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Ladrones de Aura (selfie en el museo)

En el museo Tate Modern de Londres, referente museístico mundial, te invitan a que te saques un “selfie” con una de tus obras favoritas y te dan la opción de subirlo inmediatamente a la “nube” para que así pueda ser mostrado en las pantallas que pueblan escaleras y pasillos del edificio. Esta práctica ha ido expandiéndose en el ámbito de los museos al mismo ritmo que la manía-obsesiva-compulsiva de sacarse selfies ha azotado al mundo occidental.

¿Qué subyace en la patología del selfie? ¿Que hace que millones de personas del “primer mundo” plasmen sus efigies de forma compulsiva?

La primera idea que se nos vendría a la mente es la deriva posmoderna hacia el narcisismo. Las redes sociales, que pronto sustituirán la vida social “real”, nos incitan a la actualización. El narcisismo es un lacayo del hiperconsumo globalizado. Actualízate, cambia de look, compra. Tu imagen es importante, ella fluctúa, debes comprar y comprar y comprar para no pasar de moda.

Harold Cazneaux 1910 selfie.

Ahora bien, el narcisismo también es consecuencia de la alienación del “homo-consumidor”. Ante la total pérdida de identidad y las dificultades, ante la masa babeante (el éxito de los zombis radica en su semejanza con el consumidor medio), de reivindicarte como único, impera un sucedáneo de identidad: multiplicar tu imagen. Sacudir internet con un aluvión de fotografías de ti, de ti, de ti en el baño, de ti en el súper, de ti recién vestido para la marcha, de ti comiendo,( sólo falta el selfie defecando… ah no… ¡que ya existe!) multiplicado en miles de espejos, un myse-en-abyme de tús. Es un curioso caso de autofagia, devoras tu imagen continuamente en busca de una identidad perdida y lo que logras, en definitiva, es diluirla en el simulacro vacío de la imagen sin aura.

Por cierto. La última moda en selfies es forrarse la cara de esparadrapo transparente hasta convertirte en un Francis Bacon. http://www.telecinco.es/informativos/curioso/Caras-forradas-celo-ultima-selfies_20_1769550001.html

Hemos llegado al problema del “aura”. Es evidente que el fenómeno selfie sólo es posible tras la democratización de la producción de la imagen mediante la reproductibilidad técnica, ya estudiada por Walter Benjamin. Por otro lado tenemos esa avidez de Historia, producto de la posmodernidad, del fin de la misma, de la pérdida de identidad colectiva que, en vano, tratamos de encontrar en pequeños paquetes de Historia listos para el consumo. La unión de estos dos fenómenos es el selfie en el museo.

Por tanto, tenemos los museos llenos de hordas de babeantes masas alienadas cuya única intención es reafirmar en vano su identidad a base de fijar su imagen vacua junto a una obra de arte para así alimentarse de su historia, de su aura, de su lejanía, de su red de significantes y vínculos con la cultura perdida. Ladrones de aura.

 

Tal vez la iconicidad exaltada del objeto de super-consumo aurático (el cuadro) pueda confirmarme que soy un sujeto enraizado en una cultura, producto de una historia, de una identidad, y no sólo un potencial consumidor de vacíos y nadas. No es mal destino para el Arte, ser dispensador de identidades. Ahora bien, esa es la dinámica que ya se han auto-impuesto museos como el Louvre, donde hay un recorrido “exprés” que te permite visitar las tres o cuatro obras más representativas, con su correspondiente selfie, en menos de una hora. En algunos museos el selfie ha pasado a ser la mejor forma de conectar obras y público.

Un último apunte hacia mi tipo de museo favorito: el de los muñecos de cera. ¿Qué nos enseña este museo? Además de su evidente carácter siniestro, el museo de cera cumple una extraña función. Al igual que la muchacha de Corinto, nos sitúa ante una “presencia ausente”, la efigie tétrica de un famoso, en clave hiper-realista, que por alguna extraña razón nos produce un suave y terrible gozo. Algo raro hay en que el Museo de Cera de Madrid sea uno de los más visitados, equiparándose al Prado y al Thyssen.

“Tras varios años de un importante trabajo de investigación, selección y reconstrucción de los escenarios y personajes más importantes de nuestra Historia, Cultura, Deporte, Ciencia, Espectáculo…, en el que colaboraron los mejores escultores, maquilladores, diseñadores de vestuario, decoradores e iluminadores del momento, Cristobal Colón, la primera figura, vió la luz y tras ella muchas más hasta las 450 que ocupan los espectaculares escenarios que recrean el ambiente en que cada una de ellas vivió y vive. ” Extraído de la página web del Museo de Cera de Madrid.

Un diorama que recrea el ambiente en el que tu famoso vivió y vive, cercado por un cordón rojo. Al final hemos dado en musealizar el simulacro de la vida misma. Este mausoleo lleno de estatuas de inquietante realismo es un buen lugar para los ladrones de aura, puesto que la imagen del famoso irradia su celebridad hacia los asistentes; ese actor o famosete que vive en la pantalla, en la hiper-realidad que ha tornado más real que lo real, nos hace por un momento sentir que existimos, al situarnos en su mismo plano. Confirmar nuestra identidad por irradiación de los personajes-producto.

 

Y ya, el colmo. Un selfie con tu muñeco de cera. Según las leyes del Doppelgänger a Ricky Martin le queda poco de vida.


ricky martin selfie

 Guillermo Rodríguez Alonso

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