Artes figurativas/Imagen

Francisco Mantecón en el MARCO. “Pasión y cálculo”.

seleccion mantecon marco

El MARCO presenta la obra de uno de los importantes artistas de vanguardia gallega, Francisco Mantecón (Vigo, 1948-2001). Bajo el título de “Pasión y cálculo”, el museo recupera la obra del fallecido artista sin que ésta haya perdido un ápice de su frescura. En la planta baja del museo se desarrolla todo un discurso de formas depuradas, herederas del post-minimal y el arte conceptual, donde el objeto de interés artístico es la forma geométrica y las variaciones que el artista hace de la figura. Utilizando diversas técnicas (óleo, grafito, lápices de colores) y con el papel como soporte fetiche, Mantecón logra desprenderse del marco de las dos dimensiones y traspasar la frontera de la tercera dimensión.

Nacido en el seno de una familia culta, amante de los libros y del arte, Francisco Mantecón mostró desde muy temprana edad su vocación artístico-pictórica. Entre 1972 y 1976 estudia Bellas Artes en Barcelona, pensionado por la Diputación de Pontevedra, donde entra en contacto con los diferentes movimientos del arte de vanguardia. Durante la década de los setenta comienza a practicar el diseño gráfico que, unido a la influencia de la vanguardia de abstracción geométrica, acentúa las estructuras analíticas, planas, con modulaciones de luces sutiles, fondos negros y líneas paralelas que serán las señas de identidad de su obra, una obra que casi siempre usa el papel como soporte y el gran formato. A finales de la década vuelve a Vigo y entra en contacto con el grupo Atlántica, con los que participará en diversas exposiciones.

Una propuesta muy interesante la de “Pasión y cálculo” en la medida que recupera la obra de uno de los más grandes artistas de la vanguardia artística gallega. El MARCO rinde homenaje a un artista local que se expresó en un lenguaje distinto al de sus contemporáneos; mientras que el grupo Atlántica elegía un lenguaje expresionista, Mantecón se decantó por las formas puras de la abstracción geométrica, digno pupilo de los maestros del post-minimal y del arte conceptual. Con esta premisa geométrica por bandera, desarrolla un lenguaje que el museo ha sabido aprovechar en el espacio concedido a la exposición. La planta baja es el escenario perfecto para la obra de este artista, un espacio amplio, diáfano, luminoso, pero también frío. Las aristas cortantes de la sala, la uniformidad del color de sus paredes, esa geometría arquitectónica perfecta que rivaliza con la pureza de las formas de la obra de Mantecón.

Las sutiles variaciones que Mantecón introduce en las obras (los colores se entremezclan, las líneas de color cambian su dirección) apuntan a un juego visual ya no sólo con el espectador, sino con el espacio mismo en el que se encuentran. No nos engañemos, la obra de Mantecón es muy ambiciosa y el comisariado (Ángel Cerviño y Alberto González-Alegre) de esta exposición ha sabido como jugar con esa virtud al situar su obra en un espacio amplio, diáfano, luminoso, en el que permite que las obras dialoguen entre sí a la par que satisface las demandas del conjunto de obras en relación con el espacio, ofreciendo así al espectador un paisaje de formas y colores que bailan bajo un mismo techo. La sensación para el espectador no es otra que la de encontrarse en mitad de una danza que recoge las virtudes de los sabios constructivistas y suprematistas y los conjuga con el fenómeno post-minimal en esa explosión de colores sobre un fondo blanco. La sencillez de la propuesta recuerda a ese tan archiconocido lema “menos es más”, pues ese menos esconde algo muy grande, la sugestión que provoca en el espectador esa interacción entre colores, la mínima variación de las líneas, ese momento en que color y/o línea se diluyen.

Ese caos que se forma en la retina tiene como resultado la sugestión de un nuevo espacio en la obra, Mantecón simula un espacio en tres dimensiones cuando en realidad está trabajando sobre dos dimensiones. Más que eso, traspasa la frontera del papel y coloniza el espacio del espectador al concebir las obras como un todo (buen trabajo del comisariado) con un espacio expositivo que se convierte en escenario teatral de esa danza geométrica. Danza que se acentúa aún más si cabe con las leves modulaciones en las obras y la iluminación del espacio expositivo. El efecto de movimiento, de diálogo entre las obras y de escenografía se intensifica. Al final, al espectador no le queda otra que rendirse a esa bacanal de formas geométricas que golpean nuestro campo de visión sin otro objetivo que el disfrute estético de la forma pura que tanto gustaba a Kasimir Malevich.

En definitiva, una exposición muy recomendable, muy bien comisariada, que cumple con el objetivo del goce estético de la forma geométrica y da un paso más allá al construir todo un entorno en el que el paseo del espectador se convierte en toda una experiencia visual y espacial.

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