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STEPHEN SHORE Y EL SIN MÁS QUE ES MENTIRA

STEPHEN SHORE Y EL SIN MÁS QUE ES MENTIRA

Acostumbrados a lo que Cartier-Bresson, Robert Capa, David Seymour o Steve McCurry entre otros, ofrecían con sus obras, esto es, blanco y negro, encuadres perfectos e instantes irrepetibles, Shore renueva en este aspecto y ofrece unas series que, a primera vista, no nos aportan nada.
La cosa es, se empezaba a rechazar aquello que un día apuntó Robert Frank: el blanco y negro son los colores de la fotografía. Shore, sin embargo, se posicionó en favor del color, de la realidad tal y como se concebía, sin querer captar momentos decisivos y sin reducir las tomas a dos tonalidades. Estos nuevos nombres querían lidiar con lo que les rodeaba tanto en su vida como en su obra.
Empieza a ser un tipo de fotografía valorada en 1976 cuando J. Szarkowski acoge positivamente la obra de William Eggleston, otro nombre que deberíamos tener en cuenta a la hora de hablar de color y de posmodernidad.
Stephen Shore, por definición es, pues un punto más dentro de ese “a parte” que se va gestando en el macrocosmos de la fotografía posmoderna. Empleando una cámara de gran formato (esto es, negativo de gran tamaño que proporciona un gran detalle a la fotografía en cuestión y con lo cual, más calidad en las tomas) pudo alejarse del lo “fotografiable” para conseguir una visión más amplia de las cosas.
Sin duda iría más allá, porque si la fotografía solo fuese “esto” o “aquello”, claramente sería un instrumento harto aburrido y sin gusto. A mayores de señalar a este neoyorquino como uno de los grandes generadores de color y realidad, diría de Shore, como han hecho ya varios críticos, (sin cortarse ningún pelo, yo incluida) y sin necesidad de ponerse barrocos, que es un grandioso retratista. Pero claro, para entender esta idea, hay que dejar atrás la definición que el diccionario nos aporta sobre este término e interpretar claramente el retrato como algo que va más allá de la efigie, como un recurso artístico que se emplea para describir, a secas, sin atender a qué o a quién.
Cigarrillos mentolados, praderas desiertas, coches que riman con un césped “clorofílico”, una calle desierta de Carolina del Sur, fast food, camas de hostales de carretera, peinados cardados y todo tipo de lugares. Todo así, “sin más”.
Pero es un sin más que es mentira y nos damos cuenta cuando ojeamos su obra, siendo ésta una declaración de intenciones más o menos directa, pero muy pensada, de la sociedad y el ritmo de vida de Estados Unidos. Es un diario de carretera elaborado y puro, limpio, sin filtros ni ornamentos que no se necesitan en realidad. Shore en diversas entrevistas apunta que el hecho de manejar una cámara de gran formato le proporciona un mayor respeto por parte de los que van a ser fotografiados y por tanto la toma puede ser más pensada.
“En el ’71, un año antes de American Surfaces, utilizaba una cámara pequeña con lente de 35 mm. Yo entonces llevaba el pelo largo, hasta los hombros; mis aspecto era el de un hippie. De vez en cuando, fotografiando por algún vecindario, un residente llamaba a la policía, que me preguntaba qué estaba haciendo y en ocasiones terminaba echándome de allí. Esto dejó de suceder cuando pasé a utilizar una cámara de gran tamaño. Que la cámara sea tan ostentosa te concede mayores licencias. Los ejemplos más claros de esto son dos tomas de una serie que nunca he mostrado antes: fotografías de Nueva York que hice con una 8×10 de gente interactuando en la calle. Nunca antes había sido yo tan invisible. Me quedaba con mi cámara enorme en medio de la 72º con Broadway o la 52º con la 5º y los transeúntes se limitaban a pasar a mi lado. Fotografié gente caminando por un paso de cebra, o parando un taxi, y ahí estaba yo, a dos metros, con una 8×10. Nadie me dijo nada ni prestó atención.”

Eso que un día apuntó Hilton Kramer, crítico del New York Times, sobre la fotografía que hacían estos posmodernos es perfectamente banal, tal vez. Perfectamente aburrida, sin duda o lo que se suele comentar sobre este tipo de obras, el argumento de “peso” del esto lo puedo hacer yo creo que queda bastante ridiculizado cuando uno se molesta en atender a cómo estas fotografías se generan
Así que, para acabar, ahora ya si poniéndome un poco más terapéutica para conmigo, Stephen Shore así como W. Eggleston, Nan Goldin, Andreas Gursky, Martin Parr, entre otros, han conseguido no solo darle color y realidad al arte del obturador, sino darle una vuelta de tuerca a lo que se considera bello o “normal” a lo que no molesta ante los ojos de un espectador. Han capturado aquello que todavía no se había capturado entonces, y esto no es un canto de victoria ni mucho menos, ni tampoco una declaración de amor, esto es una crítica positiva sobre algo que me gusta. Sin más.

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