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La reproductibilidad técnica de los recuerdos


¿Qué es nuestra la identidad?

Entre otras acepciones, el diccionario de la RAE acuña dos significados que nos resultan especialmente interesantes :

2. f. Conjunto de rasgos propios de un individuo o de una colectividad que los caracterizan frente a los demás.

3. f. Conciencia que una persona tiene de ser ella misma y distinta a las demás.

¿Y qué es, entonces, la conciencia? El mismo diccionario responde: “Conocimiento que el ser humano tiene de su propia existencia, de sus estados y de sus actos.”

Por tanto, la identidad, exclusivamente humana, es algo así como el conocimiento reflexivo del conjunto de rasgos propios que nos caracterizan frente al otro. Es decir, nuestra identidad es la imagen que tenemos de nosotros mismos, como nos recuerda Elsa Punset en este reportaje.

Para descifrar nuestra identidad, para conocernos (en reflexivo, pese a lo poco que me gusta esta expresión) no podemos hacer más que escudriñar nuestros recuerdos, nuestra memoria, aquella que ha ido almacenando circunstancias y sensaciones pasadas para conformar nuestra personalidad y carácter. Una memoria como único referente que nos dicta cómo actuar, cómo tomar decisiones, cómo definir nuestra identidad.

Decía Buñuel: “Nuestra memoria es nuestra coherencia, nuestra razón, nuestra acción, nuestro sentimiento. Sin ella, no somos nada”. Y efectivamente, sin ella no seríamos nada, no tendríamos pasado, y por lo tanto, tampoco tendríamos presente.

Las últimas investigaciones no sólo dan la razón a esta lógica de sentido común, sino que insisten en apuntar que la relación entre memoria y futuro es aún más fuerte que la unión entre memoria y comprensión del presente. Se activan las mismas zonas cerebrales cuando pensamos en el pasado que cuando imaginamos el futuro.

Todos tenemos claro que pese a su enorme importancia, la memoria puede jugarnos malas pasadas. El científico Daniel Schacter habla de los Siete pecados de la memoria para referirse a esas “faenas” que nos hace el hipocampo (la estructura cerebral que se encarga de buscar y reunificar información para hacernos revivir recuerdos). Él habla de pecados de omisión (por ejemplo, olvidos por falta de atención o por debilitación de una memoria alejada en el tiempo) pecados de atribución errónea y de pecados por referencias sesgadas.

Este último tipo de “error” en la memoria es especialmente relevante: Shacter nos dice que la capacidad que los recuerdos pasados tienen para distorsionar el presente es tremendamente fuerte. Nos dice además, que los recuerdos están muy influenciados por las creencias y sentimientos que teníamos en el momento de crearlos, y que por lo tanto, se almacenan distorsionados.

Nuestro cerebro también ha aprendido a olvidar intencionadamente, borrando aquello que considera inútil para crear espacio a memorias más relevantes. Y no sólo borra, sino que completa, reinventa, reconstruye y recrea nuestras historias para darles coherencia y hacer comprensible el pasado. El cerebro confiere a los datos sueltos que ha ido guardando un sentido general y nos muestra su esencia, algo así como su aura.


Dicho todo esto, hablemos por fin de la plasticidad de nuestra memoria. ¿Hasta qué punto podemos fiarnos de aquel recuerdo de cuando teníamos 8 años? Un interesante estudio confirmó nuestras sospechas: la viveza de nuestros recuerdos no está ligada a la realidad de los mismos. Esto lo demostró, entre otros, un anciano que recordaba con total lujo de detalles cómo de pequeño, yendo de la mano de su madre en un parque, se cruzó con un enorme dinosaurio.

El neurocientífico Michael Conway asegura que lenguaje y recuerdos van unidos. Ya sabíamos que nuestra capacidad para aprender y entender estaba estrechamente ligada a las palabras y su uso, pero ¿qué pasa cuando nuestro lenguaje se torna audiovisual?

Nuestra imagen digital, nuestra identidad en la red se expresa de este modo, mediante vídeos y fotografías (de hecho, mediante millones de ellas, como nos recordaba Lúa en su artículo de la semana pasada.)

Aprovechando para recoger otros textos publicados aquí, conviene recordar el concepto de Walter Benjamin sobre el aura, en este artículo de Guillermo. 

Retomamos este autor para volver a hablar del “aura” y el desmoronamiento de la misma.

“Las obras de arte más antiguas nacieron al servicio de un ritual que fue primero mágico y, en un segundo tiempo, religioso. Pero […] este modo aurático de existencia de la obra de arte nunca queda del todo desligado de su función ritual. Dicho en otras palabras: el valor único de la obra de arte «auténtica» se encuentra en todo caso teológicamente fundado.”

“En el culto al recuerdo de los seres queridos lejanos o difuntos tiene el valor de culto de la imagen su último refugio. En la expresión fugaz de un rostro humano en las fotografías más antiguas destella así por última vez el aura.”

“Pero, ¿qué es el aura? El entretejerse siempre extraño del espacio y el tiempo; la aparición irrepetible de una lejanía, por más cerca que ésta pueda hallarse.”

Walter Bejamin, La obra de arte en la época de su reproducción técnica, 1936

Él aplicaba sus teorías a las obras de arte, y achacaba el atrofiamineto del aura de las mismas a la capacidad técnica de reproducirlas (el cúlmen de este proceso se dio con la fotografía).

“Cada día cobra más vigencia la necesidad de adeñuarse de los objetos [y su aura] en la copia, en la reproducción. “

Walter Benjamin, ídem.

Resulta curioso retomar frases como esta, abstrayéndose de su contexto original, aplicándolas a dos conceptos. El primero de ellos, la plasticidad de la memoria a la que hicimos referencia más arriba. En segundo lugar, los temas introducidos por Lúa  y Guillermo.

¿Acaso no nos empeñamos en adeñuernos de nuestras vivencias inmortalizándolas incesantemente en cientos de fotografías? De forma incansable, creamos imágenes mil veces repetidas, poses idénticas junto a monumentos, sonrisas copiadas en recuerdos creados. Creamos nuestra memoria y pedimos a los demás que nos la creen por nosotros.

¿Qué capacidad pues, tiene la imagen digital, extendida a lo largo y ancho de la red, para, como un hipocampo mecánico, seleccionar, borrar, obviar o manipular nuestros recuerdos? Falsificar un sentimiento, una relación o un viaje es tan fácil como toquetear los unos y los ceros que dan forma nuestra identidad digital.

¿Y qué será de nuestra memoria cuando nuestros recuerdos digitales, una vez esculpidos y pulidos sean accesibles para caminar entre ellos, sintiendo su aura más real que nunca?

“La humanidad se ha convertido en un espectáculo de sí mismo” decía Benjamin en los años 30. No se imaginaba que el espectáculo no había hecho más que empezar.


El artículo completo de Benjamin La obra de arte en la época de su reproductibilidad técnica puede leerse aquí.
Como acompañamiento, añado este interesante relato de Philip K. Dick: “Podemos recordarlo todo por usted”

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