Pensamiento/Sociología

El conflicto in-visible

Si hay algo en la actualidad que cale en el mundo televisivo son los tan sobradamente conocidos programas de telerrealidad. A nivel estatal, en estos momentos, quizás el más relevante sea Gran Hermano VIP, donde toda una serie de personajes conocidos, en mayor o menor medida, conviven en un mismo entorno durante unos tres meses aproximadamente. Aparentemente, no son más que un grupo de individuos, encerrados en una casa y realizando una serie de actividades cotidianas que podríamos estar llevando a cabo cualquiera de nosotros en nuestro día a día. Entonces, ¿qué es lo que mueve a los concursantes a hacerse partícipes de este tipo de espectáculo? Y, ¿por qué este fenómeno televisivo es capaz pasmar ante una pantalla durante horas a millones de espectadores?

La respuesta a la primera cuestión es simple: la adquisición de un ansiado maletín con una importante recompensa económica, además del consecuente aumento de su presencia mediática. La contestación a la segunda se debe a que el público que consume este tipo de programas siente un cierto grado de placer en cuanto al surgimiento de disputas dentro de la zona de convivencia.

Para ponernos en situación de cómo es el funcionamiento de este programa podemos establecer una especie de analogía, salvando las distancias, con la teoría del universo platónico. En este sentido, si recordamos el famoso mito, podríamos relacionar la caverna platónica con la casa donde se lleva a cabo la convivencia, donde, al carecer de contacto alguno con el mundo externo, desconocen la veracidad de cuanto ocurre, siendo muy fácil, por tanto, su manipulación. Por otra parte, nuestro “mundo real” se correspondería con mundo exterior a la caverna, desde donde se puede manipular la información e introducirla de nuevo en la “caverna” o casa de GH de forma tergiversada, haciendo dudar a los concursantes sobre la realidad de los diversos actos.

A mayores de todo esto, nos encontraríamos además con un personaje que, por su parte, podría recordarnos a un Dios cristiano que responde al nombre de Súper. Este “ente”, al que los concursantes no ponen cara, se muestra ante ellos como una figura omnipresente, omnividente y omnipotente, que consigue cumplir dichas cualidades gracias al uso de diversas cámaras dispuestas por toda la casa. Todos los participantes se pueden dirigir a “El” para realizar sus peticiones, en muchas ocasiones de forma “privada” en un recinto al cual denominan directamente “confesionario” pero además, deben obedecer a sus órdenes en todo momento, las cuales son acatadas sin ningún tipo de cuestionamiento.

Después de este corto recorrido por lo que sería el funcionamiento de la casa, retomemos la primera cuestión, porqué este tropel de gente se adentra en una aventura que, aunque en un primer momento puede parecer un tanto jovial, se sabe de antemano como calamitosa e insoportable. Como ya dijimos, la adquisición de un fin, un maletín, y la subsiguiente popularidad televisiva es la base de su aquiescencia. Por su parte los concurrentes solo deben dejarse llevar pero, ¿puede este dejarse llevar estar manipulado? La evidencia salta a la vista.

En este sentido, podríamos evocar el pensamiento kantiano y su ya sobradamente conocida premisa de la “insociable sociabilidad”. Si buscamos más allá de lo puramente obvio, vemos como lo que en Kant sería un fin, la paz perpetua, en este espacio televisivo se convierte en un premio monetario previamente anunciado y ofrecido a los concursantes y la Naturaleza, que en este caso serán los realizadores del programa, se sirve de los individuos particulares que concursan en el reality, y de sus ambiciones personales, de su propio interés (de su innato y espontáneo egoísmo) para lograr su propósito: la discordia. En cada cohabitante hay una aspiración pero, mientras este fin no llega, el conflicto es entendido como un buen medio para que, tanto los participantes como el público, se percaten de que la condescendencia y la armonía son más beneficiosas para todos que la rivalidad y los conflictos.

Llegados a este punto, en realidad, ¿son este tipo de programas un mal para la sociedad o, en realidad, si afinamos nuestros sentidos, se pueden entender como un examen sociológico al que la mayoría creen no estar asistiendo y que, de una forma u otra, evidencian una realidad que nos define a gritos?

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