Filosofía/Pensamiento/Sociología

El arte institucionalizado o la deriva ética del arte

subsaharianos-llevan-varias-encaramados-Melilla_EDIIMA20140403_0176_13
Desesperación e impotencia, como menos, es lo que transmiten las imágenes aparecidas en la prensa estos días, en las que cientos de personas intentan salvar un muro fronterizo, infranqueable para la mayoría. Encaramados a una valla con la única esperanza de alcanzar un futuro y dejar atrás una vida mísera. Pero ¿qué tiene que ver esto con el proceso artístico o con la deriva ética del arte? Es una pregunta que me hago cuando leo que la familia March es la principal accionista de la multinacional INDRA, – que es la encargada del mantenimiento e instalación de los sistemas de seguridad en la valla de Melilla- . Esta familia, a través de la Fundación Juan March, es uno de los principales mecenas artísticos y científicos en España. Al margen de los beneficios fiscales que les reporta la fundación, tienen un importante patrimonio artístico que exhiben en su propio edificio y promueven la actividad artística becando a artistas como Antonio López o Jordi Teixidó entre otros muchos.
También, recientemente la empresa armamentística Elbit Systems, especializada en drones ganó el concurso para equipar de inteligencia electrónica al muro que separa la frontera entre Estados Unidos y Méjico y es también la que ha dotado de ojos y oídos el que separa Israel de Palestina. Su mayor accionista, Michael Federman, preside el patronato de la Universidad Hebrea de Jerusalén, una de las más prestigiosas del mundo, donde científicos y artistas trabajan bajo su mecenazgo
Ambos son dos ejemplos, de los muchos que hay, de cómo la actividad artística actual está circunscrita a los intereses de las instituciones, ya sean públicas o privadas. Todo esto lleva a que me pregunte si los artistas que están bajo su tutela, por el simple hecho de estarlo, no están “institucionalizados” o si la crítica social que se exhibe en el arte contemporáneo no es puro artificio y en el fondo camina hacia una deriva ética, más preocupada por su supervivencia que por su dignidad. Me pregunto también si los artistas más críticos con el sistema no son conscientes de que forman parte del círculo, de cómo su arte sirve de apoyo al orden dado.
A lo largo del siglo XX el arte ha sido engullido por un sistema de libre mercado global en el que los museos, las galerías, los mecenas o las instituciones públicas lo manejan como simple mercancía, bien en aras de un prestigio, del simple enriquecimiento o del ensalzamiento político. Conscientes de esta cuestión ética, surge a finales de los años 60 lo que se ha venido a denominar como “crítica institucional”, un término que en sí mismo parece indicar una conexión directa entre un método y un objeto: el método es la crítica y el objeto es la institución. Artistas como Hans Haacke se inscribieron en esta dialéctica que defendía la autonomía artística frente a las instituciones, criticando sobre todo al museo por ser una estructura de reproducción ideológica y social. No pretendía producir o difundir obras de arte pretendidamente radicales, sino el incidir directamente en la estructura y funcionamiento de la institución. No deja de ser una paradoja que el propio artista muestre sus obras en el espacio museístico mientras lo critica abiertamente y el hecho de que estas creaciones sean aceptadas, puede conllevar el riesgo de que este movimiento sea tomado como algo marginal, casi anecdótico y por tanto atractivo para la industria artística, ansiosa de encontrar nuevos enfoques plásticos e irreverentes.
Las teorías sobre la institucionalización del arte no son nuevas. En el siglo XVIII, Schiller, en su libro Cartas sobre la educación estética del hombre abordaba el tema y defendía la libertad del arte y la exigencia de que este abandonase la realidad y se elevase por encima de las necesidades materiales, porque “…el arte es hijo de la libertad…”. Para que fuese libre debía existir una separación entre arte e institución, entendiendo como tal el Estado. El artista no solo no debía de someterse a la institución sino que tenía que tener en su ánimo la intención de cambiarla para mejorarla. Schiller advertía del riesgo que corría el artista de depender del Estado del que textualmente decía: “…es sin duda hijo de su tiempo, pero ¡ay, de él que sea también su discípulo o su favorito!”.
No creo que el arte pueda sobrevivir ajeno a la sociedad en la que vive, indefectiblemente forma parte de un sistema. Adorno afirmaba que toda obra de arte es autónoma pero al mismo tiempo es un hecho social. La acepción kantiana de arte como acto libre solo es asumible en el proceso de creación artística, de creación en libertad, pero el resultado, la forma y el concepto inmerso en ella, forma parte de la sociedad desde el momento en que el artista decide exponerla.
Tengo la idea de que la obra material y la experiencia estética, es social. Pero ¿es posible abstraer la creación artística de ese entorno social? ¿puede realmente un artista crear en libertad? Quizás ya no sea posible un movimiento entre el adentro y el afuera de la institución, dado que las estructuras institucionales se han interiorizado por completo. El artista puede mantener un grado de libertad que haga que no se sienta coaccionado. Sin embargo el mercado del arte ejerce una fuerte presión mediante formas de selección que el artista no puede ignorar si desea forjarse una carrera. ¿no implica esto una coacción relativa? ¿hasta qué punto puede sentirse libre en su crítica social cuando él forma parte del sistema que inexorablemente lo engullirá?
A pesar de ello el artista es libre de crear, de hacer lo que le plazca, aun al precio de no vender ni alcanzar la fama. El trabajo de Valcárcel Medina es un ejemplo de una carrera artística marcada por una férrea voluntad de no entrar en el circuito artístico, a tratar de no institucionalizar el trabajo, negándose a vender su obra. En el año 2009, tras largas conversaciones acepta exponer en el Reina Sofía. Es un caso en el que el artista doblega a la institución convirtiendo su obra y su actitud en una fuerza de resistencia a los poderes fácticos.
Sin esta resistencia no existe la posibilidad de crear un arte libre. La ética entra en juego: para quién se quiere trabajar, cómo se desea hacerlo y siendo consciente de que su grado de sometimiento será directamente proporcional a su pérdida de libertad.

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s