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Luego de las palabras.

En el principio era la palabra y la palabra era Dios y desde entonces ha permanecido como uno de los misterios. La palabra era Dios y la palabra era carne se nos dice. ¿En el principio de qué exactamente se encontraba esta palabra inicial? […]

La Revolución electrónica. William Burroughs.

La primera palabra de esa criatura desbabelizante y repensada, cúmulo de las cortezas y bloques reptadores, la primera palabra de ese Dios que se alumbra a sí mismo en un parto eterno de maldades y miramientos, fue todo un gesto de teocentrismo protagonizado. Hágase, menudo detalle el comenzar todo lo conocido con semejante verbo de cortesía –cortesía imperativa, curioso acto de humildad- para luego girarse y entorcerse a sí mismo en la cámara de los mil espejos –ahora que lo único existente era él y su yo mismo aunque incorpóreo consciente de su identidad reflejado en una pregunta paradójica-.

1. En el comienzo de todo, Dios creó el cielo y la tierra. 2. La tierra no tenía entonces forma alguna; todo era un mar profundo cubierto de oscuridad, y el espíritu de Dios se movía sobre las aguas. 3. Dios dijo: “¡Haya luz!” Y hubo luz. 4. Al ver Dios que la luz era buena, la separó de la oscuridad 5. y la llamó “día”, y a la oscuridad la llamó “noche”. De este modo se completó el primer día.

Gn 1, 1-5.

William Burroughs en La Revolución electrónica (1970), se acomoda en la silla del espíritu ahora vacía para predecir la hecatombe de la palabra que con los medios virales de masas devendrá en innumerable cantidad de directrices, pongamos por caso que pudiésemos empacar en una caja de zapatos todo el lenguaje que el ser humano ha ido propagando a lo largo de la historia, plegándolo como si de una maraña de telas arrugadas se tratase, todas las palabras que he aprendido y todas la que vendrán, pongamos por caso que esta caja no fuese un diccionario ni mucho menos, en ella las palabras tendrían el mismo valor que un tapón o una galleta –tendrían en su definición su naturaleza semántica y al tiempo nos relanzarían al infinito mundo de las interpretaciones por el consumidor-; pongamos por caso que esta caja fuese lo que son todas las cajas, un objeto aterrador, imán de las ansias metalizadas del tacto actuador, objeto de lo apelmazado que al ser abierto regaría como una ventana hecha añicos -arrastrada por las manos de los cien mil dedos apoyados en los límites de las lenguas vegetantes- el suelo sembrado de pensamientos que no precisan letrinas para apoyarse. Pongamos que pudiese al auto arrastrarse cambiarlo todo y desaparecer como vino, pongamos que todo estuviese en silencio y no hubiese palabra para en efecto decir lo que allí imperaría. Ponemos por caso el mundo de la información hiperpalabrante donde el idioma es un compás píxel, donde el proceso no es directo sino una intermediación malévola y sin tope, donde mi artículo de Albert Camus te puede llevar por su anecdótica palabra probablemente empleada en tal párrafo, a la última oferta de ananás del supermercado de turno.

124203En paralelo, si no hubiésemos escrito por primera vez, si no hubiésemos empuñado la herramienta para escribir, no hubiese existido el mundo, Dios en su acto de abandono, engargantado de la vaguedad divina, suelta las palabras, pero no las suelta escritas, de aquí que no pueda evitar pensar que él nunca habló, que él nunca dijo nada. Nuestra obligación como creadores de las bóvedas electrónicas milenios después, ha de ser escribir, porque escribiendo conseguimos no convertirnos en un documento biográfico que habla de alguien que nunca habló, ¿dónde está el puño y letra de aquel que le llamó noche a la noche y día al día? Pienso que escribir como entes originadores nos convierte en los vástagos predilectos de nuestro propio primer día perpetuo. Y que sostener el utensilio, hace que venga de nosotros directamente, herramienta por donde se canaliza, como la vara mágica que dosifica lo que navega en la mente, así que lea a Burroughs entre líneas, y no pueda evitar que a lo que me rindo –lo virtual- me cause melancolía, melancolía profunda, de esa rimbombante de hace siglo y medio.

Mi teoría fundamental es que la palabra escrita fue literalmente un virus que hizo posible la palabra hablada.

Seguimos y giraremos en torno al órgano sangrante en un electrocutarse burroughsiano aquí experimentador y nigromante, del gran pez come pensamientos de la edad virtualizante donde la palabra deja de existir para dar paso a un impulso que no es ni escrito ni pensado por el escritor, sino una celeridad alienada, un ser con vida donada de tanta nada, un mensaje atrapado en su propia representación, algo que significa y al tiempo no es nada ya que ha sido gestionado por la cadena de las mil piezas de una lavadora llamada virtualidad. Duele sobremanera, que asfixiemos todavía más a las palabras, las esclavicemos, obligando que sean ellas las que se mezclen a través de un filtro ordenancista ajeno a la inteligencia que las creó o en quien se desarrollaron, si ya de por sí las lenguas no ideográficas, utilizan impunes la palabra como cúmulo de la experiencia del objeto cuando no son más que simples abstracciones que no se parecen –literalmente- en nada a su referente. El cut up final, una suerte de génesis anti-diccionario como decimos, un belicismo ortografiador que convierte las palabras en lo que al todopoderoso le hubiese gustado –meras onomatopeyas sin tiempo- hasta que el ser humano se rebeló y creó la escritura, arma de destrucción masiva, algo que no tiene nombre, que no pertenece a nadie ya que si de algo se caracteriza el léxico, es que pertenece a alguien, me pertenece y es mío, dueño de ese proceso de génesis que se alarga hasta cerrar los ojos y no volverlos a abrir.

Hablamos con Burroughs asintiendo en nuestro frente de la insistencia que es necesario romper, que consiste en la palabra como medio de control o presión. Él se da cuenta que así es, y que no hace falta traficar con armas para sembrar el caos, basta que utilices la rumorología, el embuste, la manipulación para que todo salga a tu antojo. Las palabras son un virus letal que dependiendo de cómo se mezclen pueden provocar que alguien te odie luego de dar su vida por ti. Los malentendidos son en este proceso, un arma genial donde la palabra parece que se le viene en la cara a un Burroughs impiadoso y que no deja huecos para un cierto respiro, ya que hay veces que puede tomar vida propia y ser ella la que nos cambie a nosotros no tratándose siempre de nuestra entregada servidora. Pienso en que no hay que irse al ejemplo límite de convertir la palabra en un pequeño dibujo de la misma para comunicarnos más “realmente” en boca de Burroughs. Y es que indiscriminadamente, utilizamos ismos para hacer converger nuestras apetencias, pero, ¿qué sería de nosotros sin una lengua ambigua y movediza? Que nos agarrase por las lenguas y nos convirtiese en pronunciadores absortos y tempestades.

¿Cómo superar y situarse a medio camino de una lengua de palabras donde odio guerra libro y bandeja se quedan en eso, en una acumulación de letras? No dejándonos esclavizar por ellas sino intentando que todo signifique lo que a mí me apetezca, si con ello no estoy intentando persuadir de mis opiniones a otros por supuesto; o quizá sí a condición de hacerlo muy hábilmente y que nadie lo sepa, ahí el doble juego de un escritor engatusador, un Burroughs aspirante a una lengua no abstracta en pos de una comunicación mucho más pura. Quizá con ello en esta senda, la de una guerra creada por hombres inermes que utilizan la palabra para hacer llegar lo que ellos consideran su lenguaje puro, lo mismo que un Burroughs al caso. La angustia acude a nuestra mente sin poder evitarlo, y lo anega todo, comenzamos creyendo que las palabras son lo que nos queda ya que todo lo que ocupa espacio no significa nada, no es el contenido de nuestra mente –que existimos y el de arriba no-, y terminamos sabiendo que ni las palabras valen nada porque con ellas sometemos el mundo a pequeños moldes, como si a uno de esos aparejos para conservar el hielo en el congelador nos refiriésemos. Burroughs nos induce a una depresión marítima y profundísima.

Con todo, que no sea por no intentar exprimirlas, y cortarlas y pegarlas en una labor de originar una revolución donde dejemos que las palabras -necesario reiterarlas- no mueran como una planta que ha estado siempre ahí hasta que deja de tener importancia. Cuando escribes esto o aquello en el folio, ahí queda, puedes tocarlo, es un trozo de tu pensamiento literalmente, que le digan eso al “Dios iPad”, que no habla como el otro del génesis pero tampoco escribe, sino que es capaz de hibridarlo todo hasta apropiarse de ello y que las palabras se volatilicen desposeídas, no perteneciendo a nadie cuando son de alguien, no manipulando tampoco, no extenuando a nadie, sino siendo eso, meros caracteres no humanos en algo que se ha escapado de la voluntad de las palabras de su creador. Problemáticas entre tanto, ¿nosotros respecto al Dios del hágase? Probablemente, de aquí que pensemos que si Dios nos hizo lloró y lloró, hasta que decidió quitarse de en medio presa de un bochorno tan no humano, cuando era mi intención que lo fuese, cuando salió de mis palabras, qué exhaustos crecen los árboles gusaneados de proclamas.

[…] “Él ha disparado el rayo fatal de esta terrible espada veloz.” Su rayo fatal no costaba mucho en esos días. Se ahorra mucho en el presupuesto de defensa volviendo a los mosquetes, trabucos, espadas, armaduras, lanzas, arcos y flechas, hachas de piedra y garrotes. ¿Por qué deternerse ahí? ¿Por qué no crear dientes y zarpas, colmillos con veneno, aguijones, espinas, púas, picos y ventosas y glándulas de olores pestilentes y luchas en el barro?

De esto trata esta revolución. Final del juego. ¿Nuevos juegos? No hay juegos de aquí a la eternidad.

La Revolución electrónica. William Burroughs.

Anuncio de iPad Air, ruin y nada al tiempo.

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