Espacios/Fotografía/Pensamiento

En (re)torno á paisaxe: lo sublime enmarcado.

La naturaleza ha estado ahí siempre. El paisaje, no.

Petrarca, Pérgamo, jardines barrocos, romanticismo…podemos señalar a lo largo de la historia del arte situaciones donde el hombre miró a su entorno natural y experimentó algo estético.  Teóricos del paisajismo se basan en ese relativismo postmoderno para enarbolar la bandera creacionista del “todo es producto humano”, incluido el paisaje. Emerson sostiene: “Hay un terreno en el horizonte que no es de nadie sino de aquel cuya mirada puede integrar todas las partes, es decir, el poeta”. Por tanto el paisaje es fruto únicamente de un sujeto cualificado que hace de la naturaleza objeto; del campo, paisaje.

 Sin embargo, parece imposible no imaginarse a uno de los primeros pobladores de la tierra maravillado ante una puesta de sol en un mundo todavía virgen, donde los árboles se recortaban en el horizonte como sombras chinescas, y el silencio y la quietud eran caja de resonancia de una fauna, todavía dueña de un planeta no civilizado.

 Al hablar de paisajes es imposible no caer en la eterna duda entre representación humana o presentación natural. ¿Lo creamos, o es? Si aceptamos la primera opción, significaría que no hay paisaje sin los cuadros de Claudio de Lorena, Constable y Poussin -que funcionarían a modo de catálogo de imágenes, de ideas de paisaje que nos permitiría “ver” la naturaleza-.  En todo caso, no es más que un intento de reducir lo desordenado, lo entrópico a un objeto razonable para el ser humano.

 Si, por otro lado, aceptamos el paisaje como representación de sí mismo, habremos de admitir que aunque el paisaje sea paisaje per se, éste necesita de nuestra mirada como marco, como recorte y fotografía de la realidad. Entonces solo queda ya pensar qué es lo que hace que cuando paseemos por el campo nos paremos a mirar. En mi opinión, la Inglaterra del XIX dio con la clave: lo inesperado y la sorpresa.

 Si seguimos esta línea de herencia addisoniana, aceptando la singularidad y lo pintoresco, las teorías idealistas paisajísticas se caen por su propio peso. Si hay novedad, si hay diferencia e imaginación no se comprenden los catálogos paisajísticos intrínsecos benefactores de la apreciación estética.

 La exposición En (re)torno á paisaxe, nos plantea una revisión del concepto sin caer en líneas intervencionistas versallescas-landart. Más que una puesta en valor del paisaje en sí, pretende favorecer una mirada desde una posición intimista, como paraje de interioridad.

“April is the cruellest month, breeding

Lilacs out of the dead land, mixing

Memory and desire, stirring

Dull roots with spring rain.”

 T. S. Eliot, The Waste Land

Y es que, al igual que para Eliot, muchas veces el paisaje exterior no acompaña el interior; o bien este último modifica nuestra percepción de lo que nos rodea.  Esta idea subyace en el discurso planteado en la Iglesia de la Universidad de Santiago de Compostela donde 12 artistas presentan su visión personal del paisaje.

 Siguiendo con la idea ruskiana de naturaleza-ventana al interior, nos topamos con la obra de Pamen Pereira que dibuja mediante humo una cartografía emocional a raíz de su experiencia en la Antártida. La relación sentimental humana y paisajística no puede ser más matérica. Un mapa –un lugar, muchos paisajes- es ahora una gráfica anímica humana. El humo subraya lo eventual: instrumento –fuego-, paisaje y persona, todos cambian, mutan.

Vari Caramés nos habla de la característica de la naturaleza como escenario, así como de su poder de narración. Nos presenta una fotografía de un viaje o un paseo que pone en funcionamiento la capacidad de asociación con recuerdos y escenas vividas. Una carretera y un bosque. Podría ser una experiencia de la artista o de cualquiera de los espectadores

 “El paisaje también es arquitectura” parece decirnos Sara Coleman –exponiendo también en la Fundación Granell Doble simultáneo- con su obra site-specific donde invierte la bóveda convirtiéndola en una red de textiles futuristas. Quizá esta sea la obra que encuentro más fuera de contexto en el discurso museológico, o bien pretenda ser, en el valle los postes telefónicos, el intruso, quién sabe.

Un paraje puede ser político para Carme Nogueira y Ruth Montiel Arias, donde la memoria social se rescata mediante, en la primera, la performance y el contexto; y se plantean de manera preciosista las problemáticas ambientales –relacionadas con el fenómeno de los chemtrails y la agricultura- en la segunda. En ambas, lo humano imposibilita y desacraliza lo natural.

 El recorte y la abstracción del entorno es la piedra angular de Carla Andrade que nos plantea la belleza del vacío como materia artística. La fotografía encuadra -igual que los perfiles separan la nada de lo existente- y enmarca nuestra realidad.

 Manuel Sendón se hace eco de la crisis económica, con esas casas en ruinas nunca terminadas, materialización del fracaso en fase proyectual, como una visión agónica de un polluelo que en su tentativa de volar se estrella.

 Frente a la mirada pesimista del fotógrafo, Elena Fernández Prada nos propone una obra vitalista y figurativa conformada por una amalgama de insectos. Es imposible, al contemplar la pintura, que no llegue a nuestra mente algo de Archimboldo, de gabinete de curiosidades e insectario decimonónico.

 Jorge Perianes usa dos antónimos en su propuesta: la estabilidad de un hogar –de ahí la representación prototípica y naïf de una casa- y por otro la inestabilidad, la inminente caída del territorio sobre ella, territorio cuya sombra es la parcela-perfil donde se asienta. Entre juegos post-surrealistas y problemáticas sociales anda la cosa.

 Si en la introducción a esta reseña, comentábamos la vertiginosa posibilidad de la inexistencia del paisaje real sin el paisajismo como género pictórico, Sheila Pazos hace literal la idea de “carguemos con paisajes” y elabora un traje-montaña inspirado en su Suiza natal. Un paisaje portátil para combatir la morriña.

 Inevitablemente volvemos al Romanticismo con Lois Patiño, que a modo de Friedrich contemporáneo da la espalda al espectador obnubilado ante la grandiosidad de un paisaje inmenso, sublime. Su figura se recorta como la de un muñeco en lo inabarcable de la instantánea, no hay individuo, de hecho, el paisaje cambia y se mueve, mientras él, estático e inmutable, parece decirnos que Pangea seguirá evolucionando y el hombre siempre será el mismo, nimio a su lado.

 Por último, Iago Eireos nos sumerge en un paraje sonoro, de ruidos metálicos –quizá tectónicos- que ponen de manifiesto una idea mística, atávica y primitiva sobre el globo en el que habitamos. Lo orbital deviene en lo seriado.

 Es tan paisaje el vivido como el soñado, el recordado como el por venir. La naturaleza como extensión del cosmos que nos habita, que se expande más allá de nosotros, nosotros naturaleza también al fin y al cabo. Parajes vírgenes, todavía no tocados –domeñados por el hombre- o bien con nuestra huella ya, como testimonio del diálogo de lo mental y lo orgánico.

 Si bien la obra de estos artistas –sugestiva, conversación entre una soledad individual y lo indómito- nos zambulle en delicada introspección melancólica, el emplazamiento elegido –templo católico reconvertido en altar pagano para los elementos- parece contener un discurso encorsetado, y a pesar de mi entusiasmo ante el diálogo de retablos barrocos con la contemporaneidad, no he asistido a ninguna propuesta en este espacio que me haya resultado coherente, en simbiosis fluida entre la arquitectura y lo expuesto.

 Quizá demasiadas obras en un espacio ya muy recargado y ocupado. El uso de paneles divisorios parece matar la conversación entre cristos barrocos y pantallas led -maridaje en la actualidad considero indispensable-. Como ejemplo de perfecto savoir faire de condensación temporal en un espacio sacro, me remito a lo realizado en la exposición On The Road en la Iglesia de S. Martiño de Bonaval donde la luz que se filtraba a través de las vidrieras góticas, tenía una correspondencia in situ con los neones de Mario Merz; así como las propuestas audiovisuales resonando en las bóvedas de la basílica en una atmósfera de sacra contemporaneidad.

 Apreciaciones personales aparte, recomiendo que os dejéis caer por la exposición y experimentéis por vosotros mismos ese intento de congelar lo vivo y de racionalizar lo que se escapa a la razón. Estímulos en constante evolución al igual que nuestra propia percepción de los mismos. Obras naturales que son tales porque imitan la naturaleza en cuanto a lo mutable. Creo que es esa constante marcha, ese dinamismo intrínseco a todo –el hombre incluido- lo que nos fascina en el genero paisajístico. Apreciamos una flor porque sabemos que se va a morir. Al final no queda ya más que admitir nuestra sabiduría primitiva, olvidar lo aprendido y fascinarnos ante los astros, benefactores de la vida. A pesar de los vuelos intercontinentales, YouTube, sistemas Android, Facebook y demás productos que parecen sugerir que el único demiurgo es el ser humano, seguiremos fascinándonos con los amaneceres porque como Constable en su lecho de muerte, tenemos la certeza en lo más profundo de nuestro ser: “The sun is god”.

Sara Coleman.

Pamen Pereira.

Jorge Perianes.

Sheila Pazos.

Lois Patiño.

Carme Nogueira.

Vari Caramés.

Carla Andrade.

Ruth Montiel Arias.

Manuel Sendón.

Elena Fernández Prada.

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