Espacios/Sociología

Que los árboles no nos impidan ver el bosque

“Unha sociedade defínese non só polas árboles que planta, senón polas que decide non destruir”

                                                                                                                                               Javier Guitian.

Catedrático de Botánica de USC.

Plantando un bosqueEn las laderas del monte Gaiás, vistiendo las faldas de la ciudad de la cultura, se está plantando un bosque tradicional gallego, que se denominará “Bosque de Galicia” y que albergara 9.000 árboles de especies autóctonas a lo largo de 24 hectáreas de terreno. Una acción que de entrada resulta atractiva y convincente, pero en la que no podemos dejar escapar el sentido de valor activo adquirido por el bosque en la sociedad contemporánea, un valor ecológico, paisajístico y económico, que hacen de este brindis a la cultura gallega una operación mediática y mercantil difícilmente disimulable. Un canto a la biodiversidad y al deber de conservar la naturaleza difícilmente asumible por una sociedad gallega que ve como sus bosques originales están siendo pasto del abandono y de una inexistente política de aprovechamiento forestal que ponga en valor un bien del que disfrutamos de una manera natural y gratuita, y que solo tenemos que extender la mano para recoger sus frutos. El monte gallego nos ofrece sus bondades, y las políticas llevadas a cabo, por desidia o por incompetencia, hacen que una potencia forestal de primer orden se autodestruya víctima de su propia exuberancia.

El bosque gallego no es lo que se está haciendo en el Gaiás, podemos llamarlo parque, jardín, proyecto paisajístico, lugar de esparcimiento, o incluso una escenificación hipodámica de un bosque, pero un bosque es algo más.

Bosque GallegoGalicia se define como naturaleza pletórica. Los montes de Galicia son algo muy cercano, algo doméstico y humano, los que hemos nacido y vivido entre el verde omnipresente sabemos que, durante siglos la relación de la sociedad gallega con el bosque ha sido permanente e intensa, siendo esta relación la base que permitió el sustento de nuestra sociedad. Además de múltiples funciones agrícolas y ganaderas, el bosque proporcionó piedra de cantería para nuestras construcciones; plantas medicinales para remedios; frutos y semillas para personas y ganados; caza y pesca fluvial; leña para el hogar; carbón para el herrero; madera para el zoquero, o para el carpintero tradicional, que con sus manos realizaba múltiples aparejos, utensilios de trabajo, o los reducidos enseres domésticos; en madera también se realizaban las embarcaciones tradicionales por los carpinteros de ría.

En el ámbito forestal, Galicia ocupa, un lugar esencial. Es la mayor potencia forestal de España, y una de las más importantes de Europa. Pero el bosque gallego es algo más: un cierto ente antropomorfo con sentimientos y reflexiones propias de los humanos, una constatación de la natur-filosofía tal y como la describió Wenceslao Fernández Flores en El bosque animado; un lugar mágico, construido por el imaginario humano, fuente de nuestro universo cultural, dotándolo de un carácter simbólico reflejado en la obra artística de muchos otros autores gallegos. Imaginario presente en los relatos de Cunqueiro, o que encontramos en las sonatas de Valle Inclan y al que Pondal dio voz en su poema Los Pinos, tomado como himno gallego. Lugares como los robledales, las fragas o los sotos determinan el paisaje y la identidad de nuestra comunidad.

Con el devenir histórico la realidad de nuestros montes ha variado mucho, la gestión intensiva y la estrategia del máximo aprovechamiento sobrevivió hasta décadas recientes, manteniendo vivo el referente histórico de los usos tradicionales del bosque. Pero los cambios demográficos, (cada vez somos menos y más mayores, y cada vez más urbanos) y la inserción de las explotaciones agrícolas en la economía de mercado, dieron al traste con el viejo modo de gestión del monte, y los llevaron directamente al abandono de usos agrícolas y ganaderos. Nuestros montes empezaron a arder sin control, y poco a poco dejamos de tener bosques de verdad. Bosques que eran el resultado de un largo proceso histórico de interacción y transformación con y para con el entorno.

Un bosque es una sociedad que se desenvuelve al amparo de árboles, El bosque gallego frondoso, húmedo, cubierto por la niebla, ha ido evolucionando por efecto de cambios en las condiciones climáticas, pero fundamentalmente como resultado de las diferentes actuaciones desarrolladas por la sociedad, y ahora se ha visto transformado en un objeto digno de un museo etnográfico, como cualquier vieja herramienta, o un apero tradicional en desuso, que exponemos para generar una imagen vendible o políticamente correcta. La naturaleza ha pasado a ser emblema de calidad de vida, está de moda ser ecologista y disfrutar de la naturaleza en estado puro, aunque luego tengan que poner carteles para recordarnos que recojamos la basura antes de irnos, o que no tiremos las colillas en medio del polvorín que es el bosque.

Nos gusta el bosque por autocomplacencia, para sentirnos guays, pero, ¿realmente entendemos el bosque?, ¿lo escuchamos, lo vivimos, o simplemente lo utilizamos? Hemos perdido prácticamente nuestro bosque tradicional y nuestras formaciones vegetales emblemáticas carecen de la protección y el cuidado adecuado, para pasar a llamar bosque a las plantaciones alineadas de árboles foráneos prefabricadas a capricho de un gusto estético o político, o incluso productivo. Una política de escaparate que define muy bien el profesor Guitián en un árticulo en la Voz de Galicia: “Hemos inaugurado cascadas, desecado ríos y creado grandes lagos; construimos gigantescos cráteres de pizarra, rellenamos el litoral y buscamos explotar minas de oro; ahora regalamos bosques que no lo son. Si no fuera el país donde vivo, creería que se trata de una fantasía épica ambientada en el lejano reino de la lluvia”. Visto que, ni los políticos, ni nosotros mismos, somos capaces de salvar nuestro bosque: Dios salve a nuestro bosque.

Dolores Vidal Santos

21 de Abril del 2015

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