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ISIS y el martillo lúcido

Deseaba incendiar el Louvre; volver a esculpir las esculturas de Fidias del Partenón con una almádena y limpiarme el culo con la Mona Lisa.

Chuck Palahniuk. El Club de la Lucha.

El acto de destruir un lamassu con una maza es realmente un acto poético, el sueño de Marinetti, Picasso, Tzara o Apollinaire, aunque para ellos sólo fuera una rabieta de anti-academicismo. Yo mas bien querría, como Tyler Durden y su Proyecto Estragos, como Moisés al bajar del Sinaí, destruir esos ídolos vacíos sobre los que la cultura posmoderna ha construido su último estadío de civilización. En el mundo de la imagen, el mundo gobernado por el Ojo Absoluto, la civilización de la mirada: superación o hipérbole de la sociedad del espectáculo como diría Wajcman (Wajcman, Gérard. El ojo absoluto. Buenos aires : Manantial, 2011) en la que la vida ha tornado hiper-real, espectacular, más real que lo real, resulta inspirador un acto tal de iconoclastia vitalista. Reconforta ver esos ídolos matéricos, que hemos vaciado de todo contenido originario, reventar contra el suelo y volver al polvo del que provienen, en tanto en cuanto así dejan de ser objetos de consumo, productos turísticos y nos hacen despertar un poco de nuestro estupor.

Si bien las imágenes nos consumen, nos devoran, nos re-crean, al destruirlas hallamos una vuelta a la verdad oculta tras tanta apariencia, tras la estetización capitalista del mundo, una vuelta a lo esencial. Una llamada a la vida mas allá del simulacro. Una ruptura de la cadena consumista del deseo. “¡Infames habitantes-cosa del primer mundo, despierten de su sueño de bienestar, de su sociedad del jiji-jaja, y dense de bruces con la misma vida!”, parecen decir esos hombres de hirsuta barba.

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Ciertamente, la estrategia de los medios de comunicación de banalizar la muerte y el dolor en cada telediario ha creado una abominable paradoja. Nos duele más, a los espectadores occidentales, ver una escultura (potencial objeto de consumo turístico) romperse en mil pedazos que el degüello (profundamente espectacular y escenográfico, casi cinematográfico y por tanto hiper-real) de un periodista. El objeto vacuo vale más que la vida misma. He visto las redes sociales inflamarse de indignación ante la “barbarie” iconoclasta, la ignominiosa destrucción del “Patrimonio de la Humanidad” (valiente entelequia) mientras que, por cierto, abandonamos mucho del nuestro a la ruina. Ningún comentario ante los asesinatos. No es de extrañar, pues la muerte mediatizada ya no acongoja realmente, ni siquiera pese a su dramática puesta en escena.

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Quiero romper una lanza por Stockhausen. Pese al indudable horror del atentado, cuando declaró que el 9/11 fue la mayor obra de arte jamás realizada, simplemente manifestó el problema de la destrucción como Arte, de la extensión de los límites de la estética del desastre, tan popular (recordemos el éxito de las películas de cataclismos o el gusto por las explosiones y las demoliciones). Se le echaron al cuello, los neo-fascistas de lo “políticamente correcto”, por haber elevado a Arte la caída del símbolo financiero-fálico, de la nueva torre de Babel, cuando ellos mismos han sido los que, insensibles y alienados, han convertido la muerte en un espectáculo más.

El acto de destrucción de obras de arte excede la cuestión religiosa. No es únicamente una cuestión de iconoclastia. Es el golpe más duro que pueden dar a una sociedad, la occidental, obsesionada con el Arte como objeto de consumo banal, como producto de usar y tirar, de fin de semana. A unos espectadores absolutamente anestesiados contra el horror de la imagen de la muerte tan sólo los conmueve la destrucción del potencial objeto de consumo.

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Sin embargo… ¿que ocurre con los que, como yo, disfrutamos especulando con quemar la Mona Lisa ante un horrorizado público? Ya no se trata de un ataque contra el Arte burgués, como pudo serlo a principios del XX… ¿Qué significa?

¿Es posible que la experiencia estética de la destrucción de la obra de Arte nos conmueva más que la de su simple contemplación? ¿Qué oscuro deseo se esconde tras ese voluptuoso martillo que pende sobre el frígido mármol? Tal vez, si el arte ha devenido intocable, distante, museístico, destruirlo es una forma de hacerlo real, de penetrar el abismo-pantalla.

Guillermo Rodríguez Alonso.

7 de Abril de 2015

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3 pensamientos en “ISIS y el martillo lúcido

  1. Lo único que puedo pensar es que esto podría ser la Performance definitiva… Hay mensaje, hay objetivo, y es visible, y también efímera. Además, es constancia de un momento y un contexto, lo representa y ejemplifica. Un acto artístico, pero que “a los turistas no nos gusta”. ¿Por qué sí aceptamos que un hombre convierta el acto de dispararse en arte*, y no esto? El primero atenta contra la vida humana, es un ser potencialmente peligroso, desequilibrado. Éstos atentan contra el patrimonio artístico, son seres potencialmente peligrosos, desequilibrados. Entonces, me cuesta comprender qué les diferencia a los primeros de los segundos. Personalmente, esto se me entrelaza con la obra de Cecilia Giménez, la restauradora 2.0 del Ecce Homo de Borja. Eso, es una obra de arte. Demuestra la situación cultural actual y es el mayor ejemplo de la concepción que tenemos actualmente del arte, de su cuidado y pervivencia. Además, ha servido para que otras manifestaciones artísticas se desarrollen, como el proyecto de Wallpeople, en el que todos los ciudadanos de la ciudad de Barcelona pudieron colgar en un espacio público sus interpretaciones de la obra**. El arte esta vivo y se mueve, se democratiza y se libera de lo políticamente correcto, y considero que esto es algo muy positivo porque, ¿para qué si no? A partir de aquí podremos debatir hasta el infinito sobre los límites, pero nunca llegaremos a una conclusión al gusto y lógica de todos nosotros.
    ________________________________________________
    * Chris Burden: Shoot, 1971. https://www.youtube.com/watch?v=JE5u3ThYyl4
    ** Wallpeople in tribute to the Ecce Homo Gallery, 2012: http://wallpeople.org/en/index.php/gallery/wallpeople-in-tribute-to-the-ecce-homo-gallery-2012/

  2. Quemar la biblioteca nacional francesa, luego llorar luego reir y luego llorar y finalmente los nietos de mis nietos lo habrán olvidado. No nos vayamos tan lejos, que se movilice occidente y que cambie como la generación de Ginsberg en Columbia, el Louvre. Sustituyendo el pasado por artistas y poetas emergentes que se pasan la juventud escribiendo para que sus escritos aparezcan en alguna columna añeja mientras la Gioconda ocupa un templo de la cultura, violada a diario por cientos de objetivos. Destruyendo primero Veroneses varios y adornos neoclásicos., y toda esa moralla entre maravillosa y muerta la guardemos en el sótano sometida a un polvo más religioso que el polvo de la mirada mal-educada, al polvo de dejarlas descansar en paz en un lugar más digno para ellas, el de la anomia. Me acuerdo de Rimbaud, y pienso que si nos escandaliza el ejemplo que desarrollas es por la enfermedad europea que nos legitima a destruir culturas de un plumazo e ignorar que en lo que estamos convirtiendo nuestros museos, s contenedores de latrocinio y ruindad. Para completar, solidarizarnos cuando son otros los que destruyen “injustificadamente”. Son los otros siempre, nosotros jamás.

    http://www.uoc.edu/artnodes/espai/esp/art/groys1002/groys1002.html

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