Música

Quiero ser como Lennon.

Traigo a la palestra a un grupo nacional compuesto íntegramente por mujeres, Hinds. Anteriormente Deers, hasta que el conjunto canadiense The Dears enviase a su abogado para darles el aviso de la confusión que producía el nombre anterior de la banda.

El hecho de que una banda del otro lado del charco se moleste e interese en el nombre de una novel, que, casualmente, es fonéticamente parecido al suyo, o simplemente que sepa de su existencia, nos da una pista sobre la proyección que está alcanzando la agrupación madrileña. Recientemente han estado de gira por Europa y América, conceden entrevistas para medios como la revista Vogue, o la Rolling Stones (¡Quién te lo iba a decir, Mick Jagger!). Con esta guisa nos podemos hacer una idea de lo que prometen alcanzar, si es que con lo que ya han conseguido no es suficiente.
Hablamos de un grupo con una biografía muy corta, pero con un representante con una lista de contactos muy larga. Su éxito –dicen- comenzó en el año 2014 por subir una demo de cuatro temas, y a partir de entonces llovieron ofertas de varios medios. Califican su estilo como pop garajero, indie, rock. Hay una tendencia muy actual hacia lo indefinido: nos piden que coloquemos una etiqueta, y cuando no sabemos exactamente cuál nos calificaría de mejor manera, comenzamos a balbucear un montón de corrientes para que el interlocutor pueda imaginar cuál es el sonido que se ofrece. Lo curioso es que, a menudo, cuando una banda toca pop, pero usa distorsión en las guitarras, pedales de efectos (delay, chorus, etc) aplicados también a la voz, entonces nos permitimos vocalizar lo siguiente: “rock” e, incluso, “psicodelia”. Desde aquí me gustaría transmitir lo siguiente: no hay nada malo en el pop. Algunos hablan de la belleza de lo sencillo, huyen del horror vacui, existe –de verdad-un gusto por los sonidos vacuos de lo cotidiano: del desamor dicho tal cual; de la vecina que te gusta; de lo molesta que se vuelve la madre de uno cuando le lleva la contraria; y de cuando al salir a la ventana se contempla la lluvia y parece dictarnos una letra de una canción que dice nada. Puestos en el caso, sed honestos, reconoced lo que realmente transmitís y dejad la etiqueta que no os corresponde.

Esto ocurre por algo, y es que el rock –pese a que digan que nunca lo hace- ha muerto. Si rebuscamos un poco en la Historia y nos detenemos en los años 50 en Norteamérica, nos encontramos con una generación hastiada de la postguerra, ansiosa por nuevos ídolos a los que imitar ayudados por un auge económico, lo que les da cierta independencia a todos los niveles: sexual, paterna y la que la posesión de dinero ofrece (y de la mano la cultura de masas industrializada de la que tanto habla Adorno). De ese ambiente nace una rebeldía, los Angry Young Men que se extendería por hechos como la guerra de Vietnam; la primavera del 68; Monterrey Pop con Hendrix en un escenario en llamas; Woodstock, y un montón de herramientas que el sistema (capitalista, por supuesto) utilizaría para mantener los cerebros de la juventud cabreada a remojo en ácido.

Mi modo de trabajar espontáneo procede, en cierta medida, del rock. Me gusta pensar que tiene algo de rebeldía, y todo buen rock es rebelde.
Julien Tempel

A grandes rasgos se puede decir algo: aquella sociedad tenía una excusa para ser rebelde. La pregunta que nos lanzamos es la siguiente ¿cuál es la nuestra? Es evidente lo asolado que está el país por la crisis, pero nos falta espíritu y estilo. Afirmo lo anterior porque hay una diferencia crucial: nuestros antepasados más inmediatos (salvo excepciones, que seguro que las hay), no nos han traído hasta aquí los coletazos de una guerra, o lo que es peor, una postguerra. En términos generales no sabemos lo que es el hambre, no nos han tocado el instinto hasta volvernos hidras aun a riesgo de caer en las trampas que un sistema pudiese tendernos. Hemos experimentado una especie de linealidad a todos los niveles que nos hace amontonar tendencias unas encima de otras, incluso rescatándolas, sin aportar nada nuevo. El rock está muerto, pero tratamos de reanimar un cadáver podrido del arrastre.
Os preguntaréis ¿por qué la introducción sobre Hinds? Sencillo: creo que cumplen a la perfección su misión de reanimar lo que ya debería de estar enterrado. Vivimos en un mundo de varias corrientes, pero, bien por la masa, o bien por lo que la industria dicta a la masa (¿qué fue antes, el huevo o la gallina? Adorno creería que la segunda opción sobre la masa es la correcta), hay una que impera sobre las demás, como un virus que se extiende y se contagia de tumor a suspiro, que diría Bunbury. Está en auge la formación denominada girl band. Puede que, parte de su éxito, se deba a lo poco habitual que se le hace al público ver a una agrupación formada al completo por féminas, como una especie de atracción por lo “poco visto”, como si se tratase de algo exótico por lo que uno siente curiosidad (el problema vendrá cuando, de tanto usarlo, deje de ser “raro” y por tanto atractivo: se nos gasta el amor de tanto usarlo). Y lo que es todavía más curioso: mujeres tocando “rock”. Entra en juego un aliciente: la imagen del ángel-demonio que parece dar resultado de cara al consumo: muchachas dulces gritando (como si estuviesen reivindicando algo) y bebiendo cerveza. Vaya, todas unas rude
grrrls. Hins, o Deers, en todo caso venados, es exactamente la imagen que transmiten. Esta venta de diablesas que al terminar de dar un concierto piden mercromina para las heridas infringidas por el roce de las baquetas (algo verídico sin importancia, pero que me da mucho juego para lo que pretendo explicar), no beneficia en absoluto a la naturalidad con la que se pretende tomar la situación en la que una mujer desempeñe una labor que, la mayoría de las veces, es ejecutada por un hombre. Hay algo claro: Hinds no tiene la culpa. Son jóvenes, por el momento afortunadas de disfrutar de numerosas oportunidades para demostrar lo que hacen. La culpa es de quien las compra. Pongámonos en su piel: viajan (porque te han pedido que lo hagas y de manera remunerada), firman autógrafos, se fotografían con fans, ese fenómeno del que tanto saben los Beatles y viven esa especie de utopía juvenil del desenfreno, ajetreo por ser reclamadas. Se puede evidenciar con una afirmación de la propia banda “Es el cambio de vida, antes éramos estudiantes, gente normal y ahora estamos constantemente cogiendo aviones. Se te olvida que has hecho hace una semana o en qué mundo vives”; que recuerda , o nos transporta directamente a la respuesta de John Lennon a la pregunta sobre una gira que habían dado por Suecia sobre el año 64 “Estocolmo es un hotel, dos sándwiches y el teatro donde actuamos”. Es un sueño: es perfecto. Pero también somos cuatro jóvenes que no sabemos manejar nuestros instrumentos, pero no importa: somos mujeres y para serlo no lo hacemos tan mal.
Sin embargo, hay una luz en el horizonte, que surge de muy poco tímidas rabias. Comenzaré por ejemplos más cercanos en cuanto a geografía y fama. Bala, dúo gallego formado por Anxela y V, con una biografía también muy corta, pero con una fuerza despampanante. Escucharlas es como ver una estampida de rinocerontes, verlas es como si los rinocerontes pasasen sobre ti. Su estilo es indefinido, aunque por necesidad inexplicable, se les define como una línea entre el stoner y el grunge. Etiqueta aparte, lo que nos concierne es el hecho de indefinir su sexo y su género al expandir su show. Simplemente son rabia hasta en las baladas, unas composiciones que todos asociamos con tonos melancólicos apaciguados. En lugar de saber a snack caducado en los años 70, consiguen rematar con lo anterior sin dejar de rendirle su debido respeto. Escribo esto en forma de elogio y agradecida por haber seguido la senda de la renuncia al género en la música para mostrar el talento sin demostrar ser mujer, o lo que a veces se entiende como “mujer”.
No son las únicas: Brody Dalle, antes de haberse convertido en un producto enlatado con un neón sobre la cabeza que dice “soy mujer, soy objeto de deseo: préstame atención”, se dedicaba a cantar en Distillers con una furia drogada si no con su circunstancia cultural, con la personal. Anika Nilles, una especie de replicante- con su respectivo desarrollo de sentimientos- tocando la batería: comedida, una ejecución sumamente cuidada que no deja lugar para jugar a ser teenagers. Alisson Mosshart, un ente asexuado que deja al oyente exhausto con la intensidad de los patrones rítmicos y su voz entre cansada y sensual: como harta de latir.
No pretendo convertir el final de este artículo en un top ten de músicas que por el cincuenta por ciento de las probabilidades resultaron ser mujeres. De este modo, en definitiva, este mercado cárnico de estudiantes el día de la primavera, en cuerpo de colegialas rebeldes no hace sino crear una contaminación acústica, amén del abandono de la dignidad en la gasolinera.
De todos modos, se dice que cualquier publicidad, por mala que sea, es buena (permitidme que lo dude). En tal caso, de nada, ciervas.

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