Literatura

El breve amor.

Advierto al lector advenedizo de que no sé muy bien cómo usar el adjetivo advenedizo. Tras escasos años de vida también he llegado a la siguiente conclusión: la única muestra de democracia que he logrado sentir es la de los semáforos. Otro dato que añoro descubrir es el motivo que se esconde tras esa necesidad ontológica de cambiar de vida los domingos o, del misterio de la permuta dominical.

Cuando no puedes sentirte más metafísico, aparece Cortázar asestándote la primera puñalada. Diciendo que: qué hacés con esa cara de exilio. Y te inundas, irremediablemente, de esa melancolía propia del que sueña con tiempos pasados, en los que tú y ella; la Maga, pasábais las noches besándoos en las barcazas del canal Saint-Martin.

Resulta que en Montevideo no había tiempo, vivíamos muy cerca del río, en una casa grandísima con un patio. Yo tenía siempre 13 años, me acuerdo tan bien. Nos encontramos sumidos ya en una realidad que no es la nuestra, y que sin embargo, nos acoge en ese vergel repleto de cerezos que nos otorgan un breve momento de quietud.

Parece entonces que, lo que llamamos amarnos fue quizá que yo estaba de pie delante de vos, con una flor amarilla en la mano. Y hasta el amor se hace vivazmente complejo. Algo familiar que obtiene aquí un cariz amargo, un sabor a mate.

Y es que en la vida, como en la Rayuela, hay que saber mover los pies. Estamos pues ante una novela, tal vez deberíamos llamarla la novela, que es capaz de convertir nuestra vivienda en una casa tomada. Por vivienda entendemos vida y por tomada imaginamos un torrente en el que fluye un universo diametralmente distante, magistralmente usual. Un algo que te engancha pese a su extraña arbritrariedad.

Cómo cansa ser todo el tiempo uno mismo. Qué complicado resulta escribir algo sobre Rayuela. Qué difícil mencionar a Cortázar sin usar a Cortázar. Podríamos, de una manera un tanto desaliñada hablar de él. Él se creía enfermo, y fue a ver a un médico de Buenos Aires. Luego de escucharlo atentamente, el medico le dijo: “Lo suyo no es una enfermedad; es una opinión. Váyase”. Y Cortázar se fue. Ese argentino colonizó París.

Y habló de miedos y de enfermedad, de vertiginosos paseos, de una calle mojada, de peces dorados, de encuentros (no) casuales, siempre en una dialéctica de imán y limadura. Y habló del amor. Afirmó que sacás una idea de ahí, un sentimiento del otro estante, lo atás con ayuda de las palabras, y resulta que te quiero. Total parcial: te quiero. Total general: te amo.

Entonces uno se siente pequeño, minúsculo, casi ridículo. La empresa se nos hace gigante. Horacio Oliveira afirmaba: no renuncio a nada, simplemente hago todo lo que puedo para que las cosas renuncien a mí. Presento entonces la pertinente dimisión, me niego a escribir algo sobre Julio y me conformo con comprender que Rayuela es un viaje. Además (y ni siquiera estas son mis palabras), vos me enseñaste que cada viaje tenía que ser un poema.

El breve amor (brevísimo).

A Julio Cortázar.

Gracias.

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2 pensamientos en “El breve amor.

  1. Muy bonito loco ;)

    “Solo en sueños, en la poesía, en el juego —encender una vela, andar con ella por el corredor— nos asomamos a veces a lo que fuimos antes de ser esto que vaya a saber si somos.” Cortázar (Rayuela)

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