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Autorretratos, perdón, autorretretes.

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Entre la era de los teléfonos inteligentes y el narcisismo nada disimulado de la sociedad en la que vivimos, surge una práctica común, que es la de autorretratarnos con la cámara frontal que ahora ofrecen numerosos dispositivos. En ocasiones se debe a la ausencia de otro que ejerza de fotógrafo, pero lo que hacemos es demasiado significativo para que el mundo no lo sepa aquí y ahora. Sea como fuere, aunque el autorretrato sería un término más que válido para definir la práctica, el idioma que todo lo puede nos enseña otro que adoptamos de manera más que natural: selfie.

A veces en lugar de utilizar la cámara frontal, usamos nuestro fiel reflejo en el espejo, y si en la narrativa audiovisual es un error el que aparezca en pantalla material de equipo para grabaciones, nos importa un comino el que en el espejo aparezca el terminal con el que hemos hecho la fotografía.

Los escenarios carecen de importancia, suelen ser aleatorios: la ducha y el inodoro del fondo aparecen como en un estado cotidiano, sin intención de nada. Lo que interesa es el gesto del que sostiene el teléfono, su tatuaje, o sus abdominales casualmente centrando la atención de la imagen.

Es como si estuviese a medio camino entre el encanto de lo espontáneo, una idea del fotógrafo como captador de fragmentos de realidad que se muestran ante el que es más observador que el resto, y el horror de la contaminación del medio fotográfico.

Resulta curioso que de la perversión de unas pautas y principios que sostienen al artista de la fotografía, se haya creado otra especie de Academia, con un corte popular y accesible a casi cualquiera, pero con un procedimiento reglado. Desde el año 2005, a partir de una idea del diseñador web Caín Santamaría, se crea una comunidad de afiliados a los denominados autorretretes. Su actividad consiste en fotografiarse en los lavabos, y para ello cuentan con una serie de normas expuestas en un manual virtual, entre las que se encuentran:

“1.- El Autorretrete siempre, siempre y siempre se realiza en WC´s de locales o no-lugares de acceso público: bares, restaurantes, museos, iglesias, aviones.

2.-El Autorretrete se crea antes o después de haber hecho uso correcto del WC. Ir a un local público a hacer un Autorretrete sin hacer uso de su WC es snob.

3.-El Autorretrete es unipersonal, solitario e íntimo, si eres artista. Si eres una persona normal, lo harás en buena compañía.

4.-El Autorretrete es un autorretrato en el que se nos reconoce, identifica o intuye.

5.-El Autorretrete es una fotografía del reflejo de nosotros mismos que nos devuelve el espejo u otra superficie reflectante del WC.

6.-El Autorretrete es una fotografía realizada con teléfono móvil.

7.-El Autorretrete nunca usa flash. El flash sobre un espejo es de cutres.”

Tras el proceso, claro está, se debe de subir a una plataforma con el hashtag #autorretrete. Se hace evidente el tono sarcástico del iniciador de la práctica, cuando afirma: “La ubicuidad del móvil-cámara produce imágenes tomadas en los sitios más insospechados. El ser humano es vanidoso y le gusta verse en los espejos, pero no puede evitar ser lo que es: un animal que caga y mea.” Y es que, al fin y al cabo, hay que darle la razón.

Una especie de guerrilla internauta se desató cuando saltó la noticia de que el fotógrafo Uly Martín se había dedicado a hacer fotografías a personajes públicos reflejados en los espejos de wc´s desde el 2011, una serie que el mismo bautizó como #autoRetretes. Se disputa ahora la propiedad de la idea.

Pertenezca a quien pertenezca, lo interesante es la burla irónica que subyace tras esto. Instagram nos hizo creer que cualquiera puede ser fotógrafo, y lo peor es que esta clase de alimento transgénico del ego cuaja en una enorme parte de la sociedad de consumo de lifestyle. Lo que nos enseñan tanto Santamaría como Martín, es que todo es corruptible, que ese todo corrupto, ya sea a corto o largo plazo, puede acabar convirtiéndose en una Academia en la que lo cómico se vuelve serio y viceversa. Cuando uno es realmente conocedor de algo, es cuando puede permitirse jugar a arrastrar su reputación por los suelos.

Las corrientes se suceden en el tiempo mediante su contraposición: la nueva nace mofándose de la anterior, u oponiéndose de manera directa o irónica. En este caso obedece a una especie de picaresca, como el que no puede con su enemigo y acaba por unirse a él, y no deja de ser una opción inteligente y una manera de recordarnos que la seriedad en exceso, como todo, no es buena; y que el artista, de serlo, sabrá diferenciarse claramente de un pasatiempo naif, a su vez hoy en día susceptible de análisis formales serios y aceptados, lo que demuestra que para que una práctica acabe por asimilarse como válida, es el tiempo, un tiempo de estudio y reflexión sobre la misma durante un periodo determinado. De esta manera se acabará casi siempre formando escuela, una voraz y hambrienta, que se establece, incluso, allí donde no la quieren.

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