Pensamiento/Sociología

Los idus de marzo

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El pasado 9 de marzo se estrenó en el auditorio Novacaixagalicia de Santiago de Compostela, la obra Julio César de William Shakespeare, dirigida por Paco Azorín, y con la presencia en el reparto de actores de la talla de Mario Gas (César), Sergio Peris-Mencheta (Marco Antonio) o Tristán Ulloa (Bruto) entre otros. La obra, la primera de las cinco tragedias que escribirá el dramaturgo inglés (Hamlet, Otelo, El Rey Lear y Macbeth), recrea las circunstancias que rodearon la muerte de César, el homicidio a manos de su hijo Bruto, y el desenlace en forma de guerra civil.

Es siempre apasionante la aproximación a la obra del isabelino. Aunque este día no pude repetir en clave teatral el éxtasis cinematográfico que experimenté de la mano de los Taviani con Cesare deve morire hace tan solo un año, el resultado no fue del todo malo. Independientemente de factores escénicos o de actuación, el texto de Shakespeare tiene suficiente intensidad para sostenerse por sí solo.

Por otro lado, se me hace cuanto menos curioso percibir cómo ciertos temas, que además son de rabiosa actualidad, despiertan en el observador (que no espectador) artístico, la misma reacción que en ciertos pobladores (que no ciudadanos) de la vida pública y política: la más absoluta indiferencia. ¿Es César un tirano que conspira contra la República en aras de establecer una monarquía en la que concentrar todo su dominio? ¿O es su homicidio una causa injustificada producto de las envidias y las ansias de poder? ¿Está admitido el crimen en busca del bien común, o el ”civismo” y la ”no-violencia” debe estar por encima de todo? Los ronquidos de mis vecinos de butaca acallan mis elucubraciones. Quizás sean cuestiones para otro foro. Dejemos tranquilo a Raskólnikov.

Sin embargo, no puedo dejar de pensar que tal vez haya en todos los ámbitos de nuestra sociedad muchos más césares de los que creemos, y cuya acumulación de poder sería conveniente revisar. Me refiero en este caso a la figura del artista, del Autor. Como ya se ha hablado por estos lares, la excesiva identificación de la obra con su creador no provoca sino una visión fragmentaria en la apreciación de la misma. Lo que yo me planteo no es tanto un problema de ego o anonimato, sino de producción, de autoría, de si puede existir el arte sin Autor, si el exceso de poder que este tiene sobre la obra debe suponer su muerte.

Años después de Barthes, la crítica sigue obstinada en que ”la obra de Baudelaire es el fracaso de Baudelaire como hombre; la de Van Gogh, su locura; la de Tchaikovsky, su vicio”, sigue obcecada en tratar de explicar la creación a través de su firma, en buscar algún signo vital, personal, que se proyecte sobre el texto o que lo dote de sentido. Lo que dimana de este tipo de mirada es la concepción de una obra cerrada, inaccesible, plana.

El sentido de un texto no se clausura en su origen, sino en su destino, es el espectador el que debe recoger y aportar la multiplicidad de interpretaciones, ”la ilusión de recuperar la unidad en sus imprevisibles recorridos” como señala Simón Marchán. Prescindiendo de la figura del Autor, el arte se convierte en una entidad múltiple, dinámica, con una actividad genuinamente revolucionaria, ¿pues no es acaso censurar un sentido único apriorístico negar la unicidad de un Creador, rechazar las ideas de divinidad, ciencia o ley? Sustituyo en La gaya ciencia el término ”Dios” por el de ”Autor” y no siento diferencia.

Al igual que para muchos que consideran una utopía la convivencia social sin el paraguas del Estado, para Foucault ”sería puro romanticismo imaginar una cultura en la que la ficción circulara en estado absolutamente libre”. Lo que no es tan quimérico es pensar una sociedad en la que la función-autor, tal como la entendemos, vaya desapareciendo progresivamente y se pueda desplegar libremente la constante lectura y creación de las ficciones polisémicas artísticas.

No se trata de negar la figura de un creador, sino la de un creador único. La muerte del Autor no supone la desaparición del mismo, sino al contrario, su multiplicación. Debe ser el lector o el espectador el que asuma su papel de moderno Prometeo, suscitando el crecimiento perpetuo de las obras de arte. ”La poesía está en el comercio del poema con el lector, no en la serie de símbolos que registran las páginas de un libro. Lo esencial es el hecho estético, el thrill, la modificiación física que suscita cada lectura” nos dice Borges. De la misma forma que la razón de ser de un Estado no es su gobernador, sino sus ciudadanos, o que las ciudades no están hechas por los arquitectos sino por sus habitantes; el texto de Shakespeare deja de ser suyo en el momento en que sale de su pluma para pasar a formar parte de un universo mucho más amplio y heterogéneo. El óbito del Autor propicia el nacimiento del Lector, del Espectador.

”Para comprender, me destruí”, escribe Pessoa. Quizás la verdadera regeneración solo pueda venir de la destrucción previa. Tal vez la República necesitaba la caída de su adalid -pese al fracaso posterior- como el arte necesita la caída del artista para alcanzar su expresión más plena. Es posible que el nombre de un hombre no importe tanto, y que al final lo que prefiramos sea esa gloria anónima, de la que, paradójicamente, hablaba Orson Welles. Puede que el arte necesite menos a Shakespeare o a Cervantes y más a Pierre Menard, puede que nuestra misión sea, como en el cuento de Borges, escribir una y otra vez El Quijote.

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