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El museo del paladar.

Existen todavía muchas barreras que romper en el mundo del arte. Las tres grandes artes, pintura-escultura-arquitectura, impuestas desde la Academia chirrían en esta nuestra sociedad de redes. Las nuevas propuestas luchan por hacerse un hueco un hueco en el mundo del arte y los viejos debates resurgen reclamando atención a prácticas antaño denostadas. Es el caso de la cocina, o mejor dicho, la ALTA COCINA. La crítica culinaria ha sido el eterno secundario en el mundo de la estética del arte, grandes artistas como Leonardo han dedicado tratados al arte culinario, Grimod o Savarin reflexionaron sobre ello, y el gran Ferrán Adriá fue invitado a la Documenta de Kassel de 2007 en calidad de artista.

Con tal historia a sus espaldas no deberíamos ruborizarnos al hablar de arte en la cocina, sin embargo parece que usar estos términos juntos distan mucho de normalizarse en nuestra sociedad. Quizás sea porque vemos el ingrediente como un alimento necesario para la supervivencia humana y no como un útil necesario para la obra. O puede que se deba a que en los últimos años la alta cocina se ha convertido en un sinónimo de lo pretencioso, un mundo de egos en el que los creadores parecen competir por ofrecer el plato más pequeño y científicamente absurdo para el resto de los mortales. Todas estas ideas han calado en nuestras mentes provocando una mueca de desprecio que se refleja en nuestros rostros. Ocasión que muchos han aprovechado para reivindicar la cocina de mamá.

Mondrian cake

Mondrian Cake, receta de Caitlin Freeman en Modern Art Desserts.

Con todos estos frentes abiertos en su lucha por reivindicarse como arte, una corriente que mira y admira el Eat-art de Daniel Spoerri ha aparecido como digna defensora. Es aquí donde situamos a Caitlin Freeman y su libro Modern Art Desserts. La chef pastelera del Blue Bottle Café en el Museo de Arte Moderno de San Francisco reflexiona sobre el arte contemporáneo. La artista-chef recrea grandes obras del arte contemporáneo y se deleita interpretando estas piezas en clave de sabor sin descuidar ninguno de los otros sentidos. Freeman levanta todo un imperio de los sentidos, y si no me crees, hagamos la prueba.

La imagen que acompaña estas líneas corresponde al Mondrian Cake. Contempla la imagen con atención. Parece apetitoso, ¿verdad? Estás deseando darle un bocado. Ahora imagínate sosteniendo un cuchillo para cortar el pastel. Escucha el sonido del chocolate, partiéndose. Las grietas dibujan pequeñas craqueladuras por toda la superficie. Así es como debe sonar el chocolate al partirse, te dices. Continuas hundiendo el cuchillo, el bizcocho no se resiste, es suave, esponjoso, y el cuchillo se desliza hasta separar una parte. Con tu mano sostienes tu pequeño pedacito y deslizas tu dedo por la lisa textura del chocolate, frío, duro, que contrasta con el tacto sedoso, con la caricia del bizcocho. Poco a poco lo acercas a tu boca, pero antes te paras, lo hueles. Los olores del chocolate y la vainilla inundan tu sentido del olfato y te dejas llevar. Lo muerdes ya. El crujido del chocolate contrasta con la textura sedosa del bizcocho. Ni siquiera hace falta masticar, se deshace en la boca como una explosión de sabor. Estás embriagado.

¿Qué sientes?

Acabas de vivir una experiencia que ha golpeado de lleno a todos tus sentidos. Visualmente la presentación es perfecta, es algo artístico, podría musealizarse. Perdona, ¿qué?

Cuando Ferran Adriá acudió a la Documenta de Kassel surgió precisamente ese problema: musealizar su arte culinario. Pero yo me pregunto, ¿es válido encorsetar en los mismo estándares a una obra pictórica que a una obra culinaria? ¿Acaso ambas tienen los mismos objetivos? ¿Nos sugiere de la misma forma un arte que es puramente visual que uno que apela a todo los sentidos?

Es hora de que rompamos las barreras y nos atrevamos a vivir el arte de hoy, de nuestra generación y nuestro tiempo. Y el arte de la cocina, de la alta cocina, se alza como digno paladín dispuesto a satisfacer todas nuestras demandas. Un arte que apela a todos los sentidos. Un arte que seduce y que invita a que salgamos de una vez por todas de esa posición de espectador pasivo, de ese oscurantismo de aquel que sólo contempla, pues si nos quedamos en la mera visualización del objeto, estaríamos siendo injustos con todas las posibilidades que su artista nos ofrece. Y, por supuesto, faltaríamos al fin último de la que es una obra de arte perecedera, efímera, que pide a gritos que participemos de ella hasta las últimas consecuencias… y esta es una invitación que ni siquiera Alicia pudo declinar.

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