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La nueva puta del siglo XXI

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¿Es arte todo aquello que el artista dice que es arte? ¿Es arte todo aquello que está en un museo? ¿Es arte todo aquello que resulta agradable a la vista? Sin querer nos vemos obligados a formular la eterna pregunta, ¿qué es arte? Se suele decir que la definición de arte es abierta, subjetiva y sobre todo discutible. Ruskin exponía que el arte es la expresión de una sociedad, y es que el arte es considerado por todos como una muestra de las señas de nuestra propia identidad. Por lo tanto el acceso al arte, a nuestras propias manifestaciones como sociedad, debería ser algo universal. Arte accesible para todos, ¿es esto una realidad?

Recientemente se ha estrenado The monuments Men, otra película que trata una historia basada en hechos reales sobre el original tema del nazismo en la Alemania de la primera década del siglo XX. En este caso, el film cuenta la historia de un grupo de expertos en arte que luchan por recuperar las obras que fueron secuestradas o destruidas por los nazis durante la guerra. La historia en cuestión nos cuenta la importancia que tuvo para la humanidad la gran heroicidad de esos americanos que arriesgaron sus vidas para evitar que se destruyeran miles de obras que reflejaban otros miles de años de cultura de la humanidad. Incluso el director de la película, George Clooney decía que ‘el arte es patrimonio universal, representa nuestra cultura, nos enseña quienes somos’.

El reparto de la película ha viajado por toda Europa para presentar el film, y de paso fotografiarse con históricas obras de arte llevando a su vida real ese papel de salvadores que interpretan en la película, ¿qué obra no estaría agradecida de que personajes como Clooney o Matt Damon se fotografiaran delante de ella? Uno de los destinos de este artístico reparto era Milán y, cómo no, no pudieron evitar ir a la iglesia de Santa Maria della Grazie para retratarse delante de la celebérrima Última cena de Leonardo. Y es aquí donde entra la paradoja de todo este asunto.

Se originó un polémico debate que giraba en torno al poco respecto que Clooney y sus secuaces habían tenido al fotografiarse delante de una obra que se encuentra en unas condiciones tan delicadas. A los turistas que visitan cada día este espacio les está totalmente prohibido fotografiar la obra, solamente hay excepciones puntuales. Si el colectivo que salvaguarda los bienes arquitectónicos lo autoriza previamente, el fresco puede ser fotografiado con el fin de pertenecer estas fotografías a materiales informativos culturales (libros de arte, análisis de la propia obra y ¿promociones de películas que tratan sobre obras de arte?). Pero claro, el comando Clooney desembolsó una cantidad de dinero y a la superintendencia de los bienes arquitectónicos le importó bien poco que el fresco fuera fotografiado y sobre todo, que fuera fotografiado con esta finalidad.

Resulta paradójico que el director del film afirme que “el arte hay que protegerlo a toda costa porque representa nuestra historia. Hitler robaba arte para destruir la cultura de las personas”. No me parece pertinente decir que Clooney está destruyendo obras de arte a ‘lo nazi’, y por lo tanto robándonos parte de nuestra historia. Pero sí me parece una tomadura de pelo hablar tan a la ligera sobre la salvaguardia del patrimonio y luego dañar la obra tan gratuitamente. Es eso que se viene estilando desde hace algún tiempo de no conjugar la coherencia de tus palabras, con la coherencia de tus actos.

Yo creo que el arte sí debería ser para todos, ya que entre todos logramos que ese arte sea posible. Pero también creo que en toda norma hay una excepción y se deberían hacer restricciones a esa gente que, hablando en plata, no tienen ni idea del asunto. Vuelvo al propio Clooney, que después de su escándalo con el maestro florentino, se atrevió con los frisos del Partenón. En una rueda de prensa en Berlín un intrépido periodista al que la espectacular interpretación de Clooney hizo que se creyera que realmente se encontraba ante un experto en arte, le preguntó si los griegos tenían derecho a recuperar las antigüedades desperdigadas por el mundo, en particular el friso del Partenón. “Sí. Sería una buena idea, el derecho está de su lado”, respondió el actor-director-nuevo experto en arte. Creo que no hace falta justificarme más sobre si el arte debería ser o no para todos y es que a los propios hechos me remito.

¿Qué es el arte? preguntaba al comienzo de toda esta reflexión. El arte es un negocio. Y es que cada vez está más claro que la obra de arte es esa nueva puta del siglo XXI que está entre el sentimiento y el dinero. Se antepone el dinero a los valores estéticos, históricos y de identidad social y cultural. Si el arte es lo que nos define, me entristecen profundamente estos valores. Y es que asistimos a la prostitución de la obra, la vendemos al mejor postor sin preocuparnos por protegerla, entenderla y quererla. “Nos enseña quiénes somos”, decía Clooney sobre el patrimonio universal. Y ahí lo dejo.

 

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