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Hace como cosa de dos meses, tuve la oportunidad de acudir a dos exposiciones en Madrid muy distintas entre ellas, en una misma tarde y acompañada de mi familia (padre, madre, hermana, cuñado, sobrino y novio). La primera, en la Galería Elvira González[1], sobre la última obra del artista y fotógrafo Chema Madoz. Era un sitio francamente pequeño pero suficiente para albergar en su interior la obra de este señor. Me llamó laMADOZ-avioneta atención la poca gente que había, a penas seríamos unas diez personas y esto me resultó curioso teniendo en cuenta que la exposición duraba un mes y medio escaso y últimamente te encuentras con Chema Madoz hasta en la sopa. Siempre me pareció curiosa su obra, pero esta última en concreto no me gustó mucho. Me di varias vueltas por el lugar, intentando buscar un algo del Chema que a mi me gustaba y no lo encontré.  Es más, tenía la sensación constante de que estaba quizás mirando la obra de algún imitador, o de un aficionado al photoshop u ojeando una página cualquiera de Tumblr.

Al salir de la galería, comentamos muy por encima lo que nos había parecido, y,  por cuestión de tiempo, fuimos directos a la Fundación Mapfre a ver la exposición “El canto del cisne, Pinturas académicas del Salón de París. Colecciones Musée D’Orsay”[2].  orsEl ambiente ya era otro, un sitio mucho más grande, con moqueta color violeta, turistas con audio guía, varios trabajadores de prosegur, hilo musical y toda esa parafernalia. La exposición contaba con un total de 84 cuadros y el discurso abogaba, groso modo, por valorar y acercar el arte académico que había sido despojado de su popularidad por la llegada de las vanguardias. Pero al final era un poco lo de siempre,  algunas venus,  varias vírgenes, un par de sátiros, Perseo, una señora marquesa, puede que alguna alegoría y seguramente la Diosa Diana. Es decir, todo ello a la orden de la Academia de Bellas Artes de Paris, en pro de una tradición, un canon y una belleza universal. Más de lo mismo, más de lo de siempre, más de lo más para muchos. Pero, la gente parecía contenta con lo que veía, estaban a gusto. Entonces sonó por megafonía que iban a cerrar  y nos fuimos.

De retirada empezamos a comentar lo que nos habían parecido ambas exposiciones. La segunda les había gustado mucho a tres miembros de mi familia, pero la primera no les convenció nada. Poco después de empezar la conversación, llegó La Pregunta, “Qué significan las fotos de Chema Madoz?” en un primer momento noté como mis cejas se arqueaban. Luego, cuando los músculos de mi cara se relajaron un poco pensé que quizás era normal que se hiciesen esa pregunta, que ellos no partían de los conocimientos de los que partimos nosotros. Más tarde, dándole más vueltas al asunto, me di cuenta de que estaba equivocada. Y aquí empieza mi crítica.

Desde hace un tiempo asumí que la historia del arte nos había regalado una discusión en base a un tema “arte contemporáneo sí o arte contemporáneo no”, en la cual  yo me coloco en el punto de que me gusta mucho el arte del siglo XX hasta nuestros días y de que Orfeo, Eurídice y el Niño Jesús, me aburren bastante. Cuando voy a un sitio de turismo disfruto más de “lo que se cuece” que de lo que se ha cocido y recocido hasta la saciedad. Pero ojo, entiendo muchísimo a aquellos que se enfadan ante un Pollock porque no lo entienden. Y ES NORMAL. Estamos acostumbrados a la interpretación, a entender aquello que vemos ahora materializado en pintura, escultura, arquitectura, moda, música, happening y todo lo que siga y por tanto aquello que no entendemos que no significa nada nos rechina mucho, porque no entendemos que lo que significa es que no significa nada. Hagamos ejercicio de ello: explícale a alguien que no esté en “el mundillo” lo que es la abstracción, o ten la valentía de ponerte delante de una obra de la que no sabes nada de nada y explícala. Qué?  Estás incómoda? Nerviosa quizás? Qué me cuentas? O mejor aún, qué te cuento yo, historiadora del arte en potencia,  poseedora, en teoría, de la mágica respuesta a la gran pregunta del “qué narices significa eso!”? Pues oye, que al final no significaba nada. Y no es culpa nuestra de no entenderlo, ni de no saber explicarlo, es culpa de tener siempre que buscar una explicación, es culpa de que al final la interpretación se reduce al significado. Y por eso me aburre ya la maldita historia del pórtico de la Gloria o de que si al final la Mona Lisa era Leonardo da Vinci o su prima fea. Vayamos a ver arte sin angustiarnos por si lo vamos a entender o no, disfrutemos del hecho de ir a ver arte, empapémonos de colores y formas y no de cartelas con información de si cuando Van Gogh hizo los girasoles estaba puesto de opio o si el hombre del paleolítico pintaba los bisontes que después se iba a comer. Lo que tiene una historia de fondo, se deja claro y aquello que no lo tenga no se plantea como una yincana en la que nosotros tenemos que escribirla, se plantea como pura forma, puro color, puro arrebato de creatividad, pura interpretación de algo en concreto, nada más.

[1] http://www.elviragonzalez.es/exposiciones.php?id=es&c=43

[2] http://exposiciones.fundacionmapfre.org/exposiciones/es/elcantodelcisne/

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