Diseño de interior/Espacios

Sobre lo velado

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“…esa claridad tenue, hecha de luz exterior y de apariencia incierta, atrapada en la superficie de las paredes de color crepuscular y que conserva apenas un último resto de vida. Para nosotros, esa claridad sobre una pared, o más bien esa penumbra, vale por todos los adornos del mundo y su visión no nos cansa jamás. (…)”[1]

 

Si en occidente cae el sol, los artistas han sabido recogerlo y usar su luz con fines expresivos y plásticos. Pensemos en un patio mozárabe, lugar edénico, donde se contrasta la vegetación y las paredes blancas, los azulejos y mosaicos brillan bajo el sol, se escucha una fuente y hace calor. Calor que favorece un estado de ensoñación y sumerge al visitante en un bochorno perceptivo plúmbeo, quizá Stendhal no buscaba refrescarse en las antiguas iglesias en sus Paseos por Roma, sino que, al abrazo de estos edificios románicos, macizos y oscuros, encontraba ahí un descanso sensitivo, apagar la bombilla de la percepción para luego zambullirse de nuevo en ruinas, cúpulas, piedades, columnatas y éxtasis.

 Atenas, germen de Europa, brillaba bajo el sol justiciero, y sus pórticos en mármoles de una blancura cegadora, contrastaban alegremente con las esculturas policromadas de dioses y figuras mitológicas encarnaciones de la vida y la muerte, el amor y la venganza, la sabiduría y lo orgiástico, lo apolíneo y lo dionisiaco, la luz y la oscuridad.

 Una María Antonieta se contemplaba en la Galería de los Espejos de Versalles, y su imagen se refractaba en millones, reflejándose en cristales, cubiertos, frascos, joyas, lámparas de araña…El polvo suspendido en el aire que convierte los rayos solares en algo corpóreo completa la fantasmal escena, escena que bien podría ser encapsulada en una bola de nieve, que no es nieve, son polvos de maquillaje de color blanco.

 Podríamos llenar páginas y páginas ejemplificando nuestro amor a la luz, imágenes que forman parte de nuestra historia y están guardadas en nuestro subconsciente como algo atávico, como el culto solar en Stonehenge: la cúpula de Santa Sofía, la modelación del claroscuro en Borromini, una gasa de Degas, un puente sobre el estanque de Monet, una piscina de Hockney, Brigitte Bardot desnuda en el mediterráneo en el Desprecio, un edificio de Alvaro Siza, un neón de Dan Flavin.

 Lo opuesto nos lo encontramos en el mundo oriental, su estética está hecha palabras en el ensayo El Elogio de la Sombra de Junichirõ Tanizaki, donde expone la capacidad del pueblo japonés de hacer de un defecto virtud, de la sombra belleza. La problemática surge cuando el escritor decide construirse una casa que conjugue la refinada estética japonesa con la funcionalidad occidental. El tipo de construcción que desea Tanizaki tiene que ver con los pabellones de té y la ensoñación que produce su penumbra, su austeridad y calidad de materiales. Sin embargo, la vida moderna exige luz eléctrica, cableado, alicatado en baños, calefacción…es decir, toda una serie de elementos “anti-estéticos” que desentonan en la casa tradicional japonesa (y que en el siglo XX, se elevarán a la categoría de recurso plástico con la arquitectura brutalista y High Tech) . Y es que la casa nipona ha de ser un templo. Los japoneses hacen de la expresión “construir la casa por el tejado” literalidad; y, en ese espacio sombrío bajo aleros, donde se crea un terreno sumido en la oscuridad, se construyen muros y paredes de papel que mitigan la luz. Estancia tras estancia, llega con menor intensidad a través de los shõji [2]hasta el toko no ma[3], la quinta esencia del gusto por lo velado, donde los contornos se desdibujan y se favorece a la abstracción.

 En palabras del propio escritor:

 “ (…) al contemplar las tinieblas ocultas tras la viga superior, en torno a un jarrón de flores, bajo un anaquel, y aun sabiendo que sólo son sombras insignificantes, experimentamos el sentimiento de que el aire en esos lugares encierra una espesura de silencio, que en esa oscuridad reina una serenidad eternamente inalterable (…). “[4]

 Partiendo de este lugar, la casa japonesa -cubículo de sombra y misterio-, comprendemos el resto de sus manifestaciones artísticas y estéticas: el gusto por el oro, que si bien, a primera vista puede resultar chillón y excesivo, adquiere en la atmósfera indefinida de estos espacios una nueva profundidad y nuevos matices, así como las lacas que emplean en su menaje, los colores de su vestimenta, la profundidad de su comida… Tanizaki llega incluso a hablar de la fisonomía japonesa, alegando que ninguna muchacha nipona tendrá la piel tan clara como una occidental, pues siempre tendrá un tono como de luz velada, en comparación con lo níveo de una chica caucásica.

 Es un universo sensorial y de introspección, donde la limpieza, lo sobrio, la ensoñación produce una “alucinación por lo normal”, y al leer a Tanizaki casi uno puede oír un botón abrochándose en un kimono, el agua para el té hirviendo, el viento acariciando un shõji y demás asociaciones sensoriales al más puro estilo del cine giallo.  Por otra parte, la asimilación de costumbres occidentales, la intromisión de rascacielos, neones, turistas, la sociedad del espectáculo, la postmodernidad… Han hecho que ese universo se frivolice bajo los focos de la descontextualización.

 Se pregunta el ensayista qué habría pasado si Japón no hubiese tenido nunca un contacto con Occidente, y expone que, seguramente, habría seguido una línea totalmente distinta más acorde con su estética, y no sufriría ahora esa desconexión, materializada en la tinta china sobre nuestros folios estandarizados, sin textura e inmaculados.

 Nuestro Eurocentrismo como la cruz que debemos arrastrar, pues, si bien Oriente carga con las manipulaciones que les ha originado nuestro contacto, nosotros además hemos encontrado en ellos fuente de inspiración; sin la apertura del puerto de Japón en el XIX y la llegada de las estampas japonesas al bohemio París de las Exposiciones Universales, no tendríamos los maravillosos carteles en colores planos de Toulouse-Lautrec; Japón es al post-impresionismo, lo que África al cubismo. Europa siempre demiurgo, máquina conversora de lo cultural en vanguardia a través de filtros de individualidades. La poesía del XIX nos habla de tamarindos, cerezos, biombos, aves exóticas, opio, misterios encarnados en una mujer de labios rojos, perfumes recién llegados al continente. Hartos de la luz, comenzamos a amar la oscuridad y a evadirnos en Oriente.

 Ya en los años sesenta del siglo pasado el minimalismo coge el testigo del toko no ma y nos instruye en una nueva consideración de lo vacío, de las líneas puras y del no-adorno. Ad Reinhardt, el primero en ser considerado minimal, en sus Pinturas Negras recoge los postulados del budismo-zen, campos de sombra absoluta donde la nada lo es todo. Japón nos redescubrió en la arquitectura el valor del paseo, casi olvidado desde el Londres de John Nash, originando construcciones donde el tiempo es un valor añadido a la obra, pues requiere un tránsito silencioso y ensimismado por la misma, otorgándonos una apreciación de la obra en su totalidad, pues su valor no radica en la obviedad de un accesorio, o un ornamento, sino en la experimentación del espacio, su atmósfera, sus juegos lumínicos…Tadao Ando recurre a la sombra como elemento conformador de la arquitectura, en su Iglesia de la Luz, lo que predomina es la sombra, la penumbra que se disecciona con los rayos luminosos que se cuelan por el muro horadado en forma de cruz, resultando así más expresivos y dramáticos que si hubiese creado un espacio diáfano y totalmente iluminado, a Tanizaki le habría fascinado, sin duda.

 Japón, uno de los países más incomprendidos y peor interpretados, crea pasiones debido a que lo más cercano para un Occidental de tener un viaje intergaláctico es irse a Tokio. En una ciudad que es una caricatura de una metrópolis norteamericana -todo es exceso, luz y multitud- sin embargo, reina el silencio. Tokio es un horror vacui mudo. Esta peculiaridad quizá radique en el hecho de ser los antiguos habitantes de las sombras, de esa “serenidad eternamente inalterable” de la que hablaba Tanizaki. Lugar donde la alineación es la norma, la sociedad  parece competir con su arquitectura en cuanto a lo seriado y límpido. Centenares de peatones cruzan un paso de cebra a la vez, casi con patrón geométrico. Geometría rota en las esquinas donde se concentra la penumbra cuya correspondencia humana son los ejecutivos que se emborrachan en Shinjuku, y los adolescentes que crean tribus urbanas en Shibuya. Esta esquina, cuya oscuridad convierte lo sucio en menos sucio, como la evocada por el autor en los excusados de los monasterios, es la que hoy fascina a los jóvenes no nipones, que navegan por la red en busca de las últimas “estampas japonesas” en una nueva fascinación por lo velado, la mirada del extranjero a lo que no comprende pero que hipnotiza.

 

 

[1] TANIZAKI, J. El Elogio de la Sombra, Biblioteca de Ensayo, Ed. Siruela, 23ª edición, Madrid, 2008. p. 46.

[2] Tabique móvil formado por una armadura de listones de cuadriculas apretadas, sobre la que se pega un papel blanco espeso que deja pasar la luz, pero no la vista.

[3] Literalmente “habitación del lecho”, alcoba. Hueco practicado generalmente en la pared de la habitación principal, perpendicular al jardín y que desempeña un papel capital en la decoración de la casa japonesa tradicional. Ahí es donde se cuelga un cuadro escogido en función de la estación y se coloca algún objeto artístico de bronce o cerámica, o algún adorno floral. El gusto de los dueños de la casa se juzga por la armonía conseguida entre estos tres elementos.

[4] TANIZAKI, J. Op. Cit. p.49.

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2 pensamientos en “Sobre lo velado

  1. Me recuerda a aquella hechizante frase de Francis Alÿs que decía algo así como caminaré por las calles de Tokyo hasta que alguien diga mi nombre. El Mépris de Godard con iconos como Lang autoensalzándose a sí mismo, es precisamente la actitud que no favorece a occidente -una Europa embebida en mirarse el ombligo y dar la espalda a oriente- y que en buena medida condena a Mishima a ser una máscara cíclicamente -entre otras razones sabidas-.
    No puedo estar más en sintonía, es como cuando Tanizaki habla de los dientes negros de las geishas, que Frank Stella convierte en ventanas en un intento por capturar la oscuridad que a occidente se le escapa, forma de vida que no podremos comprender y que envidio. Europa obsesionada por estropearse la piel y contaminar la casa con rayos de sol inconfortables. Los japoneses saben mucho de cómo hacer que la luz entre tenuemente con papeles y subterfugios, que se origine un diálogo entre el astro y la intimidad. De hecho creo que la relación tenue y complicadísima de oriente con la intimidad, tiene que ver mucho con estas cuestiones de la concepción de la luz versus oscuridad. Los japoneses se dan cuenta que eso que llamo íntimo precisamente, ha de tener circunstancias lumínicas distintas que el jardín donde sales a pasear porque te apetece. Es una cuestión que tiene que ver con eso de la oscuridad viste y la luz desviste, y en occidente intuyo nos pasamos el día desnudos. No puedo evitar pensar en algo así como que la culpa es de Le Brun y toda esta gente que le hicieron creer a María Antonieta que era mejor que Versalles fuese un invernadero, convirtiendo nuestro espacio privado en propiedad del astro invasor, del exterior al caso.

  2. Una visión muy interesante de un mundo que a veces, creemos conocer mínimamente mirando através de las pasiones que levanta entre mucha gente. Impresionante ver como la genuina realidad nipona (que está tan palpable en los elementos comunes que tu menciones) pueda resultar más enigmática y ser una de las verdaderas distancias entre la cultura occidental y oriental, que en otras que tachamos de extravagantes e incomprensibles y, creemos, marcan las distancias. Por otro lado, me ha encantado las referencias. A mi modo de ver, y sigueindo con el tema, brillante.

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