Artes figurativas

Entre David Lachapelle y Matthew Barney. Astracanada, identidad, fantasía e himen estético.

Clive, de muchacho, vio pronto el problema con bastante claridad. Su sincera naturaleza, su agudo sentido del bien y del mal, le habían llevado a creer que pesaba sobre él una maldición. Profundamente religioso, con un vivo deseo de alcanzar a Dios y de complacerle, viose asaltado a edad muy temprana por este otro deseo, que era claramente de Sodoma. No tenía duda alguna al respecto: sus emociones, más firmes que las de Maurice, no estaban escindidas entre lo animal y lo ideal, ni le costó años vadear el río. En él se alzaba el impulso que había destruido a la Ciudad de la Llanura. […]

E.M.Forster. Maurice.

¿Somos dueños o esclavos de nuestra identidad? ¿Se halla integrada en nosotros a modo de indeleble tatuaje, o más bien se trata de un sistema abierto e irrelevante -a modo de valla publicitaria- que habremos de dejar dilatarse sin cuidado hasta convertirnos en una prestidigitación, en una parodia? ¿Se trata de una decisión que podemos tomar, o ya ha sucedido y el gran espectáculo de masas nos habrá reducido a una mueca de nosotros mismos, a un esperpento chorreante y maravilloso de publicidad?

la-chapelle-why-panda1El culto a la vanidad, a lo frenético, a la Sodoma sexual y de la identidad. Convertirme en cliché, en etiqueta, deshumanizarme, dejar de pensar como si tuviera algún sentido creer que soy yo mismo -original, único, indivisible- tal y cómo trasiego imbuido por la cultura del desenfreno comercial, un alguien accesible, un alguien conocido: qué risa. Pensar y mirarme en el espejo de David Lachapelle como lo que me parece soy, un fantoche extraordinario y artificial, un dramaturgo teatralizado cuya obligación edificar en mi alrededor una instalación propia. La instalación del mí mismo, desempeñando el papel de mi vida todos los días hasta que me muera, relajado y abandonado en los brazos de la maldad global, burlándome de ella en la cara, tomando el testigo de su bandeja de plata, situarme justo en el centro de la gran mentira –EE.UU probablemente- flotar en medio del manifiesto “surreal hiperrealista” –pienso en las cotas irrefrenables a las que puede llegar el culto al cuerpo y la cirugía estética- perder el sentido y sobre-estimularme con imágenes de sexo absurdas y atragantarme con los cuerpos, hasta no saber quién soy, conseguir que nada signifique nada. Lo mismo un vaso de plástico que un collar que un hombre ofreciéndome sexo a cambio de dinero. Comprar todo lo que pueda permitirme y lo que no pueda también, atenerme a las consecuencias.

lachapelleAsí partimos a un abordar de David Lachapelle, enloqueciendo y apoyando su causa, dejándonos seducir o embriagar por un derroche de amoralidades que se acercan a una visión del mundo a quemarropa -cuyo fogueo en nuestros pechos abiertos causante de calvario y éxtasis a partes iguales- hablándonos de la pantomima capitalista toda ella océano amniótico donde dejarnos flotar. No preocuparnos demasiado, preocuparnos en demasía, depende de cómo nos hayamos levantado ese día, depende de qué papel deseemos interpretar y depende de cómo nos apetezca ser juzgados. Sin ideales o con ellos, intérpretes en el elenco de un Lachapelle obsesivo a mi juicio por dejarnos claro que el sexo encarnizado es el que mueve la gran maquinaria. Pero no solo el sexo, la identidad sexual que en su obra estridente subyace poderosamente, tendrá también trascendencia capital.

De aquí que merezca la pena hablar de un Lachapelle queer en el fondo, íntimo y muy en sintonía –estética y temáticamente- con artistas en la línea de la pareja francesa Pierre et Gilles que tanto siempre evocan por esos hombres indomables y obscenos, últimos avatares de la cultura gay de los setenta y ochenta, hombres convertidos en dioses kitsch manufacturados y en muchas ocasiones víctimas del quirófano o la lectura viciada de una cultura heteronormal que condiciona y alimenta el estereotipo “marica”. Estereotipo asociado a ese hombre de marcados pectorales y tintes perfectos, o incluso en los últimos tiempos, a ese jovencito contracultural devoto de sus iconos queer de décadas pasadas que jdjjdpueden fluctuar desde el pantocrátor más petardo warholiano, a Jean Genet o William S. Burroughs en la facción del gay más cultivado.

Los hombres desnudos y embadurnados de cremas, mieles y broza plástica olímpica y amanerada, son parte de la instantánea en correlato de un Lachapelle profundamente inclinado al discurso falocéntrico dado la vuelta, izando el cuerpo del nuevo hombre, un hombre mucho más viril que el macho, el hombre precisamente de Jean Genet. Un hombre queer usualmente asociado al violador, al raptor de jóvenes –dando aquí la inflexión al otro queer, al sumiso, el efebo que espera tras la esquina de un pub gay neoyorquino vestido con la última prenda de Marc Jacobs, su diseñador homosexual predilecto-. Esa nueva jerarquía reveladora de la que su musa –la transgénero Amanda Lepore- se autoproclama embajadora. Embajadora de una ciudad marica, aprovechando concomitancias con el propio Burroughs. Hombres que se mueven en esa panspermia donde las drogas, el glitter y Deborah Harry tienen tanto que decir.

ddd

Maratón de una cultura de los medios –en tartamudez con nuestras identidades ahí alojadas, ingrávidas -que no nos dejará escapar. Antes que formemos nuestra personalidad, ya habrá cincuenta empresas de publicidad que según nuestros gustos nos conviertan en uno de esos hombres de serie gay americana, o despreocupados o intelectuales, nunca del todo normales, nunca del todo creíbles pero al fin y al cabo reales, deformados pero reflejo de un mundo –el queer– con diálogos propios, con proclamas comunes, con un lenguaje muy específico y una estética identitaria de la que Lachapelle –aunque más especialmente los franceses Pierre et Gilles mentados- se valen para levantar la holografía de una cultura de la identidad, arte de identidad mitológica.

1978-1979, con apenas 15 años Lachapelle se escapa a Nueva York desde Connecticut para cumplir sus sueños como fotógrafo, comienza limpiando mesas en estudio 54, se cuenta que se vería obligado a prostituirse para solventar algún que otro apuro económico –imaginemos semejante escenario formativo de celebrities con el que se encontraría-  atendiendo en transversal y prontamente que su propósito será el de surrealizar, magnificar esos escenarios de la megalomanía Ipop al tiempo de cumplir probablemente el sueño de un Maurice posmoderno: vivir en armonía con su identidad y verterse en el espectáculo preparado por el media para él como hombre amante de los hombres. Icono y verdugo, rindiéndose con el sarcasmo del que es sin conducto partícipe. Llega a día de hoy con un lenguaje crucial e indecente, todo un Leviatán del bajo y del alto fondo, del star system y de su botarate reparto. Lachapelle toma la herencia de Warhol y la desmitifica, yendo más allá, consiguiendo dar otra vuelta de tuerca al garrote de lo mundano en los nuevos tiempos, emparentándose más directamente con la necesidad de hablar de Vogue surrealizando Vogue, tal como Vogue lo hace con el mundo.

IIEsta membrana dúctil que Lachapelle estira como lo hace el niño con el chicle, es la membrana de los opuestos que en Matthew Barney da la mano al ya ahora volcánico mundo de las asociaciones entre lo dictado por las convenciones intelectual versus estrambótiIIIco, o lascivo versus victoriano. Barney a diferencia de Lachapelle –si es que es una diferencia en todo caso- hace hablar al hueco mundo de la imagen corrupta, que son las iconografías del pasado, en beneficio de dar paso a eso que parece interesante apuntar como ruptura del himen óptico, lo abyecto esteta en un combinado explosivo entre iconoclastia, retorcimiento procesual, alegoría tras la alegoría, futurismo pluscuamperfecto. Imágenes que hablan de sí mismas, dislocadas de semejante cantidad de información conteniendo, almizcladas de ritmos sectarios, de asociaciones pavlovianas. ¿Qué tienen en común con el mundo descendente de Lachapelle? Quizá un deseo -a nuestro microscopio principal interés- por agotar la imagen hipersexualizada extremadamente sudorosa utilizando como motivo poético de crítica y oda en Cremaster –proyecto de pentalogía visual experimental-, el músculo retráctil que permite el pliegue o recogimiento de los testículos en el escroto dependiendo de la estimulación. Barney como Lachapelle, IVparece proponerse, comprometer la erección del voyeur –qué experimentamos sino al contemplar la obra de ambos artistas- jugando a hablar de la identidad, de lo masculino y lo femenino, de lo profano y lo sagrado, de lo tenebroso y lo celestial a través de imágenes que mezclen la excitación y la repulsión, una pócima que desafíe la veladura de nuestros ojos con su a la par preciosismo y creacionismo visual exangüe por revulsivo despierto.

La temática en Barney se mueve en estos derroteros, poco más podemos decir al respecto y como una pentalogía –más de cinco horas de viaje-, vale más que mil que palabras, dejémoslo en la capacidad que tengamos de aguantar esta profanación a la comodidad que las agencias de publicidad nos brindan en contenidos más amables pero igual de bizarros y eméticos. Emética y cinética entre paisajes que nos hacen sobrecogernos por lo idéntico de nuestras formas a sus ojos. Ellos nos juzgan como nosotros a ellos.

Anuncios

6 pensamientos en “Entre David Lachapelle y Matthew Barney. Astracanada, identidad, fantasía e himen estético.

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s