Construcciones/Espacios

La nueva travesía da Virxen da Barca en busca de una arquitectura emocional

El fuegoEl fuego arrasó el santuario de la Virxen da Barca de Muxía. El pequeño pueblo marinero y Galicia entera se estremecieron con las imágenes del pavoroso incendio. El templo barroco sufrió una destrucción importante, el retablo mayor desapareció por completo, así como la sacristía y gran parte del tejado del edificio. La pérdida era importante a nivel patrimonial, pero también para los vecinos del pueblo tuvo una importante carga emocional, vinculada a una tradición y a una religiosidad firme y manifiesta. Un santuario que es el principal punto de referencia de la riqueza cultural e histórica de Muxía y centro de la Romería da Virxen da Barca, el fenómeno cultural más importante del año en el municipio y una de las fiestas de referencia en Galicia.

La capilla de la Virgen objeto de su devoción, y espacio físico para la socialización religiosa y comunitaria, se había volatilizado prácticamente delante de sus propios ojos. El estupor y la emoción dieron paso a una exaltación del fervor religioso, Galicia entera se ofrecía para restaurar el histórico templo. El poder político y el religioso también estuvieron a la altura del clamor popular, no importaba la situación de crisis económica, el templo se rehabilitaría en un espacio de tiempo mínimo.

Un templo religioso, un monumento histórico, un edificio comunitario, una difícil dicotomía que se resolvió a favor del poder sacro: la Iglesia se ocuparía finalmente de financiar la restauración. Y una vez más arquitectura y poder eclesiástico se dieron la mano para escenificar sus intereses creados, unos en hacer del arte una ideología y otros en hacer de su ideología arte. Pero quizás ambos se olvidaron del tercero en discordia: la sociedad. Con una Iglesia que realmente no está acostumbrada a bajarse de su pedestal de razón y orden, y donde los arquitectos pueden caer en la tentación de creerse artistas endiosados, ajenos a la humildad de los grandes como Álvaro Siza, que advierte: “Organizamos el espacio para que el hombre viva. Si se ignora al hombre, la arquitectura es innecesaria”.

La arquitectura debería ser entendida como un tipo de filosofía, un saber sobre el habitar que requiere de la comprensión del orden vital y de uso. Si Frank Lloyd Wright se autodefinió como un anti-intelectualista en el año 1957 fue precisamente porque entendía que la arquitectura no podía ser pura forma, tenía que ser una reflexión actual y democrática del diseño, donde además del concepto entrara en juego la identidad.

¿Cuál es entonces la distancia que separa la arquitectura de la sociedad? Los arquitectos en ocasiones se han pensado en posesión única de la arquitectura, que sumado a su histórico sometimiento, como todas las artes, al mecenazgo, ha hecho que no dieran al usuario el lugar que le corresponde y la sociedad se siente desorientada e ignorada. Arquitecturas concebidas como instrumentos de poder u ostentación de las clases dominantes, erigiéndose en sede y símbolo, utilizadas para el mantenimiento y crecimiento de dichos poderes. Un sentido del arte que en pleno siglo XXI sigue siendo elitista, sin valorar el hecho de que el santuario da Barca tiene demasiada carga emocional para intervenir con códigos del momento. Códigos que además es necesario adecuar al hecho de tratarse de un lugar sacro, donde lo espiritual o el sentimiento no permiten aplicar la mirada lineal del mundo globalizado, que pueden conducir a un no lugar[1].

Muxía condensa tiempos y sentimientos, el santuario era una densa y abigarrada suma de ambos. Un cofre lleno de objetos, testigos y símbolos de vivencias particulares que le daban su verdadera expresión. Un lugar donde no se puede actuar con valores universales, sino con sentimientos particulares y donde no se deberían aplicar soluciones funcionales. El pueblo de Muxía sintió que la administración, la iglesia y la sociedad en general tenían su misma visión del santuario como un lugar excepcional. Pero la realidad es otra, tras los primeros golpes de pecho, cada cual volvió a su particular rutina: la administración aplicó sus prioridades en función de la última encuesta de intención de votos, o adaptando sus promesas al calendario electoral; la Iglesia volvió a sentirse elevada sobre la realidad terrenal, poseedora de la verdad universal y dueños absolutos de los edificios eclesiásticos, aunque en sus sermones no se cansen de repetir que la iglesia es del pueblo y que al pueblo corresponde su sustento y mantenimiento. Y los arquitectos siguieron en su cerrazón en mostrarse conocedores de las últimas tendencias estéticas del restauro, artistas plenamente informados y capaces de estar a la altura de la arquitectura global, sin darse cuenta que los verdaderamente grandes son los capaces de valorar las cuestiones particulares.

minimalismoTodos estos factores han provocado que la devoción popular no case con el minimalismo y la nueva estética de los estudios de arquitectura actuales; ni con una Iglesia y unos políticos que siguen sin querer enterarse de que la sociedad les está demandando cambios. Y eso se dejó sentir de forma ruidosa y contundente en la recepción de las obras del santuario de la Virxe da Barca. Los feligreses quieren la vuelta al esplendor Barroco, al más puro estilo Violet le Duc. Muebles y adornos similares a los usados toda la vida y no un desangelado templo-almacén new age. Muchas son las quejas de los vecinos: las puertas, los ángeles ennegrecidos, las paredes desprovistas de elementos decorativos, el camarín de la Virgen que tachan de cajón, los asientos y la mesa del altar que parecen comprados en el Ikea. O puede que a lo mejor solo quisieran percibir una sensibilidad artística e institucional que les haga sentirse especiales, escuchados, necesarios. No mucho más de lo que los artistas le piden a la sociedad.

Lagrimas de impotenciaQuizás lo que Muxía pide entre sollozos es un sentido emocional de la arquitectura, que apele a la necesidad de idear espacios, obras y objetos que causen en el destinatario una máxima emoción, frente al funcionalismo, el esteticismo y la autoría individual. Y lejos de ser, como muchos rezongan con burlón aire de superioridad intelectual, unos desconocedores del erudito mundo de la arquitectura actual, quizás sean ellos los que estén en un plano superior, muy por encima de muchos de los que los critican, donde las premisas de la autenticidad y el sentimiento los elevan a la categoría de expertos en el arte de sentir.

[1] Augé Marc, Los no lugares: espacios de anonimato. Una antropología de la sobremodernidad, Barcelona, Gedisa, 1993.

Dolores Vidal Santos

13 de Abril del 2015

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