Otros/Pensamiento

-La enfermedad del Alma-

Kant n27b7de975ddf4527c56500d015585f02os presentaba tres grandes realidades, los máximos de abstracción a los que todo ser humano podía llegar: Mundo, Dios y Alma. Parecen ser individuales, pero dentro de la experiencia humana se tornan interdependientes. En el mundo en el que vivimos, al menos en los “países ricos” parecen sufrir todas un gran desprecio. En su arrogancia el ser humano se despoja de Dios -traduzcámoslo a lo superior y espiritual- suplantado por lo material y corpóreo que impone nuestro sistema capitalista y del culto a la imagen. El Mundo, esa relación real y profunda con los demás y lo que nos rodea, inevitablemente se desgaja del Alma en una exhacerbación del individualismo alimentado por una pandemia de egos obesos de la que deriva la enfermedad de la misma.

En vez de nutrir estas cuestiones necesarias en el ser humano, reflexionar sobre las mismas, introducirlas en las preocupaciones de nuestro día a día, nos aferramos a cualquier cosa para justificar una vida alejada de ellas. Y el sistema nos facilita los caramelitos para que continúe de esa manera. De esta falta de atención derivan nuestros grandes problemas: la incomunicación en un mundo en constante contacto pero realmente desconectado, la destrucción de los recursos naturales, la falta de justicia, las luchas de poder, la explotación unidireccional y desigual entre países poderosos y los que lo son menos y el individualismo. Aquellos menos pesimistas asegurarán que siempre hay algo o alguien que ayuda o realiza buenas obras, pero creo que es fácil observar que la tendencia natural es al desastre colectivo y al egoísmo punzante. Se trata de esta enfermedad que parasita el Alma de esa mayoría impasible que se puede traducir en esa tan ya comentada crisis de valores generalizada.

El origen podríamos situarlo en esa separación y desinterés de nuestras realidades abstractas, tan necesarias como el comer o el respirar. El Mundo, se enfrenta a nuestra incansable destrucción y explotación, como si de un virus se tratase. Alimentado por en egoísmo caníbal, desengranado en el libro de Paul Levy Dispelling Wetiko, que acaba por mordernos a nosotros mismos. Nuestro Mundo ahora se ve acotado a nuestra zona de comfort con nombre de urbe moderna que se convierte en campo de cultivo de la enfermedad. En palabras de José Manuel López, es en esta “urbe moderna que con el agotamiento del proyecto moderno se ha ido convirtiendo en un macroespacio agotado, exhausto, decadente y enfermo. Una gran incubadora para todas las enfermedades modernas del espíritu (soledad, aislamiento, incomunicación, delirio…)” donde ya no tiene cabida nada más que la enfermedad, donde nos son facilitados, mediante las construcciones del sistema, los placebos para una falsa curación. En 0,17 segundos Google es capaz de aportarnos cuatro millones de artículos respaldados por las más prestigiosas universidades con las claves, aseguran, para ser felices. ¿No resulta casi insultante que la lucha constante de la humanidad por alcanzar la felicidad venga asegurada por un sencillo clic en internet? En esta caja en la que no podemos –o no nos dejan- salir, nos inyectan la enfermedad y nos mienten con las supuestas curas. Nos desviamos de nuevo del problema, pero ¿cómo volver a conectar nuestras abstracciones? ¿Cómo entrar en contacto con Dios, con lo divino, con lo espiritual, con aquello que se aleja de lo que constriñe lo material y que forma parte indispensable de cada ser humano?

Necesitamos de un intermediario para volver a conectar ese Dios con el Alma enferma, para restablecer la importancia en nuestras vidas de esas tres abstracciones kantianas. John Berger enfoca nuestra mirada hacia la Naturaleza. Un concepto cargado de valor, opuesto a las instituciones sociales que despojan al hombre de su esencia natural y lo encarcelan, por ello según Lukácks en su Historia y conciencia de clase  “la naturaleza adquiere el significado de lo que ha crecido orgánicamente, de lo que no fue creado por el hombre, en contraposición a las estructuras artificiales de la civilización humana. Al mismo tiempo, puede entenderse como aquel aspecto de la esencia humana que ha permanecido natural, o al menos, tiende o anhela volver a serlo”. ¿No tiene acaso la Naturaleza parte de divino? ¿No se trata de una fuerza superior que con un tsunami es capaz de destruir a su antojo, como si un dios se tratase? Resulta uno de los medios más eficaces, evidentes, para la vuelta a lo espiritual, eso que nuestra Alma echa de menos.

Los protagonistas de dos películas muy aplaudidas por la crítica:  Hacia rutas salvajes (2007) y Alma salvaje (2014), cuyas Almas atosigadas deciden arrastrarlos a la naturaleza como medio de exhorcización de esos miedos, angustias e infelicidad, encuentran en ella el anclaje para construír un nuevo futuro. Consiguen mediante la magia de lo natural, de lo salvaje, la razón para continuar con sus vidas. Vuelven con sus tres realidades abstractas unificadas, sus Almas sanan. Por ello la palabra intrínseca a la naturaleza virgen, “salvaje” se convierte en la plataforma para nuestra escalada (o descenso) hacia lo nuestro, lo humano, el Alma. “Salvaje” toma la forma de ideal que encierra un deseo reprimido, “el punto desde donde el soñador se aleja dándonos la espalda” son las palabras con las que dibuja Berger nuestra clave para la recuperación.

Pierre Tailhard aseguraba que no somos seres humanos teniendo una experiencia espiritual, sino seres espirituales teniendo una experiencia humana. Así nuestras realidades abstractas se tornan igual de necesarias. El cultivo y alimento del Alma, del espíritu independiente, proviene de disciplinas como la Filosofía y el Arte especialmente despreciadas y de difícil acceso gracias a un sistema que prefiere mantenernos inermes e insensibilizados. No se dan cuenta de que ese ejercicio revierte en nosotros mismos, dándonos las gafas para ver bien qué nos rodea y las armas mentales para defendernos si no nos gusta, pero también alimenta los otros abstractos, beneficia al Mundo y al Dios. Reequilibra la balanza en pos de un beneficio global y personal. A fin de cuentas, ayuda a todo el mundo (idea muy de moda, pero escasamente practicada).

La corriente de la enfermedad llega a todo, incluso a malograr las cosas más humanas de las que el Alma es capaz: el amor. En un mundo que perfectamente podría ser el nuestro en apenas veinte años Spike Jonze, en su película  Her (2014), nos invita a reflexionar en el futuro de las relaciones de pareja si las cosas siguen su curso actual de enfermedad compartida. Aquí hasta el amor hacia el otro se convierte en ejercicio narcisista, de amar algo que nosotros mismos hemos creado hasta ser capaces de ignorar las necesidades de nuestra Alma, compartiendo nuestra existencia con la ilusión de otra persona a nuestro servicio sentimental. Theodore el protagonista, se enamora como nunca ha experimentado antes con una voz en off que lo acompaña allá adonde vaya, una inteligencia artificial con voz de mujer que resulta ser el irreal bálsamo a su espíritu solitario tras una ruptura con su anterior pareja. Una situación compleja cuando parece no querer ver que su amada voz carece de lo más importante, de un alma propia. Pero se convierte en suficiente, y en escalofriante, debido a la suplantación de un ser humano que de un aparato parece obtener más que de los seres humanos reales que lo rodean, pero que parecen no tocarle. Esto se debe a una crisis del propio protagonista, quién viendo todas sus cuestiones vitales puestas en duda decide aplicar, como hace la mayoría, nuestro suculento, y visualmente jugoso placebo. Se trata sólo de un ejemplo de hacia dónde derivan nuestros impulsos más humanos cuando nuestras realidades se desequilibran, cuando nos olvidamos de nuestras necesarias abstracciones.

Somos conscientes en el fondo de que algo falla, pero ¿seremos capaces de encontrar la píldora Alma-Mundo-Dios antes de que este virus arrase con todo y con nosotros mismos?

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