Cine/Otros

La metamorfosis, por Saul Goodman.

Es un hecho. Las series de éxito, al igual que las películas taquilleras, intentan en la medida de lo posible estirar su éxito hasta el infinito, ya sea alargando la serie y provocando el hartazgo de los fans; o creando una segunda trama que derive en un spin-off. De estos últimos los encontramos de todo tipo, léase, aquellos que introducen un personaje (o varios) nuevo en la serie para luego situarlo en un entorno distinto e iniciar así la franquicia (es el caso de CSI, NCIS o Ley y orden); mientras que otras dan un paso más al tomar deliberadamente a uno de los personajes con más calado entre el público y darle su propia serie. Este último es el caso de la terrible y olvidable Joey nacida del éxito de Friends; el caso de la malograda, pero muy buena Torchwood, del mismo universo que Dr. Who; o la mítica y genial Frasier, que en ocasiones olvidamos que era producto de la también excelente Cheers.

No parece existir un patrón de éxito, aunque parece que las series policíacas han hecho de ello un filón. También las fantásticas parecen encontrarse a gusto en esto de “las segundas partes”. Aquí encontramos los casos más recientes de Arrow y The Flash, Crónicas Vampíricas y The Originals, The Walking Dead y Fear the walking dead, por nombrar algunas.

He dicho que parece que no existe un patrón, pero si analizamos atentamente los ejemplos nombrados, parece existir una conexión que asegura el éxito del spin-off. Que la serie original sea más bien mala. Pero mala en “plan bien”. Serie “mierder”, que se dice por las redes. De esas cuya existencia personal no sería lo mismo si no tenemos una. Con un argumento absurdo, chorras y escenas de postureo. Y los protas tan terriblemente bellos como faltos de talento (grumpy cat a su lado es todo un alarde de expresividad). Esas son las series cuyos spin-off (casi) siempre son garantía de éxito.

Dr. Who, Friends, y ahora Breaking Bad o The Walking Dead, son series que lo tienen más complicado al ser consideradas “de culto”. Es decir, con el respaldo tanto del público como de la crítica. Es por ello que de los spin-offs de estas series se espera más, mucho más. Se espera que estén a la altura y que no defrauden, se espera calidad, que parafraseen a su predecesora sin copiar, se espera algo nuevo pero con referencias a su serie progenitora. Y eso, colegas seriéfilos, debemos admitir que es muy complicado de conseguir.

Sin pretender hacer spoilers de esta genial saul-goodmanserie que es Better call Saul, que de momento parece cumplir las expectativas de los más exigentes, homenajea a su predecesora de la mejor manera: con la metamorfosis de su protagonista. ¿Quién es Saul y cómo llegó a convertirse en el abogado sin escrúpulos que conocimos en Breaking Bad?

La metamorfosis de Saul y la de Walter White es similar, pues ambos se convierten en monstruos. Los dos, personas normales, con una vida aburrida y un trabajo poco satisfactorio, condenados al fracaso, se convierten en auténticas bestias al dejarse llevar por la ambición de poder.

Existe algo de catártico en ver estas transformaciones en pantalla, en ver como personas normales se enfrentan a dilemas que ponen en jaque su vida hasta el momento. Todos lo hemos pensado. ¿Qué pasaría si yo perdiera mi trabajo? ¿Qué haría yo por mi familia? ¿Cómo reaccionaría si pillara a mi pareja con otra persona? Y el seriéfilo ha ido encontrando la respuesta a estas emociones, que no preguntas, como el griego lo hizo en la tragedia.

Ya Dexter había provocado todo un revuelo en nuestras bases éticas y morales cuando nos sorprendimos defendiendo a un asesino, cuando sentimos simpatía por ese capo de la mafia que era Tony Soprano o cuando apoyamos al manipulador Frank Underwood, por nombrar sólo algunos de los más queridos personajes de televisión cuyas acciones son más que cuestionables.

Personajes que gritan a los cuatro vientos “I’m no angel” mucho antes de que lo hiciera la marca Lane Bryant, abrazan su lado oscuro sin miedo ni remordimientos. No son Jesucristo ni Luke Skywalker, ellos han sucumbido a las tentaciones y nosotros hemos conocido el abismo a través de ellos. Y cual discípulos de Aristóteles, hemos disfrutado y aprendido con esta experiencia catártica.

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