Filosofía/Literatura/Música/Pensamiento

¿A quién no le gusta perder?

Con la reciente publicación de Kassel no invita a la lógica, de Enrique Vila-Matas, he rescatado un tema que ya trataba en uno de sus antiguos relatos, el anonimato del arte como forma de supervivencia del mismo.

El protagonista de El arte de desaparecer, Anatole, entiende, al igual que en mi caso, que el arte más puro no reside en el juego de galerías, de Academias, de pasarelas… El dogmatismo y las instituciones a estas altura ya quedaron a un lado. Conozco músicos autodidactas más libres y preparados que músicos profesionales de conservatorio.

La obra literaria de Anatole es una obra anónima. Sin la pretensión de salir a la luz. Le horroriza la idea del éxito, asumiendo una doble identidad, que le permite tener su vida laboral y familiar, y por otro lado, su labor artística. Escribe por y para su placer. No busca la afirmación de la persona a través de su obra, ya que ésta no puede mejorar, en ningún caso, la personalidad del artista. Para ello, es necesario escapar de ese afán de protagonismo que rige el día a día. Sabía que el miedo rige la vida pero admitámoslo, no todo el mundo puede hacer de su persona una obra de arte.

El auténtico artista es aquel que convive con su ego. Que lo transforma en algo privado. Dota a la obra de arte de la incorruptibilidad que se merece. No estoy separando al artista de su obra en un sentido inicial. Es innegable que la obra debe tener, y tiene, el reflejo de su creador y de su época. Pero como buen adulto, el artista debe asumir la emancipación cuando llega la hora de la publicación. Sólo así, entiendo, conseguirá la franqueza y sinceridad necesarias.

Bebemos de Occidente y de la gran mentira de Jesús. El gran anónimo. El personaje que supo esconder sus ideas bajo la presencia milenaria de Dios. Entonces, ¿porqué nos cuesta tanto asumir esta forma de arte? La deriva a la que está destinada la modernidad, nos lleva a encallar en las orillas de una época mal asumida. Todavía en construcción y sobre unos cimientos frágiles. Con más vocabulario para designar el arte que en ninguna época, pero con ideas cada vez más vacías.

Habrá quien piense que soy un descreído o un incrédulo. En este caso, les facilito el camino para rebatirme, profundizando en el tema del mito de la realidad. En El crimen perfecto de Baudrillard, se encuentran las claves para contradecir lo que defiendo. Sobre todo en el ejemplo que nos pone de Madonna, con su desnudo en la película que la hizo famosa. La verdad que quiere ofrecerse desnuda, pero que pierde el encanto erótico, que ha renunciado al trampantojo. Al engaño que nos propone el anonimato. Cree que el mundo es tal cual se nos ofrece y por lo tanto no tendría sentido diferenciar entre una obra anónima de una con autoría, ya que ambas serían simulacros o espejismos de la verdad primigenia, del arte más primitivo.

Baudrillard cree que vivimos en la ilusión definitiva, y nos propone la siguiente cuestión: ¿Porqué tenemos que descifrar (el secreto), en lugar de dejar que irradie su ilusión como tal, en todo su esplendor? Realmente tiene una posición ajena a la realidad, al menos en este aspecto. De primeras, encuentro una posible respuesta a través de las formulaciones que nos presenta Bataille en La parte maldita. La existencia de un “arte podrido” es evidente. Un arte que se ha dejado seducir por las falsas apariencias, por la sociedad de consumo y por el gasto improductivo. Por esta razón no dudo, a la hora de afirmar, que el trabajo en solitario, el anonimato, y por consiguiente la falta de protagonismo, son elementos a tener en cuenta en un futuro.

Aceptemos las reglas del juego. Volvamos a la luz en las ventanas en plena noche. A la ilusión en proyectos que sólo nosotros conocemos. Al puro entretenimiento entre familiares y compadres. A la música en garajes. A la belleza del drama, de la melancolía, de la derrota. Al fuego accidental a lo predeterminado. Fuego a los filtros que distorsionan la realidad. Entendamos el fin último de la vida. Un lugar lleno de contradicciones, donde sólo estamos seguros de que el adversario juega con cartas marcadas.

Hasta que el pueblo las canta ,

las coplas, coplas no son,

y cuando las canta el pueblo,

ya nadie sabe el autor.

Tal es la gloria, Guillém,

de los que escriben cantares:

oír decir a la gente

que no los ha escrito nadie.

Procura tú que tus coplas

vayan al pueblo a parar,

aunque dejen de ser tuyas

para ser de los demás.

Que, al fundir el corazón

en el alma popular,

lo que se pierde de nombre

se gana de eternidad.

(La copla. Manuel Machado)

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