Fotografía

Tensei Araki- Entre estambres y vaginas nacen viajes sentimentales

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“…aunque la actividad erótica sea antes que nada una exuberancia de la vida, el objeto de esta búsqueda psicológica (…) no es extraño a la muerte misma”.

George Bataille  El erotismo ensayos 1944-1961

La controvertida figura de Nobuyoshi Araki no carente de polémicas, sus jugueteos con la industria del porno así como sus exploraciones vitales con la cámara le han valido miles de disputas. Sin embargo, el peso de sus detractores no es igual a quienes admiran su obra (poniéndonos mediáticos: la celestial Björk o hasta Lady Gaga, suspirando por incluirse en la nueva moda de ser inmortalizada bajo prácticas de sumisión ). Del mismo modo, su trabajo es también muy respetado en Japón y está presente en numerosas galerías y museos repartidos por todo el mundo como la Tate londinense o el Museo de arte moderno de San Francisco. Ámsterdam rinde tributo a su personalidad y trabajo en la retrospectiva ARAKI Ojo Shashu- Photography for the Afterlife: Alluring Hell.

Ante la cuestión tantas veces planteada sobre qué difiere de la visión meramente pornográfica hacia el desnudo remodelado, seductor, cultural y atemporal  Nobuyoshi Araki, maestro japonés de la dualidad entre el Eros y el Thanatos, conjuga la visión del cuerpo como máscara, fragmento donde imprimir la belleza femenina sustancial, la huella de la del tiempo, el aire sagrado de la carne hacia la danza del despojo de lo íntimo, la metáfora protectora frente a la fragilidad de lo quebradizo. Sus imágenes tienen una delicadeza sobrenatural, captando de forma única la generalmente intensa mirada de mujeres cubiertas de avatares de plástico que corretean por sus pieles. A menudo se presentan sometidas al kimbaku o shibari, el arte de la atadura erótica, ingrediente básico de la cultura fetichista japonesa. Araki secuestra el cuerpo en una poesía de cuerdas efímeras, sensibles, erógenas.

Ahí empieza mi propia historia de amor por Araki, un “salvador” de los bajos instintos sublimados frente a la miopía del decoro que rechaza su belleza. Fotografía lo que ama, lo que vive, lo que copula, lo que siente. Las ataduras de Araki exentas de violencia  muestran a la mujer bajo una luz diferente de tierna vulnerabilidad, las subrayan, enseñan otro aspecto de la sexualidad y de las relaciones entre sufrimiento, erotismo y éxtasis. La obra de Araki transciende hacia una idílica belleza bajo los estereotipos del ambiente tokiota: la lírica de la geisha, la colegiala, la ama de casa, etc. La relación de este autor con el sexo y su visión de él como origen y verdadero tema de la vida es extremo, a menudo presentando al eros en las flores, cuyos pétalos y estambres se tornan en genitales, a la vez expuestos a un mortuorio marchitamiento, un paso vital hacia el tánathos, sacro, telúrico :“Las flores huelen a muerte. Me siento atraído por ellas porque se marchitan, y me invade una sensación erótica al verlas decaer”. Si el sexo estuvo en su fotografía desde el principio, la muerte toma el primer plano en 1990 tras el fallecimiento de su mujer, Yoko, a la cual le dedica un impresionante álbum de amor y nostalgia, evocación de la fugacidad y del deseo de impresión eterna.

En Tokyo Nude (1989), por ejemplo, ilustra este fuerte deseo sexual relacionado con la urbe mostrándonos mediante una deliciosa yuxtaposición de desnudos femeninos y tomas de edificios o cableados su visión propia del cosmos. En Tokyo Lucky Hole (1990), el hedonismo de la Sodoma tokiota del barrio rojo de Shinjuku. La vida de Araki es un tema impreso en su obra, plasmando desde principio a fin en instantáneas sinceras, no exentas de una carga nostálgica importante. En  Shojo sekai (1984) recupera el animismo del Japón tradicional que podemos observar en el ukiyo-e y los shunga.  Estas “imágenes de primavera”, recuerdan perfectamente a la concepción dual del erotismo prohibitivo entre Japón y occidente, dos lenguajes irremediablemente distintos. Popularizados en la década de 1600, los shunga eran concebidos como un género artístico de madera, coleccionables de la élite social que representaba la utopía del estilo de vida nipón, los amoríos de los samuráis con jóvenes edokkos. Fueron prohibidos en 1722 y una vez más en la década de 1840 momento en el que Japón, previamente aislada del resto del mundo, había abierto sus fronteras a los viajeros extranjeros la mayoría de los cuales fueron sorprendidos por la prevalencia pública de tales imágenes explícitas. La moral de la cultura victoriana había invadido a la moral nipona, poniéndose fin a la más importante escuela de arte erótico de todos los tiempos.

Japón pareció convertirse en una víctima más de occidente, cultura superviviente entre la radical aceptación de la posmodernidad -sangre de perro y amnesia-  y el mundo tradicional, a veces interpretado por el extranjero como un delicioso pastel de fetichismo y espiritualidad aislada. El Japón erótico, sintoísta, ha encontrado lo carnal explícito como una permanente dentro de su tradición sin haber nunca visto el sexo como algo tabú, cosa que sí ha ocurrido en occidente. No es de extrañar, por tanto, que los extranjeros que entraron en contacto con Japón se escandalizaran ante la permisiva actitud nipona.

Me resulta inevitable asociar todo este discurso a la película de Nagisa Oshima The realm of the senses que escandalizó a occidente en su momento, la cual por definirla con pocas palabras trasciende de la mera exhibición pornográfica para representar la sensualidad y la locura de la relación carnal, la dominante y el dominado, la visión hedonista de esa búsqueda del placer máximo como objetivo o razón del ser vital. La voluptuosidad sadiana se libera dentro de este paradigma. El deseo del libertino, luego de traspasar la frontera de la naturaleza-representación y de penetrar en lo natural como flujos de fuerzas, como un intenso fuego.

¿Dónde está ese límite claro entre la dimensión erótica como cultivo de la sexualidad, el deseo humano, sus avatares y su degradación hacia el más puro instinto? Comprendo perfectamente que hablar de una cultura como la japonesa, irremediablemente diferente, occidentalmente sexista en muchos aspectos, hagan emerger conflictos culturales latentes. Aun así me autoproclamo irremediable defensora de su espíritu propio hacia lo estético, su envidiable comodidad frente al estereotipo prácticamente cultual, su “esencia” inexplicablemente cautivadora frente a toda esa barata demagogia de moralistas contemporáneos. Occidente vive la herida de la carne desde un constante y estigmatizado rechazo. Japón la visita, la sublima, porque el cuerpo es razón de ser vital, como la muerte. Araki ha sido capaz de proponerse y cumplir un discurso del eros demasiado puro, natural, espontáneo y sentimental como para pasar desapercibido. Estas imágenes dicen  algo más, hablan de una vida inmortalizada, libre, desvirgada, una sensación petrificada, una erección, un cuerpo en comunión con lo atemporal. La descripción revalorizada del placer carnal, la sensualidad, el cultivo de la concordia, la pureza y la belleza han sido constantes dentro de la cultura oriental. Al contrario que en Occidente, no existe apenas arte japonés cuyo fin vaya más allá del imperio de los sentidos.

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