Literatura/Pensamiento/Sociología

La vida como género literario

“¡Como yo soy mi obra, cómo me voy quedando sin mí, de darme a ella! -Yo he ido pasando día tras día mi vida a mi obra ¿Morir? Yo no he de ser enterrado. A la tierra no irá más que mi cáscara”

Juan Ramón Jiménez, Vida

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Dejémoslo claro desde el principio. El arte de contar tu vida no es, ni de lejos, una ciencia exacta. Quizás pueda parecerlo por la gran promesa de verdad que evoca en nosotros la palabra “biografía”. No obstante, tal vez sea precisamente esa la razón por la cual el género (auto)biográfico consiga mantener ese halo de misterio que lo caracteriza, desafiando las leyes de la supervivencia en una sociedad de masas en la que el interés está casi sometido a un juego de azar.

Muchos son los que se vanaglorian de acudir a las exposiciones de arte contemporáneo con juicios imparciales, mediante los cuales les sea posible acceder a la obra de un modo cercano a la objetividad. Sin embargo, son muchos de ellos los que también corren a las librerías en busca de las últimas sensacionales biografías de sus artistas predilectos.

El pasado 20 de marzo se publicaba Vida, el primero de los volúmenes de la inédita autobiografía de Juan Ramón Jiménez, un momento más que propicio para reflexionar acerca de esta cuestión, personificada en la figura de alguien que consideraba que “para conocer su obra hay que conocer su vida”. Lo que espera el lector de una autobiografía de un artista, probablemente lo haya definido el poeta al referirse a su propia obra como un “testamento vital y estético”, una “obra en marcha” infinita, que solo verá su fin cuando la muerte asome y decida cerrar el círculo. Respondiendo a un canon de verdad personal irrevocable, autobiografía solo hay una.

“Las biografías parecen dar pie a una comprensión de los secretos individuales o sociales de la historia” (Leo Löwenthal, Der Triumph der Massenidole) y, en este sentido, parece lógico que la curiosidad asalte al saber para mostrarnos una realidad que rechazamos sea ajena a nosotros. Resulta difícil, hoy en día, aproximarse a la obra de Van Gogh haciendo callar nuestra parte más humana, la cual sin duda acabará haciendo que veamos su obra de un modo más amable, del mismo modo que lo fueron sus palabras en las cartas a su hermano Theo. Y también lo es renunciar a la idea de que Dalí vivió en primera persona el ideal de amor platónico con su tantas veces retratada Gala. Modigliani, por su parte, conoció su verdad cuando su hija Jeanne decidió publicar su auténtica historia sin la leyenda que, desde hacía años, pesaba sobre sus hombros.

En definitiva, al referirnos al género biográfico estamos rehuyendo de la noción de justicia, adentrándonos también en una dimensión tan natural como lo es el mundo de los afectos, el cual, independientemente de discernir cuál es la verdad, nunca pierde de vista la realidad que anhela. Tal como dijo Roland Barthes, “la explicación de la obra se busca siempre en el que la ha producido, como si, a través de la alegoría más o menos transparente de la ficción, fuera, en definitiva, siempre, la voz de una sola y misma persona, el autor, la que estaría entregando sus <<confidencias>>” (Barthes, La muerte del autor).

No obstante, cuando la voz del escritor la tiene un tercero, este mundo de “confidencias” torna en quimera ante la amenaza de las masivas publicaciones biográficas “inéditas” y “verídicas” tan propias de una sociedad de masas como en la que vivimos. Cierto es que “…la verdad no es necesariamente lo contrario de la ficción…” (Saer, El concepto de ficción), pero no puede dejar de parecerme preocupante que casos como el de Marilyn Monroe hayan podido vivir “verdades” suficientes como para escribir tal número de biografías como el que han derivado de su efímera existencia.

Parece  una realidad socialmente aceptada que la obra no existe sin la vida del que la realiza. Pero, la pregunta que aquí debemos formularnos es si la vida puede existir como creación en sí misma o si, por el contrario, su papel se encuentra más próximo al de un pilar: imprescindible, pero que a veces es mejor ocultar o dejar en manos de quien la ha vivido en primera persona.

Al igual que Le Corbusier descubrió en arquitectura que los pilares exentos o pilotis podían tener, además de una función estructural, un sentido estético, la sociedad de masas contemporánea ha decidido disponer del género biográfico como producto y, con ello, se ha arriesgado a poner en tela de juicio lo que de verdadero tiene nuestro paso por el mundo. La experiencia por la cual Vasari fue escogido expresamente para dejar constancia en Le vite de la existencia de los más excelentes arquitectos, pintores y escultores italianos parece ahora cosa de un pasado remoto. Vida solo hay una, pero el número de biografías es directamente proporcional al número de sensaciones que puede provocarnos una obra.

Nos encontramos, de este modo, ante un género literario susceptible no de una revisión –la cultura de masas tiene el poder-, pero sí de un replanteamiento por parte del lector-consumidor que desee adquirir un texto-producto que no le defraude. El filósofo alemán Theodor Adorno señaló ya que la cultura es “…la reclamación perenne de lo peculiar frente a lo general…”, pero permitidme que ponga en entredicho esta premisa si, donde demandamos veracidad, hoy se nos ofrece diversidad. La lucha vida-obra es la historia del empate amistoso, y hay que vivir para contar lo que verdaderamente ocurrió en el campo de batalla (Vivir para contarlo, García Márquez). Así nos lo ha demostrado Juan Ramón Jiménez quien, años después de su muerte, ha conseguido reavivar la llama de la verdad oculta bajo su pensamiento. El valor añadido de una vida narrada en primera persona lo comprenderán aquellos que alguna vez hayan sentido la necesidad de confesarse y, para los que no, siempre será posible seguir comprando biografías hasta encontrar la “adecuada”.

 

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