Cine/Redes

And the Oscar goes to…

Desde los inicios del séptimo arte, las películas que tratan temas relacionados tanto con las patologías como con las discapacidades han sido una tónica constante, aunque la visión que se ha dado de ellas a lo largo de la historia del cine ha ido cambiando paulatinamente. Mientras que los primeros filmes abordaban temas como el alcoholismo, las enfermedades de transmisión sexual, o la tuberculosis, partiendo de una clara intención de dar a conocer y concienciar al espectador acerca de su problemática, en las últimas décadas parece existir una clara predilección por las enfermedades que afectan principalmente a la mente y no al cuerpo.
Tal vez el cambio venga motivado por los avances en investigación médica, que permiten hablar de trastornos cuando antes ciertos comportamientos se atribuían simplemente a la locura, o quizás porque a día de hoy, la gente está mucho más familiarizada con ellos que años atrás, cuando todavía se consideraban un tema tabú. En cualquier caso, tanto la percepción del espectador como los códigos narrativos del lenguaje cinematográfico han ido evolucionado a la par, haciendo medianamente entendible la representación del mundo interior de, por ejemplo, un paciente esquizofrénico, como sucedió en 1980 cuando vio la luz El resplandor de Kubrick.
Ni si quiera los dibujos animados destinados a un público infantil están a salvo del contagio, pues cada uno de los siete enanitos de Blancanieves sufre un trastorno diferente que caracteriza, en parte, su personalidad (Sabio presenta dificultades para la expresión verbal, Gruñón misoginia, o Tímido fobia social), así como los personajes de la serie de dibujos Winnie the Pooh, reflejan desordenes mentales, como depresión, hiperactividad, ansiedad o trastorno obsesivo-compulsivo.

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No es ningún secreto que este tipo de películas tocan la fibra sensible de la Academia de Hollywood, pues son muchos los actores que se han llevado estatuillas por un trabajo que incluye meterse en la piel de un personaje enfermo. Los casos más recientes los encontramos en la gala de este año, durante la que Eddie Redmayne (La teoría del todo) y Juliane Moore (Siempre Alice), fueron premiados por sus papeles en los que personificaron la dura lucha contra la esclerosis lateral amiotrófica (ELA) y el alzhéimer, respectivamente. El pasado 2014, el Óscar al mejor actor principal y secundario fue para los protagonistas de Dallas Buyers Club, contagiados de VIH, interpretados por Mathew McConaughey y Jarde Leto (quien además tuvo que llevar a cabo un drástico cambio físico perdiendo muchísimo peso para el papel, mérito que también suele ser muy reconocido por la Academia). También en 2012, El lado bueno de las cosas, en la que ambos protagonistas padecen trastorno bipolar, estuvo nominada en múltiples categorías (siendo finalmente galardonada Jennifer Lawrence), año en el que también estuvo nominada Los descendientes, que trata el tema del coma. Un par de años antes El discurso del rey, acerca de la tartamudez y su cura, cosechó grandes éxitos, y podríamos seguir remontándonos muchas galas atrás (Angelina Jolie, por Inocencia interrumpida, dónde se pone en la piel de una psicópata y se trata también el trastorno borderline; Tom Hanks por Filadelfia, acerca del sida, y Forrest Gump, sobre la discapacidad intelectual; Al Pacino, que interpreta a un invidente en Perfume de mujer; Dustin Hoffman cuyo personaje en Rain man sufre autismo) y seguiríamos viendo como las películas con esta temática, claramente arrasan frente a otras que siendo igualmente de gran calidad, no consiguen el mismo reconocimiento, o directamente, pasan desapercibidas.
De este tipo de cine puede sacarse una clara parte positiva, y es que consigue visibilizar enfermedades que, a pesar de que afectan a miles de personas, todavía resultan desconocidas por la gran mayoría. El problema es que está todavía muy lejos de concienciar. Sin duda, conmueve al espectador, pero como suele decirse, hacer llorar es fácil, lo verdaderamente difícil es hacer reír, y desde luego, apelando a la tragedia de lo inevitable, y a la agonía de la larga lucha contra la enfermedad, aun teniendo asegurado un destino trágico, es complicado no emocionar a alguien. Sin embargo, en la mayoría de los casos, el personaje se ve despojado de personalidad más allá de la patología que sufre, siendo reducido a un puñado de síntomas mentales o corporales, que el actor copia sistemáticamente (en ocasiones de forma muy lograda), especialmente en el caso de las grandes producciones de la industria cinematográfica americana, en las que la interpretación de los trastornos se suele llevar a cabo un modo tan superficial, que prácticamente se ofrece una visión romántica del sufrimiento. Algo parecido sucede cuando nos limitamos a explicar la obra de un artista, como suele ocurrir por ejemplo con la pintora mexicana Frida Kahlo, exclusivamente en base a sus vivencias más íntimas y a su enfermedad, que a pesar de ser factores que intervienen en el proceso creativo, no determinan su estilo, que no es simplemente fruto de unas circunstancias.
Tal vez la intención de estos filmes no sea precisamente concienciar, pero desde luego, contar una historia sí ha de ser la finalidad del cine, y en la mayoría de casos, ni la historia ni el personaje existirían si suprimiésemos la patología del argumento, por lo que en cualquier caso, la película falla.
El reconocimiento de la interpretación de Redmayne casi coincide con el ice bucket challenge, una iniciativa promovida a finales de 2014 en las redes sociales, cuya finalidad principal era recaudar fondos para la asistencia e investigación de la ELA, que secundaron numerosos actores, cantantes, políticos y deportistas (entre los que sin duda, Charie Sheen y Patrick Stewart dieron una lección de coherencia). Teniendo esto en cuenta, sorprende que la noticia no fuese un aumento de donaciones para la causa, sino un montón de vídeos en la red de famosos vaciándose un cubo de agua helada y hielo por encima de la cabeza. Se habla de records de reproducciones de los vídeos en cuestión, ni una palabra sobre el aumento de las recaudaciones. La archiconocida superficialidad de Hollywood queda una vez más reflejada con este tipo de acciones. En sus películas, igual que en el ice bucket challenge, todo se queda en apariencia, sin trascender a un plano más profundo, porque lo que parece interesar más, tristemente es lo primero.

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