Pensamiento

La barbarie gestionando el arte, movimiento hacia lo absurdo.

“Me siento avergonzado de muchas obras de arte actuales”

E. Gombrich

      El auto proclamado Estado Islámico, ISIS, asentado en los territorios que formaban parte de una de las zonas claves para la historia de la civilización, rompe Lamassus a martillazos, ¿podemos ver en ello un acto poético o artístico?

Destrucción Lamassus

Destrucción Lamassus

Los nacidos en la llamada cuna de la civilización deciden destruir los vestigios de un pasado ancestral amparados en una ideología iconoclasta. Acciones de un grupo terrorista, cuyos objetivos políticos persiguen destruir para alienar, para atemorizar, para dominar, para aislar, acudiendo para ello a una política artealizada con que teatralizar su ideología. Podemos aceptar que destruyen presos de una agresividad autodestructiva, manifestación transgresora de los que se sienten marginados, manipulados o ninguneados por la sociedad, por la humanidad, por la vida; o podemos incluso apuntar directamente a la sociedad occidental y su apropiacionismo de la imagen como emblema de la mentalidad capitalista, manifestado con la destrucción del arte que consideran representación del opresor. Pero, ver en las actuaciones de un grupo radicalista y fundamentalista, que busca generar terror y caos, el más mínimo atisbo de arte en el que reconocer una inadvertida manifestación estética, significa aceptar que el arte contemporáneo, el que nos corresponde y refleja, concentra el significado y el sentido de la obra de arte en una especie de memoria sin pasado, una memoria sin objetos físicos donde triunfe la pura permanencia fantasmal de la idea; y cabe la posibilidad de que se trate también de la otra dimensión del arte contemporáneo, la vanidosa sensación de pensarse en la cumbre de la historia y con la autoridad de actuar a capricho con base en una ególatra inspiración divina.

El artista como Prometeo, como naturaleza creadora y apasionada, como el rebelde, el marginado social, el excéntrico, el loco, el que se eleva libremente por encima de las reglas y los cánones establecidos, por encima de los límites de la razón, que busca, como planteaba Joyce, “descubrir una manera de vida o de arte, en la cual tu alma pudiera expresarse a sí misma con ilimitada libertad”. Una manera de vida o de arte donde a lo que aspira el ser humano no es a la Felicidad o a la Paz, sino a  un uso pleno de todas sus facultades, aunque esto conduzca a situaciones de violencia extrema; contra sí mismo, como es el caso de distintas manifestaciones artísticas que usan el cuerpo con un total desprecio por su integridad y por su sensibilidad sensorial, y por la de los espectadores; o contra sus semejantes, siendo la acción destructiva de ISIS, vista como una acción artística, un ejemplo de esta forma de entender la creatividad. Una concepción del arte como creación y expresión libre y violenta de los instintos y las pasiones más íntimas y oscuras del ser humano. Buscando con ello una sublimación de la individualidad y de la energía creativa que lleve su voluntad creadora a pasar por encima de cualquier obstáculo externo a él. Rompiendo con los elementos racionales pero quizás también destruyéndose a sí mismo con esa exaltación del yo creativo, que llega a la creatividad a través de una carrera de atentados simbólicos dirigidos no tanto contra el arte establecido sino contra el arte mismo. Un vale todo, del que yo, tal y como dice Gombrich, también me avergüenzo.

Un arte que nos habla de la polarización que la idea de progreso crea en la historia del arte occidental, y que quizás en ella este la causa que lleve a las nuevas generaciones a una huida hacia delante que los conduce, como en una extraña espiral, hacia comportamientos arcaicos, elementales o primitivos, buscando reafirmarse aunque sea a costa de perder la capacidad de sentir, de ser humano. Yo aspiro a un progreso entendido como un modelo de crecimiento orgánico que busca la perfección, y la habilidad para encontrarla, y que se basa en la capacidad para sumar y no en un principio de exclusión. Visión que hace que llegue a sentirme intimidada, porque peligra el respeto por uno mismo al sentir que si no soy capaz de captar el arte del futuro me mostraré como retrógrada mental, o la protagonista de una nueva versión del cuento de Andersen sobre los trajes nuevos del Emperador. Pero a pesar de ello, al igual que el niño inocente del cuento, grito “a mí me duele ver destruir un Lamassu asirio”, porque sigo creyendo que el arte es aquella actividad humana que produce belleza, que representa o reproduce la realidad, que crea formas, que expresa, que produce experiencia estética, o incluso que provoca, pero que en todo caso solo tiene sentido si nos ayuda a ser mejores, no simplemente distintos.

La filosofía ¿ y eso para qué sirve?, ¿Qué estudias?, arte, ¿y eso para qué sirve?, el arte y la filosofía sirven para conocer lo que es el hombre, lo que es y ha sido el mundo, porque “uno solo es lo que recuerda que es” y el arte, forma parte de la esencia misma del hombre, que desde siempre se ha visto empujado por su propia interioridad a representar e expresar algo, ya sea lo exterior que lo rodea, o lo interior sentido. En la creatividad vemos el deseo de infinitud de un ser finito, como es el hombre, no destruyamos ese remedo de eternidad solo por hacer una cosa sólo porque existe la posibilidad de hacerla, dice Gombrich que “allá donde esta posibilidad entre en conflicto con nuestros valores, debemos estar dispuestos a decir “no” con la mayor tranquilidad”.

Dolores Vidal Santos.

7 de Abril del 2015

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