Fotografía/Imagen/Otros

Edita o la Fotografía tangible.

Simona Rota, Ostalgia.

 

“El segundo crepúsculo. / La noche que se ahonda en el sueño. / La purificación y el olvido. / El primer crepúsculo. / La mañana que ha sido el alba. / El día que fue la mañana. / El día numeroso que será la tarde gastada. / El segundo crepúsculo. / Ese otro hábito del tiempo, la noche. / La purificación y el olvido. / El primero crepúsculo… / El alma sigilosa y en el alba / la zozobra del griego. / ¿Qué trama es esta/ del será, del es y del fue?/ ¿Qué río es éste / por el cual corre el Ganges?/ ¿Qué río es éste cuya fuente es inconcebible?/ ¿Qué río es éste / que arrastra mitologías y espadas? / Es inútil que duerma. / Corre en el sueño, en el desierto, en un sótano. / El río me arrebata y soy ese río. / De una materia deleznable fui hecho, de misterioso tiempo. / Acaso el manantial está en mí. / Acaso de mi sombra / surgen, fatales e ilusorios, los días.”

 J.L. Borges, “Heráclito”, en Elogio de la sombra.

 “They were icons of success and progress and, therefore, complicit in political propaganda and the dynamics of legimitazation of a totalitarian ideology (…) Today they stand up like absurds giants, big dreams invalidated by the history in the decadent atmosphere that permeates the former Soviet republics, generating a physical and symbolic space on which it is easy to project myths and nostalgia”.

(Simona Rota, Ostalgia)

Encendemos el ordenador, abrimos el navegador y escribimos: tumblr, flickr o instagram. Visitamos blogs de diseños cuidados donde frutas caribeñas, colores saturados y minimalismo nos dan la bienvenida al macro-microcosmos que es el mundo del arte en Internet. Todo el mundo dibuja, todo el mundo escribe, todo el mundo es fotógrafo. Un gif de un gato, una viñeta feminista, ilustraciones intencionadamente feístas, fotografías de edificios de colores pastel armonizando de manera “nada deliberada” con el atuendo del  transeúnte… El mundo es gris en la realidad pero bello en lo virtual. Como un niño cuando enrolla una cartulina para mirar a través de ella, seleccionamos fragmentos, y, en ese diámetro de percepción encuadramos nuestra escena postmoderna para luego añadirla a esa colección de cromos y montaña de instantes, al collage vitalista – y en la mayoría de los casos frívolo- que son las redes sociales que tienen como centro la imagen.

Cuando Kasimir Malevich  instala el cuadrado negro allá por diciembre de 1915 con motivo de la última exposición futurista en la galería Nadiejda Dobichina de San Petersburgo ocupando un ángulo superior de la sala, a modo competidor del altar más ortodoxo, captamos como usurpa con su imagen ortogonal el viejo icono triangular divino; el cuadrado como la nueva imagen de la modernidad cuyo único sentido y símbolo es simplemente ser sí mismo. Cómo imaginar que el nuevo símbolo, nuestro nuevo becerro de oro, a lo que aferrarnos, lo que lo conforma todo- incluso a nosotros mismos-, la malla que lo enlaza todo, lo que nos une y separa, comenzaría con la llegada de Internet a rellenarse de retazos de vidas anónimas. Si Malevich pretendía con su cuadrado la experiencia estética pura y sin referente; nosotros hemos despojado al referente de estética y la hemos volcado en el cuadrado.

Es entonces cuando, ya descreídos, hartos del bombardeo de instantáneas, insensibilizados por la saturación de imágenes nos encontramos con una exposición como Edita: secuencia/ sentido y volvemos a amar la fotografía. Cualquiera que haya tenido la experiencia de estar en un cuarto oscuro revelando comprenderá lo que a continuación voy a exponer y es que a veces, la imagen, la fotografía en sí, es lo de menos.

El rito comienza cuando vas a una tienda de fotografía a comprar papel fotosensible y te lo llevas a casa sabiendo que ahí, en ese plano blanco, mágicamente -porque por mucho que te lo han explicado no acabas de comprender exactamente cómo pasa, problemáticas derivadas del total desconocimiento del mundo químico- aparecerán tus fotografías, tu selección encuadrada de la realidad. El hecho de que no puedas manipular el papel hasta estar en el cuarto oscuro añade interés al material y una excitación inexplicable. Lo que se nos niega apetece.

Simona Rota, "Ostalgia".

Simona Rota, Ostalgia.

Una vez realizadas las fotografías en tu cámara analógica te metes en el cuarto oscuro -la luz roja añade el toque solemne necesario, entre rito pagano y escena de nocturnidad, al caso, lo mismo-, y por fin puedes toquetear el papel fotosensible exponiéndolo a la luz del positivador, lo sumerjes en el revelador, y aparece ante ti la imagen, ese fragmento de tu día en el que tu vista se posó en algo y lo miró de otra manera.

Seguro que alguna vez, en esas tardes estivales lluviosas y de calor pegajoso – tan comunes en Galicia-, habréis pasado algunas horas ojeando álbumes familiares, donde en muchos casos, las fotos no tienen interés alguno y ni siquiera habéis conocido a los retratados. Es en ese momento cuando sufrimos una fascinación por la fotografía misma: alguna esquina doblada; los colores en muchas se han apagado, otras tienen aspecto de haber estado en alguna estantería mucho tiempo, y la luz ha cambiado los tonos del centro de la composición enmarcada por los colores todavía nítidos ocultos bajo un marco ahora ausente; ha quedado pegamento en alguna, y ahora sale entero como una tela al contacto de la uña; algunas páginas se han pegado unas a las otras y al separarlas el sonido reconforta. Así que te hundes en el sofá y coges otro álbum.

Se podría alegar que esa fascinación también la experimentamos al releer viejas cartas, ver una colección de sellos descolorida o al entrar en un anticuario y, que es fruto, no tanto de la fotografía en sí, sino del sentimiento de “cualquier tiempo pasado fue mejor” intrínseco a nuestros tiempos. Pero es que la fotografía es ese lema materializado. Como un Heráclito contemporáneo, nosotros, amedrentados a lo cambiante, hemos descubierto una  manera de capturar una vivencia sobre el papel. El río sigue fluyendo pero, nostálgicos, hemos recortado un fragmento, detenido para siempre y ahora estático nos espeta desde ese cuadrado nuestra caducidad.

Jesús Madriñán, Good Night London

Esos tiempos de fascinación por el material y por lo físico parecen extintos en un mundo donde el píxel es el nuevo soporte. Nuestros hijos no invertirán horas muertas en mirar viejas instantáneas. Y al artista, ¿qué le queda? ¿Cuáles son las líneas de acción para seguir si la fotografía -encarnación de la lucha contra el tiempo- es víctima de las modas y de lo dinámico de las nuevas tecnológicas?

En la exposición Edita: secuencia/ sentido a pesar de su contemporaneidad estética, se nos plantea un volver a esos tiempos donde se invertía en los objetos bellos. Y es que para estos artistas su obra no es una captura en concreto, sino más bien la suma de ellas en una cuidada edición de libro. La labor editorial completa así el tono de la producción del artista, ejemplificado queda en el titulo elegido por Simona Rota: Ostalgia, la errata deliberada se motiva al comprobar el resultado de una edición imperfecta perfecta, donde los errores, las tintas corridas o los vacíos casuales dan una profundidad nueva al resultado final; al mismo tiempo, alude a esas construcciones megalómanas soviéticas que reflejan una monumentalidad y grandeza que en realidad nunca tuvieron, de ahí que no sea una nostalgia completa, una Ostalgia.  Específicamente la obra de Simona Rota apabulla por la sensibilidad del trabajo realizado, el libro es una verdadera obra de arte que cualquiera -por un módico precio- puede llevarse a casa. Reivindicación del objeto y democratización del arte a partes iguales.

El montaje de la exposición completa la obra en sí misma, que subraya el carácter anecdótico de la imagen en sí –siendo escasos los ejemplos en gran formato- y fomentando el paseo y el discurrir entre paredes llenas de instantáneas –incluso dispuestas de tal manera que es imposible visionarlas todas-, material fotográfico, negativos, dibujos, diferentes estados en la edición del libro… presentando al visitante no una exposición de fotografía, sino más bien un viaje, el viaje de los artistas hacia su obra, que no es más que ese álbum de recuerdos ofrecido a los voyeurs desconocidos. Un acto de entrega altruista entre el abandono y la sublimación.

José Pedro Cortés, Sin título.

La cámara es la tijera del collage de nuestra realidad, por eso permite a los artistas volcar la mirada del extrañado extranjero en su barrio (Unidad Vecinal de Tono Mejuto) o bien, encontrar lo familiar en lo desconocido (Tokio Diaries de André Principe y Marco Martins). Y es que la fotografía quizá sea el medio artístico más sincero y autobiográfico. No hay mediación posible. No se nos cuenta lo vivido, ni se interpreta, simplemente se nos presenta. Quizá de ahí la necesidad de ese torrente de fotografías en la red y nuestra sed de vivir a través de otros. Todas esas imágenes en Internet son la manifestación de nuestra infelicidad, incapaces de vivir el momento, atemorizados de que se desvanezca entre nuestros dedos sin capturarlo o, al contrario, esas instantáneas -usualmente idílicas- nos hacen más infelices en nuestra soledad frente a la pantalla del ordenador. Puede ser que esas imágenes en realidad sean ostalgicas, escenas perfectas en realidad no tan perfectas, y que nos encontremos anhelando algo artificial e irreal.

Sin embargo, al pasar las páginas de esos libros ocurre la fascinación, el ensimismamiento y nos descubrimos acariciando el papel, pasando la mano por la imagen, en una experiencia sensorial donde ya no solo es la vista lo que entra en juego ampliando nuestro plano de percepción. El oficio y lo artesanal del proyecto trasluce honestidad y autenticidad frente a la frialdad e impersonalidad de las imágenes que nos rodean a diario. Caemos pues en el deseo irrefrenable de llevarnos ese alegato de amor al medio –la fotografía- a nuestras casas para poder manipularlo a diario y así hacernos con esa pieza de vida del artista, pasar de nuevo las tardes inmersos en experiencias que no hemos vivido.

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