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Del museo imaginario de Malraux al Project Mosul virtual

Emalraux_11topn 1947, en plena II Guerra Mundial, el novelista y político André Malraux, puso en tela de juicio la función del museo, partiendo de la idea de que esta institución desvincula a la obra de arte de su contexto original, y por lo tanto, hace que pierda su sentido, desdibujando la finalidad para la que fue creada. Para combatir esta emancipación del objeto artístico, Malraux concibe la idea premonitoria del “museo imaginario”, que consiste en realidad en un álbum de fotos personal, compuesto por reproducciones de distintas obras, siguiendo un discurso expositivo únicamente dictado por el gusto de cada uno, subjetivo y variable, mezclando distintas épocas y estéticas. La gran ventaja de este museo es que no tiene límites de ningún tipo, ni espaciales (incluso deja lugar para la musealización de obras arquitectónicas), ni temporales, ni geográficos. Sin embargo, Malraux matiza que, como con las reproducciones se pierde el “aura” de la obra, y valores como la escala, el color o el volumen de la obra son susceptibles de cambio respecto al original, esta galería nunca podría sustituir la experiencia de contemplar el objeto artístico real en el entorno/ambiente para el que originariamente fue creado.

En marzo de 2015, ante la imparable destrucción de obras consideradas patrimonio de la humanidad por parte del Estado Islámico, el debate sobre la propuesta de Malraux vuelve a estar sobre la mesa, al surgir la iniciativa de crear un museo virtual, bautizado como Project Mosul. Este proyecto tiene como finalidad la documentación y la recreación virtual de las piezas demolidas o saqueadas a partir de fotografías que tanto historiadores y arqueólogos como turistas pueden aportar altruistamente a la causa. Tomándolas como referencia, un grupo de expertos en digitalización reconstruyen las piezas en 3D, que posteriormente son publicadas en la plataforma virtual, quedando a un solo clic de cualquiera que desee verlas. Toda la información se gestiona y se comparte a través de la web, desde la que se pretende bloquear la posible venta en el mercado negro de piezas de pequeño tamaño desvalijadas en los yacimientos, y evitar que la memoria de las obras de arte creadas en la cuna de la humanidad se pierda y caiga para siempre en el olvido.

Inevitablemente se me vienen a la cabeza los conocidos como Monuments Men, cuya historia fue recientemente llevada al cine, en forma de película desapasionada e insustancial, dirigida por George Clooney. Este minúsculo grupo de conservadores, historiadores y artistas, que a diferencia de Project Mosul, contaban con un respaldo militar, fueron los encargados de recuperar las obras de arte físicas saqueadas por el ejército nazi para crear el Führer Museum una vez terminada –y vencida- la II Guerra Mundial. A años luz de la heroica hazaña de los Monuments Men, la propuesta de crowdsourcing de fotografías de las piezas destruidas en Mosul palidece, o más bien, enrojece de vergüenza.

Dejando a un lado las odiosas comparaciones (especialmente cuando las diferencias son tan abismales), no cabe duda de que Project Mosul nace cargado de buena voluntad, sin embargo, solo resulta medianamente eficaz en un plano virtual. Primero, por las limitaciones del propio planteamiento del proyecto, que invadido por el espíritu de Le Corbusier parece querer salvaguardar solamente la idea, la conservación de la imagen y de la memoria histórica, pero no el objeto físico en sí (algo que a mi modo de ver, por complicado que fuera, debería ser lo primordial). En segundo lugar, la iniciativa falla porque se enfrentan a un exceso de información, queriendo abarcar demasiado, cayendo en un “todo vale, toda ayuda es buena, aportad cualquier cosa que tengáis”, solo se consigue el efecto contrario: una plataforma desbordante de información imposible de controlar ni gestionar. Por último, Project Mosul peca además de ingenuidad, pues deposita demasiada confianza en el usuario. Si nos adentramos en la web, podemos comprobar que se trata de una especie de Wikipedia (a la que todos hemos recurrido en un caso de extrema desesperación por encontrar una información imposible, aun a sabiendas de su relativa fiabilidad) de este patrimonio desaparecido, en la que cualquier voluntario no profesional puede entrar y catalogar unas cuantas obras en sus ratos libres, lo que me parece una irresponsabilidad.

El proyecto debería ser más ambicioso a muchos niveles, pero sobre todo, debería afrontar un compromiso mayor que el que simplemente supone convertirse en una galería infinita de imágenes inabarcables, de datos inasumibles y reproducciones digitalizadas, pues no solo se pierde ese “aura” especial de la obra original a través de las fotografías, sino que la imposibilidad de rehabilitar las piezas atacadas, obliga a los restauradores a cambiar sus herramientas, a abandonar el cincel y la materia por los filtros y los píxeles.

En vista de todo lo expuesto, creo que cabría revisar el término “museo virtual”, y dejarse de una vez de medias tintas. Vivimos continuamente haciendo malabares con el patrimonio, pasamos de subestimar su valor, a, de golpe, pretender preservar y catalogar absolutamente todo, pero, ¿qué se está musealizando en el Project Mosul? No me imagino a nadie experimentando el síndrome de Stendhal frente a un monitor, y menos aún, ante una reconstrucción digital vista a través de una pantalla.

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