Literatura

La fiesta de la (in)significancia

“La insignificancia, amigo mío, es la esencia de la existencia. Está con nosotros en todas partes y en todo momento. Está presente incluso cuando no se la quiere ver: en el horror, en las luchas sangrientas, en las peores desgracias. Se necesita con frecuencia mucho valor para reconocerla en condiciones tan dramáticas y para llamarla por su nombre. Pero no se trata tan sólo de reconocerla, hay que amar la insignificancia, hay que aprender a amarla”.

Milan Kundera, La fiesta de la insignificancia.

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Una bola de cristal contiene en su interior un pedazo de tiempo congelado. La esfera limita un espacio atemporal pero, si se aplasta, se transforma en una circunferencia con manecillas, números y segundos. El ser humano nace de una bola de cristal que se va aplastando hasta que el tiempo se congela de nuevo. La vida es una manecilla, un instrumento que contabiliza el tiempo al compás de los latidos del corazón. Cuando se aproxima a las doce, la circunferencia se completa para volver a empezar. Un minuto más, una hora más, un día menos. Para algunos la cuenta atrás produce un insoportable desasosiego, para otros una apacible espera.

El devenir humano está circunscrito en una circunferencia poblada de insignificancias. Una botella de vino encumbrada en el altar de la sabiduría, una enfermedad inventada para mantener el pathos de la muerte anunciada, el fantasma de una madre desconocida ahogándose en un río, un camarero francés jugando a ser pakistaní, un viejo cazador disparando balas de humor que matan. Alain, Ramón, D’Ardelo, Quaquelique y Charles, cinco amigos invitados por Milan Kundera a La fiesta de la insignificancia, lo saben. Conocen el centro de la circunferencia y sólo quieren llegar al perímetro, posicionarse en un lugar insignificante lleno de significancia.

La fiesta de la insignificancia es la atalaya desde la que Milan Kundera se defiende frente al enemigo que acecha: el imparable discurrir de las manecillas del reloj, que están llegando a las doce. Asentado firmemente en la serenidad de la vejez, Kundera trata en esta novela los temas que le han obsesionado en toda su obra. El sexo, la maternidad, el poder, la ironía, están presentes en esta novela pero, si antes estuvieron tratados con una apabullante seriedad, ahora se ven reducidos a una increíble insignificancia. Ninguna palabra de La fiesta de la insignificancia es seria, pero tras ellas se esconde una terrible seriedad. Lo trascendental se transforma en intrascendencia al disfrazarse de ingenuidad, anécdota y humor. O al revés. Quizá sea la trivialidad el lugar en el que se esconde lo existencial. Quizá el contenido de una botella de vino sea algo más que un sabroso líquido que, al romperse, se desparrama tristemente por el suelo.

Muchos han considerado La fiesta de la insignificancia como un testamento literario. Yo la veo como un epílogo, un episodio más de su larga trayectoria literaria que se inscribe dentro de su propuesta estética para completar la cuadratura del círculo con una nueva vuelta de tuerca. El humor, siempre presente bajo la piel de su discurso literario, se ensalza hasta convertirse en la fuerza motriz que impulsa al lector a recorrer el laberinto interior de los personajes. La parodia, el doble sentido y la ironía adquieren una importancia mayor que el valor de las propias palabras. La fiesta de la insignificancia es el retrato cómico de una existencia que ha perdido el sentido del humor, de una obra de teatro que se convierte en realidad, de cinco actores que esperan la llegada de la medianoche sin más pretensión que la de estar despiertos un día más.

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Un pensamiento en “La fiesta de la (in)significancia

  1. Incluso yo que no soy muy devoto de Kundera por mi desconfianza con lo que a veces me precipito en llamar autoayuda, aquí, entiendo perfectamente lo que dices y que también creo subyace de la obra del checo, la he leído y me recuerda con tu reseña a esa frase de Wilde que decía algo así como que el mundo es un teatro cuyo elenco, deplorable. En todo caso me consta que Milan Kundera es muy amigo de Fernando Arrabal, y de Arrabal me fío definitivamente. Muy significante en todo caso insignificancia significante. Me quedo con “Quizá sea la trivialidad el lugar en el que se esconde lo existencial. Quizá el contenido de una botella de vino sea algo más que un sabroso líquido que, al romperse, se desparrama tristemente por el suelo.” Que me ha encantado vaya.

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