desencantados de todo y con todos y que todo hemos visto ya, es el amor nuestro nuevo tabú. Para un sector de la sociedad pseudoculto, avergonzado de sus sentimientos más profundos, supone un acto de valentía sentarse en la butaca y dejar que les hablen de amor. El otro día, después de casi cuatro años, escuché por vez primera a un profesor mío decir mi compañera. Y lo dijo entre líneas, veloz como el conejo de Alicia para ver si nos despistábamos y conseguían las palabras esfumarse en el espacio. ¿Lo aborrecemos porque nos lo han amasado demasiado o es esta sociedad que jamás creyó en él gracias al lema nihilismo, cinismo, sarcasmo y orgasmo? ¿Es posible el amor, el 1+1, en una cultura hedonista y narcisista en donde domina el YO?

Cuando tenemos que enfrentarnos a una película como La la land, estamos luchando contra ese sentimiento de incredulidad y cinismo y, por ende, contra nuestro nuevo tabú. Pero yo, que me considero una enamorada de la vida, aun con sus manías y zancadillas, no puedo más que desear bailar en una fiesta de deseos y pasiones cuando me encuentro con una película bella que habla simplemente de amor y de cómo las elecciones que tomamos van conformando quienes somos.

Lala

La la land

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