Construcciones/Espacios

¡Calatrava te la clava!

 Oviedo-Calatrava

Hace algunos años España creyó en los milagros. Fueron años de delirio en los que aquí y allá empezaron a brotar colosos de la mano de esa especie de star system que se forjó al amparo del siglo XXI, los arquitectos estrella. Interventores divinos capaces de resucitar a toda comunidad, urbe o pueblo que se propusiesen. Todo político quería contar en su ciudad con un monolito sobrenatural convencido de las bondades del mismo, entre cuyas virtudes se encontraban la capacidad de atraer turismo, dar visibilidad a la urbe y de, en definitiva, estimular la economía. El “efecto Bilbao” se había extendido por todo el país y muchos vieron en el arquitecto estrella una mano salvadora a la que aferrarse. Sin embargo, no debemos olvidar que estos eran años de bonanza y sin duda, esto se había convertido en una feria de vanidades. Nadie parecía dispuesto a rezagarse en una carrera que tenía como premio la imagen de la modernidad y el progreso, capaz de situar cualquier pueblo en el mapa.

No solo España sufrió la embriaguez de este fenómeno. Son momentos de efervescencia y de ambiciones globales en los que la firma de un arquitecto estrella era sinónimo de apertura y desarrollo. De esto dan buena cuenta las intervenciones de Rem Koolhas en China o de Zaha Hadid en Azerbaiyán. El propio Koolhas afirmaba, apropósito de su edificio para la sede de la televisión china, que sin duda, ayudaría a llevar la democracia al país. El caso de Hadid es similar y el Centro Cultural HeyderAliyev quiere contribuir a la modernización y democratización del país. Sin embargo, vender democracia en un país gobernado desde hace 40 años por la misma dinastía no parece tarea fácil. De nuevo, la arquitectura milagro para dar testimonio de un proceso de cambio, imagen de un país en una nueva fase, pero la imagen ha llegado antes que la democracia. Nadie se ha planteado que si ya tenemos el símbolo, quizás ya no sea necesario hacer efectivo el cambio.

En el caso español, Santiago Calatrava, se ha erigido como santo más milagroso que Nuestra Señora de Lourdes capaz de catapultar al siglo XXI a cualquier metrópoli. Valencia, Bilbao, Oviedo o Sevilla cuentan en sus calles con mamotretos de la firma Calatrava. Mamotretos sin duda, porque en Calatrava, el tamaño sí importa. Nadie como el arquitecto para ser capaz de integrar sus edificios en el entorno -nótese la ironía- y a las imágenes me remito.

El "centollu" en Oviedo

“El centollu” en Oviedo

Tal coloso se ha ganado el apelativo de “el centollu” por parte de sus vecinos, quienes lo rodean silenciosos por si acaso lo despierten y se mueva. Y es que mover, debería moverse. El edificio cuenta con partes móviles que nunca han llegado a activarse por problemas de seguridad, si el viento sopla “el centollu” podría, literalmente, alzar el vuelo. Algo similar ocurrió con el Obelisco de la Caja en Madrid, proyectado para que tuviese movimiento pero cuyo elevado mantenimiento hace inviable que el monumento gire. Toda una serie de catastróficas desdichas que han hecho de Calatrava un arquitecto capaz de acumular odios de Nueva York a Venecia pasando por Bilbao. Y, cuyas obras son capaces de alentar al suicidio a artistas locales incapaces de afrontar su “fealdad”.

Pero más allá de los problemas estéticos, la carrera de Calatrava hace aguas literalmente. Si sus primeras obras Suizas cuentan con el beneplácito tanto de crítica como de público, sus últimas construcciones no hacen más que acumular denuncias. Su arquitectura se ha convertido en arquitectura espectáculo y lo que queda muchas veces es una enorme efigie, aislada en un ecosistema en el que quizás, nunca tuvo mucho sentido. “Calatrava trata de dar respuesta a un anhelo humano: crear iconos. Trascender con su obra y que sea reconocible” afirma José Manuel López-Peláez, autor de La humanidad en peligro. Una reflexión sobre la escala (de Calatrava). Y es que el ego parece haberse comido al arquitecto.

La obra de Calatrava ha pasado de la arquitectura con función a la escultura sin contenido. Las atrevidas y características formas de sus edificios le han costado multitud de críticas, tachando al arquitecto de repetitivo. Sin embargo, estas formas es lo que le cliente pide cuando se decide a construir su “Calatrava”. Peter Eisenmann afirma “Sólo la arquitectura que se arriesga sobrevive con dignidad”, y a continuación añade, “Lo mejor es Rem Koolhaas, porque piensa en los edificios y se arriesga. Lo peor, Santiago Calatrava, porque sus estructuras tienden más a la decoración que al diseño serio”. Cabe preguntarse entonces hasta que punto vale la pena arriesgar en la forma si ésta no contribuye, no aporta e incluso entorpece la función.

Adolf Loos condenó hace un siglo el ornamento, nada peor para el hombre moderno que la decoración. Cuando Loos afirmaba lo siguiente, “es un delito en tanto que perjudica enormemente a los hombres atentando a la salud, al patrimonio nacional y por eso a la evolución cultural” y, verdaderamente, el ornato en alguno de los puentes de la Calatrava atenta contra la salud.

El problema aparece cuando se suceden los desastres y la firma de un arquitecto estrella está por encima de lo funcional. Las caprichosas formas de la arquitectura de la marca Calatrava han dejado claro en numerosas ocasiones su vocación escultórica, y ésta ha pesado por encima de todo. Pájaros que mueven sus alas y que sin embargo, no son capaces de cobijar de la lluvia a los viajeros de un concurrido aeropuerto; puentes con lindas baldosas de cristal que, para observarlas más de cerca, echan cuerpo a tierra a cualquiera que se atreva a cruzar; y pasarelas que no permiten el paso a discapacitados. “La epidemia ornamental está reconocida estatalmente y se subvenciona con dinero del Estado” alegaba Loos. Con todo, la figura e influencia del arquitecto es hoy gigantesca, como un Aquiles moderno su preocupación parece ser pasar a la posteridad, “la gloria antes que la vida”, y es que de una forma u otra, lo está consiguiendo.

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