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El surrealismo, antes y después del Surrealismo.

Dalí y Gala, Kovatchev, 2004

Dalí y Gala, Kovatchev, 2004

“Si el sueño fuera (como dicen) una

tregua, un puro reposo de la mente,

¿por qué, si te despiertan bruscamente,

sientes que te han robado una fortuna?”

Fragmento de El sueño, Borges.

Todos hemos experimentado alguna vez, por suerte o por desgracia, sueños tan vívidos, tan realistas, que nos despertamos creyendo que esa historia, producto de nuestra mente, ha ocurrido de verdad. Y después, el desasosiego, la extraña angustia de saber que a medida que avance el segundero del reloj y pasen de largo los minutos, esas imágenes irán desdibujándose de nuestra memoria. Algo dentro de ti te hace querer preservar esa quimérica expresión del subconsciente, porque algo significará, porque cómo es posible que tu cabeza haya concebido semejante sinsentido, y sobre todo, cómo ha podido engañarse a sí misma creyendo que lo soñado era real.

Desde los inicios del arte, uno de los objetivos del hombre ha sido conseguir reproducir lo más fielmente posible la realidad, es decir, la imitación de formas conocidas, pero no solamente las que contemplamos durante la vigilia, sino también aquellas que vienen a nosotros mientras dormimos. El sueño es biológicamente necesario para descansar tanto la mente como el cuerpo, así como la imaginación constituye una vía de escape ante la realidad, ya sea en los inicios de la historia o entrado el siglo XXI, por ello, no es de extrañar que la representación de lo onírico y de la imaginación, sea algo común en cualquier cultura, y en cualquier etapa histórica.

El surrealismo ha sido, sin lugar a duda, la corriente artística que mayor interés y esfuerzo ha invertido en materializar el mundo del subconsciente, sin embargo, tanto en sus precedentes como en los artistas en los que el grupo vanguardista influyó, podemos hallar la misma voluntad de satisfacer ese instinto natural que nos lleva a querer atrapar nuestros sueños, antes de que se pierdan para siempre, lejos de estar sujetos a tratados o manifiestos de ningún tipo.

Entre sus antecedentes renacentistas encontramos dos autores que muy tempranamente decidieron dejar a un lado los tapujos y dar rienda suelta a la representación de su universo interior. Es el caso de El Bosco, en cuyos cuadros conviven los habitantes de burbujas de El Jardín de las Delicias y diminutos campesinos que usan peces como medio de transporte aéreo, con cerdos con cofia, máquinas futuristas y tétricos híbridos antropozoomorfos que patinan sobre hielo. Buscando un ejemplo italiano, son dignas de mención las perspectivas simultáneas de las ambiguas batallas-torneo de Paolo Uccello, que casi anticipan las facetas del cubismo picassiano.

El surrealismo abrió la veda para una creación sin límites en el arte contemporáneo, como vemos en la obra de muchos artistas que continuaron el legado del grupo vanguardista, en distintos ámbitos artísticos. Empezando por la literatura, podríamos mencionar a Sir Terry Pratchett (fallecido el pasado marzo), creador de la amplísima saga de libros Mundodisco, un mundo plano, desbordante de fantasía, sostenido por cuatro elefantes que a su vez, se apoyan sobre la concha de Gran A’Tuin, una la tortuga estelar, en el que se suceden una serie de situaciones surrealistas.

Representando al mismo tiempo el campo del cine y la corriente oriental del onirismo, tomamos como ejemplo al brillante ilustrador y cineasta Hayao Miyazaki, no sólo por sus personajes de tan distinta índole, como pueden ser humanos, humanoides, monstruos adorables y espíritus, que crea en parte echando mano de la tradición japonesa, y en parte haciendo uso de su desbordante imaginación, sino también por sus historias e hilos argumentales surrealistas (El Castillo Ambulante, castillo “volador” que no viaja físicamente sino que se mantiene en un limbo espacial hasta que un reloj determina el próxima destino, o El viaje de Chihiro, dónde los padres de la protagonista con convertidos en cerdos y ella tiene que trabajar en un balneario para espíritus para poder salvarlos).

En cuanto a diseño se refiere, en 2007 el Victoria & Albert Museum, en coproducción con el Guggenheim de Bilbao organizó la exposición “Cosas Surrealistas” que puso de manifiesto la influencia del surrealismo en el diseño contemporáneo.

En el ámbito de la pintura, destaca Valentín Kovatchev, artista y galerista de origen búlgaro, asentado en España desde hace más de 20 años, que recientemente está alcanzando un éxito notable, pues su obra forma parte tanto de colecciones privadas como públicas de distintas instituciones del mundo. Este artista combina la herencia del surrealismo con imágenes de inspiración renacentista, en una especie de homenaje a sus dos fuentes de aprendizaje y estilos más admirados. Sin embargo, entre su producción encontramos series enteras tituladas “Homenaje a Dalí” o a Picasso, en las que toma imágenes prácticamente calcadas de las obras de estos grandes maestros vanguardistas. Sin duda el homenaje y las referencias mutuas con una constante en la historia del arte, pero ¿dónde está el límite entre reinterpretar y copiar sistemáticamente un estilo? Si el surrealismo supone la emancipación de la imaginación y una libertad creadora total, sin filtros, ¿qué sentido tiene defenderlo apropiándose de imágenes preexistentes en pleno siglo XXI?

Creo que la continuación del surrealismo más allá de la vanguardia, tiene sentido porque se trata un estilo universal, generador por excelencia de potentísimas imágenes, que para bien o para mal, no dejan a nadie indiferente. La representación onírica, por muy personal que pueda llegar a ser la iconografía utilizada, posee un encanto fascinante, en ella reconocemos ese halo de misterio propio de los sueños, que genera en nosotros una atracción magnética difícil de explicar. Pero sobre todo, pone de manifiesto la curiosidad que tiene el ser humano por explorar un universo que todavía a día de hoy, se nos muestra incierto y salvaje, y especialmente, el deseo que todos compartimos de poder capturar nítidamente el recuerdo de nuestros sueños.

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