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Mi Facebook se ha inundado.

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La aparición de las redes sociales en la vida del ser humano ha conseguido establecer un cambio en nuestra forma de relacionarnos, de comunicarnos y hasta de crear adicciones dignas de terapia. El ser un yonki de Facebook, Instagram, Twitter y demás, llega a ser un problema cuando por la privación de los mismos llegamos a sufrir algo parecido al mono. Si la heroína nos lanza a un viaje de luna de miel, a la hora de abrir nuestro perfil y encontrarnos con notificaciones, nuestro cerebro reacciona: un grupo de neuronas del encéfalo se activa para hacernos experimentar una sensación de recompensa. Es cierto, a nadie le amarga un dulce, y ahora los dulces también son cibernéticos, y el azúcar digital, al igual que el del pastel, crea adicción cuando los comentarios positivos que recibimos estimulan su uso de forma que alimentamos el ego en forma de Facebook.
Si hablamos de una sociedad contemporánea individualista, con cierta fobia al compromiso que supondría aceptar responsabilidades para con otra persona o un grupo de ellas, ésta cojea cuando nos sigue importando nuestra reputación y la consideración que el otro tiene de nosotros. Pretendemos un “contigo, pero sin ti” por pura necesidad humana de relacionarnos, algo que, como adelantábamos, ha cambiado, y las redes sociales de las que hablamos han contribuido a ello de una manera notoria poniendo a disposición la opción de mantener contacto con personas de cualquier punto del planeta de forma instantánea.
Esto debe analizarse desde dos puntos, en primer lugar una relación a distancia, por el hecho de entendernos como seres físicos, es inestable. Y es que el mantenernos al tanto de las novedades en las vidas de los cuatrocientos amigos (o más) que uno puede tener en Instagram es una tarea harta complicada, lo que nos lleva al segundo punto: precisamente el poder recoger tantos perfiles en una cuenta de cualquier red social se convierte en un mundo sin barreras, sin espacio necesario: si algo que definió a la Edad Moderna fue la implantación de fronteras y la confianza en el Estado, o Estado-nación, ahora nos encontramos en una sociedad que quiere demolerlas, dejar de ser sedentarios, propios y asentados en un territorio con su comunidad para convertirse en viajeros, arraigados a nada. El individuo deja de confiar en el Estado para confiar en sí mismo, un ser independiente, que se cree libre en un sistema predeterminado: somos libres de elegir, pero no somos libres de ser.

La verdad que hace libres a los hombres es en gran parte la verdad que los hombres prefieren no escuchar.

Zygmunt Bauman

Anhelamos la aventura, la incertidumbre de qué pasará, lo impredecible, lo espontáneo y lo nuevo que caducará fugazmente porque así lo maneja el capitalismo consumista. Queremos fluir, porque somos líquido, pertenecemos a la modernidad líquida de Bauman.
El comenzar hablando sobre redes sociales me ha traído a esta reflexión respaldada por el polaco, y es peculiar el que los estudios sociológicos en relación con las redes sociales sea, por razones obvias, tan actual y a la vez tan manido (o al menos esa es mi percepción) que se ha vuelto acuoso. Gritamos ¡Fluye! (flow, sister), porque nos gusta improvisar; y lo que ocurre es que Bauman pone en su boca de catedrático un concepto del que los negros de los años 30 de Nueva Orleans ya sabían mucho: puro Jazz.

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