Filosofía

ELOGIO DEL AMOR. ALAIN BADIOU

 

El amor está amenazado y, por ello, como decía Rimbaud, “hay que reinventar el amor”.

Esta es la sentencia con la que el filósofo francés Alain Badiou comienza a reflexionar sobre el amor,  gracias a las preguntas del periodista del diario Le Monde, Nicolas Truong. Ciertamente, este libro es una conversación de la que Truong intenta extraer y clarificar la concepción que Badiou tiene del amor, y esto queda claro desde el principio: el amor es una construcción duradera en la que dejan de primar los intereses de Uno para que mande la “verdad del Dos”.  El mundo examinado desde la diferencia y no de la propia identidad, el mundo experimentado a partir de dos y no de uno, eso es el amor para Badiou.

Esa construcción duradera comienza con una disyunción, una diferencia, con un Dos. Y en el momento en el se produce el encuentro entre dos diferencias surge un acontecimiento, a partir del cual, el amor puede ponerse en marcha mediante la experiencia de conocimiento del mundo, es decir, mediante la construcción de una vida a partir de la diferencia, que es lo que Badiou llama la “escena del Dos”.

Pero en la actualidad, este amor que pregona Badiou estaría seriamente amenazado por tres concepciones del amor que no lo pueden llevar más a una absoluta destrucción.

En primer lugar, Badiou rechaza lo que él denomina concepción romántica del amor pues, este pensamiento, consume el amor en el encuentro. Según esta concepción, el amor muere en la relación sexual,  por ser ese momento de exterioridad mágica que nada tiene que ver con el Dos sino con la satisfacción individual del Uno. Y, en mi opinión, esta es una idea muy arraigada en la sociedad actual,  sobre todo refiriéndonos a la gente joven, que quieren ver el amor como una forma más de disfrute. Pero realmente, aunque parezca una postura salvaje, instintiva, una opción de libertad, no es más que restarle importancia al propio amor para que éste no nos haga sufrir. Si solo buscamos el sexo y nada más, si nos damos la vuelta ante el primer obstáculo o compromiso, simplemente no asumimos riesgos en beneficio de nuestra propia seguridad y bienestar, por nuestra tranquilidad, por el Uno. No hay “escena del Dos”.

Y algo similar pasa con la segunda de las concepciones del amor que Badiou critica: la concepción comercial o jurídica. Cuando Badiou dice que el amor es duración no se refiere a que el amor sea por siempre y para siempre, sino que debe darse en el tiempo como construcción duradera de la vida del Dos. Pero sigue habiendo una idea estereotipada de que la consumación del amor es casarse y tener hijos, que viene fomentada por la publicidad y los mecanismos de consumo de la sociedad actual. Igual que hay seguros de coche a todo riesgo, parece que el amor también es un bien a asegurar. Así, hemos visto como van surgiendo páginas de contactos como Meetic o e-Darling, que proporcionan todo tipo de datos sobre las personas que puedes conocer y, además, en algunas de ellas incluso te proporcionan un entrenador que te guía para saber cómo abordar el encuentro con esa persona ideal. Es como si te gritasen que puedes estar enamorado sin sufrir ningún riesgo, porque el amor es un bien más, y ellos van a venderte el más adecuado para ti.  La publicidad, las películas comerciales y los medios de comunicación  nos venden la idea de buen amor, del amor sin sufrimiento, del amor sin riesgo. A este respecto, Badiou pone el ejemplo del eslogan del ejército americano de una “guerra con cero muertos”. Por todas partes se señala que todo se hace por nuestra seguridad y bienestar y, en el fondo, ahí tenemos a los enemigos del amor: la fiabilidad del contrato asegurador y el disfrute de satisfacciones limitadas.

Pero Badiou aun hace una tercera crítica y se la dedica a la concepción escéptica que solo ve el amor como una ilusión a la que se aspira pero que jamás se va a ver satisfecha. Esta concepción, para Badiou, sería heredera de la tradición pesimista de los moralistas franceses, que solo ven el amor como el aspecto ornamental por donde pasa la realidad del sexo. El amor es el adorno del deseo,  Y aquí volveríamos a estar en el terreno de la seguridad, porque consiste en decir: “Oiga, si usted tiene deseos sexuales, llévelos a cabo, pero no necesita hacerse ilusiones con la idea de que hay que amar a alguien. Deje todo eso y láncese”. Y quizá sea en este punto donde, una humilde servidora, más puede diferir con Badiou o, más bien, donde puntualizaría.

Todos conocemos la fuerza y la insistencia del impulso sexual y creo que el amor inscribe en su devenir la realización de este deseo, como prueba material  absolutamente unida al cuerpo de que el amor es más que una declaración y una construcción duradera en el tiempo. Porque, sin el sexo, sin el deseo, ¿qué diferenciaría el amor fraternal de la amistad del amor de pareja? Y pienso, sin duda, que hay una distinción entre esos sentimientos y que reside precisamente en el abandono del cuerpo, en quitarse la ropa, en estar desnudo para el otro, pues la amistad carece de resonancia en el goce del cuerpo.

En definitiva, todos construimos nuestras vidas con otros, todos amamos a alguien en algún momento y en muchas ocasiones perdemos ese amor. Y esa pérdida causa confusión, dolor e inseguridades, sentimientos que tratamos de superar,  pero parece que los propios paliativos para las heridas de amor las que están amenazando esa experiencia del Dos.  La construcción implica riesgos y presenta dificultades, pero, como diría Badiou, ¿qué es el amor sino una aventura obstinada?

elogio del amor portada

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