Diseño de interior/Espacios/Otros

Gormley y Chipperfield. Espacios para trascender.

Anthony Gormley, acunado en los postulados New Age, emprendió en la década de los 70 el mítico viaje a la India. En Europa adquirió los conocimientos básicos para su desarrollo como artista, pero fue esta experiencia en el país de las especias la que determinó la temática a abordar en su producción artística.

 “El Tao es un gran cuadrado sin ángulos, un sonido muy fuerte que no se puede oír, una gran imagen carente de forma”. Lao Tse.

 Y es que lo incontenible, lo informe, lo infinito es el centro de la escultura de Anthony Gormley. Quizá resulte contradictorio que alguien que trabaja con lo matérico se sumerja en el universo de lo insondable y lo ilimitado, pero el artista  recurre a los volúmenes para sugerir lo intangible. En palabras del propio escultor : “La escultura no es construir objetos; es un medio para plantear cuestiones mucho más amplias. Lo que me interesa es crear espacio y quiero que la gente habite mi escultura con sus vidas, emociones, pensamientos…”

 Para Gormley hay vida más allá de nuestro cuerpo, habitamos más allá de donde estamos, donde nos situamos físicamente. El cuerpo entonces ya no es la cárcel platónica, para él es un lugar –o quizá un hogar- donde habitamos y que nos sirve para relacionarnos con los demás. Con esta abstracción del yo, el británico nos insta a introducirnos en bloques transparentes pero infranqueables mediante un proceso de virtualidad.  Ejemplo de ello es Matrix II, un bloque de redes de hierro con formas de geometría fractal similar a la que se utiliza para modelar el cemento de los edificios.

 “Va a ser la obra menos conocida, y espero que tenga un efecto somático profundo en los espectadores al moverse alrededor de ella. Tiene los volúmenes de la arquitectura, pero no puedes entrar físicamente. Sólo la mente puede penetrar y entablar así una relación con el espacio que te haga sentir vértigo”.

 Gormley nos insta a la introspección profunda y a pararnos en el silencio de nuestra conciencia. Parece que sus figuras ortogonales, sin referente en la naturaleza, nos hablen de una naturaleza mas natural que la misma, existente en las profundidades de lo humano, pues la contemplación de lo abstraído es la mayor contemplación y solo así podemos experimentar lo volumétrico de manera pura y total.

 Las teorías de la escultura de Gormley casi pueden explicarse gráficamente mediante el dibujo del Mandala, geometrización de la espiritualidad.  El centro es el ser humano, rodeándolo está la piel, encima la arquitectura, más allá la ciudad…esta concepción vitruviana plantea para el escultor interrogantes sobre las relaciones entre cada sustrato. ¿Qué es para nosotros esta limitación, esta envoltura que es la piel? ¿Cómo habitamos  a nivel físico –cutáneo- en el espacio arquitectónico?

 Sus construcciones antropomorfas fragmentadas –en línea de un cubismo ya marchito-  se sitúan a menudo en los sitios mas inhóspitos, creando la duda de si han llegado hasta allí de manera autónoma: sumergidas, mirando al horizonte, en medio del desierto de Australia o encima del edificio mas emblemático de la ciudad. La esquematización de las estatuas les otorga el anonimato. No es nadie el que está en esa azotea y somos todos.  A Gormley no le interesa que veamos o analicemos la obra, sino que la experimentemos.

 El haber retomado lo estrático, la relación de la escultura –arte de dimensión humana- con la arquitectura –la dimensión espacial- será capital para el artista. El sujeto y lo que lo envuelve, el núcleo y la corteza, lo antropomorfo y el espacio.  Gormley esculpe el “aire de las Meninas” del que hablaba Cocteau, pero será Chipperfield  el que lo capture –en gesto duchampiano- en sus edificios intimistas.

 David Chipperfield estudió en la Architectural Association de Londres y completó su preparación en los despachos de Richard Rogers y Norman Foster. La clave de su éxito es que fue capaz de capear el temporal de reacción postmoderna que perturbó el foro británico en los años 80, donde el estado no invierte en arquitectura y donde, a diferencia de España, la administración local no es un posible cliente. Sus edificios, pues, son templos del consumismo de alta gama, los únicos clientes que son capaces de apadrinar y desarrollar su cosmos telúrico arquitectónico. Pensemos en el edificio de la Matsumoto Corporation, el local comercial situado en Sloane Street de Issay Miyake,  el Hotel Yokohama, estudios privados, viviendas de lujo…

 Chipperfield recoge los volúmenes rotundos de Tadao Ando y del grupo Ticino y los marida con la poética del contexto de Siza y el minimalismo de Luis Barragán, creando además un lenguaje propio donde el confort, la luz y la distribución espacial contribuyen a un bienestar psicológico.  La obra clave como pistoletazo de salida de una arquitectura individual y nueva será el interior victoriano de la londinense Cleveland Square, que en 1984 remodeló para sí. La presencia de paneles de madera como instrumento distribuidor será la piedra angular de una nueva forma de reorganizar un espacio -antes desbaratado- creando un microcosmos que se quiere revelar del contenedor –el edificio preexistente- mediante el uso de materiales que difieren por completo de la fabrica de los edificios que rodean la obra. Al igual que Gormley, entiende lo epidérmico como una superficie independiente al mundo interior mas rico y en constante cambio.

 Seleccionamos el proyecto realizado en la tienda de artesanía que desarrolló en varios niveles para Wilson and Gough en Londres por su analogía con el escultor. Él mismo comenta la obra:

 “…En todo el proyecto se respira la sensación de rebasar límites. El pavimento del local salva su confín lógico –el borde del escaparate- eliminando la frontera calle/tienda; la pared final del patio se muestra en su epílogo pintada de azul intenso, como queriendo sugerir continuidad a partir de entonces”

 Chipperfield pretende sugerir que el espacio no termina donde se cierran los muros y que la arquitectura va más allá de los líumites y la delimitación de los materiales. Lo fugaz, lo eventual y las situaciones complejas son foco de atención del arquitecto que trata indistintamente en algunos proyectos elementos con gran detalle, para dejarlos en un  plano difuso en su siguiente obra.  A elementos que en otros proyectos tuvieron un papel principal, ahora se les asigna uno de segundo orden, queriendo mostrarnos que en realidad fueron elegidos por su mutismo y capacidad para el cambio.

 Chipperfield y Gormley nos sitúan en esos parajes desolados metafísicos de un Yves Tanguy pero prescindiendo del desasosiego. Sus obras –frías, geométricas, mentales- son una ventana hacia el interior que invita a la meditación. Humanizan lo deshumanizado.

 La relación de estos dos artistas del espacio se materializa en el estudio de Anthony Gormley firmado por Chipperfield. Allí las estatuas que algún día observarán la nada, ahora habitan lo indeterminado. Materialidad de las palabras del escultor:

 “Justamente la diferencia entre la arquitectura y la escultura es que la primera intenta hacer la vida mas placentera y la segunda mas difícil, complicada y confusa, pero por una buena causa. Que la gente se sienta mas viva y en el presente. Creo que el arte sería inútil si no nos ayudara a sobrevivir psicológica y físicamente”.

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