Espacios/Pensamiento

El lugar de esta época. Lugares y cosas. Cuestión de modelos y peso. Tachelles, La Closerie, Shakespeare & Company.

Sorprenderse, extrañarse, es comenzar a entender. Es el deporte y el lujo específico del intelectual. Por eso su gesto gremial consiste en mirar al mundo con los ojos dilatados por la extrañeza. Todo en el mundo es extraño y es maravilloso para unas pupilas bien abiertas. Esto, maravillarse, es la delicia vedada al futbolista, y que, en cambio, lleva al intelectual por el mundo en perpetua embriaguez de visionario. Su atributo son los ojos en pasmo. Por eso los antiguos dieron a Minerva la lechuza, el pájaro con los ojos siempre deslumbrados.

La aglomeración, el lleno, no era antes frecuente. ¿Por qué lo es ahora?

La rebelión de las masas. José Ortega & Gasset.

En el reproductor podría ser acariciada una sinfonía desapacible y frondosa de Gustav Mahler o una antología del flamenco o del jazz, como bien podría dominar en el televisor un film de Marlene Dietrich –inmerso en la programación especial de algún canal de pago- todo ello en algún salón donde habrás situado las lámparas en las esquinas; y finísimas tulipas que conviven con adornos de Lladró, y flores artificiales que se caen por su propio peso llenas de polvo.

Bajo la mesa del café, una alfombra que te has traído de un anticuario romano, o quizá del Marché aux puces, o quizá de Ikea -a dos horas en coche- poco importa. Una lámina con un paisaje de Corot que también viene de la capital francesa, probablemente de esa hilera de puestos de Montmartre -donde en un tiempo hubo una cosa y hoy hay otra-, un tarro de cristal que se rompió con su consiguiente disgusto -presumo nacido de ese viaje en vaporetto a Murano por Venecia a siete euros el billete para los no arriesgados- en compás con una estilográfica de marfil que decidiste tomar prestada sin que nadie te viera de aquella papelería del conglomerado de islotes. En las estanterías, discos y fetiches anglosajones setenteros de tu última escapada a Reino Unido. Al verlos, te vanaglorias de tu capacidad de sincretismo religioso, el mismo que te posibilita disfrutar por igual de una chabacana estampa de una Madonna renacentista recuerdo del hervidero florentino –sostenida por la pared repleta, no habría espacio aquí para describir su contenido- que de un viscoso y fascinado tratado como bien podría ser El juego de los abalorios de Hermann Hesse, título selecto que convive en su interior con un pequeño apéndice de poesía del mismo autor, ejemplar éste, que habrás almacenado con otros de aquel recorrido bibliófilo por la ciudad de Berlín del invierno pasado.

Montañas en la noche

El lago se ha extinguido,
oscuro duerme el cañaveral
murmurando en el sueño.
Sobre el campo extendidas
alargadas montañas amenazan.
No reposan.
Hondamente respiran, se mantienen
unidas unas contra otras.
Respirando hondamente,
llenas de oscuras fuerzas, irredentas
en su pasión devoradora.

Hermann Hesse.

Y es que las ciudades como les choses, habrán paulatinamente experimentado en sus costillares el colapso de la balanza, la inclinación sobreactuada del desequilibrio mórbido –buche que se alimenta a sí mismo engolándose de su propio vómito-, lejos de coitos ligeros o soslayos tenues, los continentes oscilan literalmente vencidos por su propia gordura, por su propio amontonamiento, por su propio enfado repleto. Demasiada escultura, demasiado libro, demasiado contenido para tan poco continente en un ejercicio que topa con la barrera del paisaje, barrera que está ahí, a punto de ser rozada por los dedos de la acumulación que se expande como un virus, el virus de los virus. Pero no de cuestiones limítrofes hablamos únicamente, pura lógica de su soportar; como si colocaras todas las ediciones del Quijote en una membrana de jugos o papeles Pinochio. Américas, Eurasias, Australias, Africas y Groenlandias me parecen un banquisa tumefacta de cristales gruesos como el de Baccarat, si las placas se mueven amenazando la integridad de los seres, las ciudades y los salones amenazan con venírsenos encima al modo de una avalancha morrallesca, en una Turquía excesiva y global de mercados pendulantes, rascacielos de yeso y sacos de granos de crème brûlée. El mapa parece un gran azulejo en el que ha caído una bola de mármol, el insoportable peso de haber sido, que parece que nos obliga a acumular y acumular hasta que el paseo ajeno a miradas sea imposible en paisaje alguno. Apartándonos como recién levantados lo viciado, llovizna de masa de escarcha cancerígena.

Entonces, cuando está a puntoaaaa de derrumbarse, alguien decide airear la casa y fastidiar todavía más al dios Moloch dormido entre esas montañas de historias y proyectos artísticos, no solo colocando más y más frutas en el frutero desbordante sino seduciendo a los incautos o ingenuos con dulces engañosos casi ya exclusivamente visuales, en una Shakespeare & Company que fue pero que hoy no es, escaparate donde Sylvia Beach recibía a Hemingway, hoy plaza de descanso para dormidos turistas, te preguntas ¿queda algún lugar luego de la catástrofe? ¿Puedo guarecerme en algún lugar que no haya sido pervertido por el código? Vuelves a tu salón de nuevo, tiene la capacidad de proyectarme a mí mismo te dices, literatura americana, Hojas de Hierba de Walt Whitman, prerrafaelismo, los novísimos, simbolismo, catálogos de Sotheby’s tirados por ahí que sirven como apoya vasos, títulos y más títulos y tu colección de revistas de cine y celebridades, entre tanto imágenes, palabras y la tumba a la que te diriges, Europa.

Te imaginas a un pelotón kafkiano irrumpiendo en tu casa, llevándose todo, y secuestrando tu mogollón, tu metralla, tus cosas, tus sueños, eso que aunque pertenece al Dios Moloch, que te lo ha brindado, es tuyo, entonces piensas en lugares conctacheles2retos, y piensas en la Tachelles en Berlín o en La Closerie des Lilas en París. El primero, espacio galería que te vincula con la promesa de una generación europea que se reúne para crear, para vivir y para activar la ciudad cultural a través de sí misma, festejando un Berlín de los noventa contracultural y cinematográfico, un Berlín gay y feliz, el Berlín de la rave, del narcótico necesario y del revulsivo pos RFA –pienso en el film Yo, Cristina, F-, tecnológico, decadente pero emergente, okupante, en él los vecinos se unen a la fiesta de lo cosmopolita, de la apuesta de es posible una casa para todos donde acumulemos en esta balsa de museos y bibliotecas bulímicas, activa lectura y creación, taller para el verbo: tener un lugar más allá del salón en pocas palabras. La ciudad tiene lo que no tiene el campo, por tanto si vivo en el centro de Berlín y no soy simpatizante del frenesí alquímico de la nocturnidad y los gritos diurnos de traqueteos culturales, ¿qué hago injuriando contra el “ruido”? Las ciudades están hechas para el ruido, para los gritos y para el Dionisos de los idiomas, y entre tanto un ciudadano medio camina plácido entre escombros de basura, entre polución. Pero clarividencia, la polución deja pensar.

El arte se ha vuelto iconoclasta, pero esta postura iconoclasta moderna ya no consiste en destruir las imágenes, como la de la historia; más bien consiste en fabricar imágenes, hasta en fabricar una profusión de imágenes en las que no hay nada que ver. Son literalmente imágenes que no dejan rastros, no tienen consecuencias estéticas, propiamente hablando, pero detrás de cada una de ellas algo ha desaparecido. Este es el secreto, si es que hay uno, de su simulación. Entonces son simulación: no sólo ha desaparecido el mundo real, tampoco puede plantearse siquiera la pregunta por su existencia.

La ilusión y la desilusión estéticas. Jean Baudrillard.

Alguien decide llevárselo todo, secuestrando el montón y alimentando el otro, apelando a la gestión, ¿a la gestión de qué? La misma que convierte La Closerie des Lilas, o Les Deux Magots o el Flore en ridículas habitaciones memorabilia de muertos en donde los escritores de antaño se sentaron como uno más -o peor, en eentrance-to-la-closeriestablecimientos también malogrados estilo Fouquet’s delicia del Sarkozy de turno-. Ahora cuelgan impiadosas láminas compradas probablemente en los mismos lugares donde el turista recurre para decorar su salón aeqpropio. Hablamos de la píldora atragantada, hablamos del sello en la solapa del libro que te dan de regalo de visita, hablamos de la servilleta diseñada, hablamos del enfado que te entra cuando llegas a esos lugares de la cultura oficial ellos atestados de la misma infamia que en Tachelles anularon. Pero ya institucionalizados, ni siquiera congelados, convertidos en eco, en cuchara, en portada.

Pero poco importa, la imagen tiende a autodevorarse, los lugares a autoenchatarrarse, encharcarse, relamerse, dejar que la Closerie haya agoCafe-zapata-im-tacheles-0atado las tentativas de agotar un lugar parisino a golpe de sudor de no dejar cambiar. Giramos y giramos y volvemos a esa Tachelles que contuvo primer orden de jóvenes a puerta abierta y cerrada, y hoy ¿qué queda?, la cafetería en la terraza –café Zapata, en la imagen derecha- que hizo las veces de lugar de concierto y evento y, ¿qué apetece cuando te sientas en esas mesas con publicidad de cerveza en carteles? Preguntarte cuándo vendrá el lugar propio de esta época, porque si algo tienen en común todos estos lugares es el patetismo de enunciar que la época del tropel de objetos todavía no tiene habitación propia, solo lugares en capitales bastante bien organizados pero perfumados sin remedio de resonancias de un pasado que se enmaraña y que ya no existe, esa es la cárcel y la tumba de los continentes, ombliguearse.

Si fuese ausencia de estilo todavía, la cuestión es que la corteza soporta demasiado un superestilo, una bolsa de tantas cosas a la espalda, la inflexión sería si queda lugar donde guarecerse pero en eso ya venimos reflexionando suficientes. En el particular finiquitando, ¿cuánto pesimg_6897o más puede soportar el vientre de una cultura que al segundo se vomita y se regenera y acaba engullendo lo que ayer repudió? ¿cómo puede generarse un estilo, algo nuevo, un algo sorprendente de ahí? Quizá el final de los tiempos fuese ese, un pause convulsionante y borracho. Un todos los estilos el estilo, un todos los lugares el lugar, un todos los pesos el peso. Y ahí es Moloch, que parecia un espejismo.

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s